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Localización industrial

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Introducción

Localización industrial, término geográfico referido a la ubicación espacial o territorial de las empresas industriales dentro de un país o una región determinada.

Los estudios que habitualmente se realizan para decidir el lugar óptimo donde conviene instalar una empresa consideran la distribución espacial de los recursos (naturales y humanos) y los mercados. Estos estudios incluyen el análisis de diversos aspectos: los servicios básicos requeridos para el funcionamiento de la industria, la oferta de trabajo y de materias primas, la proximidad a los mercados de venta, y las características específicas de cada región, tales como las normas reguladoras regionales o el diferente nivel de presión impositiva.

La decisión de localización industrial adquiere en nuestro mundo contemporáneo gran relevancia ya que permite reducir costes y aumentar los beneficios, y tiene importantes repercusiones tanto en el empleo (generación de nuevos puestos de trabajo) como en el desarrollo de zonas residenciales para empleados o en la creación de nuevos servicios, entre otros aspectos.

Al analizar la ubicación de grandes fábricas y sedes se puede conocer la razón por la que existen algunas áreas densamente industrializadas frente a otras zonas escasamente desarrolladas.

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Factores de localización industrial

Decidir el lugar adecuado para instalar una planta industrial requiere la toma en consideración de diversos y numerosos factores, todos ellos analizados desde varios puntos de vista: económico, social, ambiental, tecnológico y de mercado principalmente. El primero en desarrollar un modelo teórico que explicara la localización industrial fue el economista alemán Alfred Weber (1909), que basó su modelo en el factor distancia: una industria debe situarse donde sean mínimos los costes del transporte de materias primas y del producto final. Es una teoría clásica, surgida en tiempos de predominio de la industria pesada o básica, que hoy día, dados los cambios económicos habidos en las últimas décadas, ha sido revisada por otros científicos, que no solo tienen en cuenta factores económicos (teoría de la organización) sino también otros relacionados, por ejemplo, con el comportamiento (teoría ‘behaviorista’ o comportamental) o con razones históricas o que engloban todos los factores (teoría general de sistemas).

Las industrias que necesiten obtener materias primas se establecerán cerca de los lugares de producción de los recursos naturales que vayan a utilizar; la industria necesitará llevar a cabo un proceso de transformación de la materia prima, para convertirla en producto elaborado, y tendrá en cuenta el coste del transporte de la mercancía; en ocasiones tendrá la necesidad de contar con medios de transporte muy especializados y, por lo tanto, de mayor coste, como pueden ser los sistemas de transporte inteligente. En aquellas empresas que desplazan gran volumen de tonelaje o mercancías perecederas, las características del transporte y sus costes derivados, así como el nivel de desarrollo de las comunicaciones, influirán decisivamente; estas industrias se localizarán lo más cerca posible de los nudos de comunicaciones.

Aquellas industrias que utilizan como materia prima productos elaborados por otras fábricas establecerán sus pautas de localización en función de la ubicación de esas otras factorías, sobre todo si están instaladas antes que ella.

Las industrias que precisan abundante mano de obra y con un bajo coste tienden a instalarse en países subdesarrollados; aquellas que utilizan mano de obra cualificada y especializada optan por la ubicación en países desarrollados. La teoría del valor trabajo ha sido tratada por numerosos científicos y pensadores sociales y ha influido en las pautas de localización industrial.

El mercado de venta al que están destinados los productos finales es uno de los factores de localización importantes. Las industrias de bienes de consumo se sienten atraídas por las regiones más pobladas y por las grandes aglomeraciones urbanas. Muchas industrias se instalan allí donde ya hay otras establecidas en busca de las llamadas economías de aglomeración, que generan servicios conjuntos a varias empresas próximas y que suponen un atractivo para estas industrias. Una planta situada en una región industrial (con polígonos industriales o con incubadoras) puede beneficiarse de importantes ahorros en el acceso a los mercados, vías de comunicación, mano de obra especializada, servicios comunes y proveedores; también sacará partido de los flujos de información relacionados con las habilidades y conocimientos específicos del sector, que se difunden con facilidad entre empresas vecinas y dan lugar a un proceso acumulativo, en el tiempo y el espacio, de ‘saber hacer’ (know-how, savoir faire) propio del sector. La existencia de aglomeraciones de empresas especializadas en un sector favorece el establecimiento de otras actividades complementarias proveedoras de inputs (productos) y servicios de carácter experto y de maquinaria específica del sector.

Otra consecuencia de este fenómeno es la formación de un mercado de trabajo especializado que comparten todas las empresas del sector localizadas en un mismo territorio. Tanto empresarios como trabajadores pueden obtener ventajas de la aglomeración; los primeros al contar con una oferta amplia de trabajo especializado que permite ajustar las plantillas al ciclo de la empresa; los segundos ganan en seguridad al no depender de una única empresa demandante de trabajo. Algunas teorías defienden que la distribución espacial de la actividad depende de la existencia de economías de escala (internas a la empresa y externas a la empresa pero internas a la industria o la localidad) y de los costes de transporte y de congestión.

Existen también factores ambientales que pueden suponer atracción o rechazo de una empresa industrial. A veces, las necesidades de agua o de zonas verdes cerca de la planta industrial no permiten su localización más que en determinados lugares. El ritmo de consumo de los recursos naturales también puede suponer un problema, ya que una utilización mayor a su umbral de renovación conlleva, inexorablemente, el agotamiento del recurso, y por consiguiente, el cierre de la industria por falta de materia prima que transformar.

La eliminación de desechos o su acumulación puede favorecer la desaparición de una región industrial; dependiendo de la cantidad de residuos que genere el proceso de elaboración de un producto, la planta podrá ser más o menos contaminante para el medio en el que se ubica. Esta contaminación provoca rechazo y oposición de ciertos grupos sociales cuando se instalan plantas contaminantes cerca de núcleos de población, o en regiones naturales con especial interés en su conservación.

Los poderes políticos pueden favorecer la ubicación de industrias, por ejemplo, estableciendo leyes laborales favorables a los empresarios, ofreciendo suelo industrial barato, eximiendo de impuestos a las empresas, otorgando subvenciones u ofreciendo servicios a las compañías. Todas estas medidas, y algunas otras de tipo legal, fiscal o bancario pueden reducir los costes unitarios de un producto, al menos a corto plazo, por lo que una empresa puede decidirse a construir una planta en un determinado lugar en función de ellos.

Por último, conviene considerar la importancia de la investigación científica y el desarrollo tecnológico, que puede convertirse en un factor de localización de primer orden pues, por ejemplo, las innovaciones pueden aumentar la productividad de la fuerza de trabajo y por tanto el valor añadido del producto. Existe un indicador económico en investigación y desarrollo (I+D) para medir los gastos anuales en cada país o región.

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Consecuencias espaciales

La actividad industrial ocupa un espacio determinado, con unas características concretas, que es modificado en función de las necesidades de la industria. En el paisaje industrial todos sus componentes están organizados según las necesidades de la industria, que constituye la actividad económica predominante. Se trata de un espacio original con unas peculiarididades y dinámica propias, que permiten diferenciarlo de los espacios urbanos y agrarios.

Ese espacio industrial, concreto y bien delimitado, alberga las unidades de producción (fábricas), está dotado de equipamientos básicos (infraestructura densa de transporte y comunicaciones), necesarios para favorecer y facilitar el intercambio con otras empresas, y está sometido a reglamentación y criterios de planificación. En su creación intervienen las empresas privadas y el Estado (promociona o prohíbe usos industriales, establece normativas especiales…).

El impacto paisajístico de las industrias sobre el territorio ha evolucionado a lo largo de los tiempos. La Revolución Industrial significó el desarrollo de las fábricas junto a las ciudades a costa de la emigración masiva de los campesinos (éxodo rural).

El desarrollo industrial ha agravado las diferencias Norte-Sur en el planeta. Por un lado, gran parte de la producción manufacturada está controlada por empresas localizadas en los países más ricos; por otro lado, la mayor parte de las materias primas y de los recursos energéticos se ubican en los países en vías de desarrollo, que se ven incapaces de explotarlos al carecer de medios suficientes para competir con el capital extranjero. Los países desarrollados obtienen el mayor beneficio al fijar, primero, los precios de compra de las materias primas y, posteriormente, los de la venta de los productos manufacturados. Gran parte de la producción industrial especializada se encuentra en manos de multinacionales localizadas fundamentalmente en Estados Unidos, países más avanzados de la Unión Europea y Japón, y muchas de ellas establecen filiales en terceros países, menos desarrollados, donde crean riqueza; sin embargo, estas filiales importan la tecnología de la empresa matriz, y el beneficio revierte de nuevo en el mundo desarrollado. La consolidación de las empresas trasnacionales ha sido consecuencia de la globalización de la economía y del abaratamiento de los transportes y las comunicaciones.

También una división internacional del trabajo ha provocado la jerarquización del espacio a causa de la especialización que presenta cada área o región. Las grandes empresas multinacionales se aprovechan del bajo coste de los fletes para construir sus plantas de producción en los países con salarios más baratos; han proliferado los países con bajas tasas impositivas para la empresa, como los ubicados en el Sureste asiático e Hispanoamérica, y en ellos se instalan las industrias con menor especialización. Así, mientras en países europeos en transición se realizan labores más técnicas que requieren menos personal, en países africanos con ausencia de legislación medioambiental se instalan las industrias más nocivas para el medio ambiente.

En los países más desarrollados, se ha generalizado un proceso de desconcentración de la producción (deslocalización industrial); se ha evolucionado desde una situación de concentración de la industria en pocas áreas, con predominancia de grandes fábricas como único centro productivo y con numerosos trabajadores, a una industria diseminada con numerosas empresas de menor tamaño, donde se alternan las labores de producción con las de almacenaje y distribución. Esto conlleva la división del trabajo en el seno de una empresa multiplanta, y favorece el surgimiento de pequeñas empresas industriales o de servicios, que actúan como proveedoras, clientes o colaboradoras.

Las nuevas industrias están enfocadas a las nuevas tecnologías, y tienen un impacto menor sobre el medio ambiente y el paisaje; se generan empleos más precarios, y muchos de ellos indirectos, pero existe una mayor capacidad de reacción frente a las crisis económicas y una mayor independencia entre el propio crecimiento industrial y el desarrollo económico regional.

Hoy día, las grandes empresas multinacionales acentúan esta dispersión porque trabajan a escala planetaria. Unas veces, las empresas instalan sus industrias en otros países desarrollados para estar cerca de los mercados consumidores y otras, en países subdesarrollados. Algunas de estas industrias transforman las materias primas en productos semielaborados que luego se exportan a países ricos.

Los países ricos prefieren situar estas industrias en los países productores donde la mano de obra es barata y sumisa y donde no existen trabas a la actividad que puedan desempeñar. Estos países intentan atraer a estas empresas y ofrecen ventajas a cambio de lograr que las empresas multinacionales inviertan en el país y creen puestos de trabajo.

La vinculación de las empresas con el Tercer Mundo es escasa, y el traslado de las fábricas, incluido el domicilio fiscal y social, es frecuente; sin embargo, en los países industrializados se mantiene lo más importante: los centros de decisión, la mano de obra especializada y cualificada, y los centros de investigación. Esta política de desconcentración busca, en muchos casos, no depender de una sola planta para la fabricación de un producto; se fabrican los componentes en varias factorías y se montan en una, con lo que se crea independencia de la crisis de una región o planta.

Ante este nuevo marco, la repuesta ha sido muy diversa, desde la relocalización de actividades y los reajustes de plantilla, hasta la reorganización sobre procesos de producción más flexibles; todo ello ha provocado una revitalización de nuevos espacios industriales, confiriendo un nuevo protagonismo a las PYMEs (pequeñas y medianas empresas), al desarrollo de base local y a la política de desarrollo regional.

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Grandes regiones industriales

Las regiones más industrializadas del mundo se caracterizan por un alto consumo de energía, un predominio de los sectores secundario y terciario, gran volumen en el transporte de mercancías y un amplio desarrollo urbanístico y cultural.

La industria presenta una distribución desigual en el mundo entre países desarrollados y países subdesarrollados o en vías de desarrollo. Está muy concentrada en cuatro grandes regiones: Estados Unidos, Japón, la Unión Europea y el Sureste asiático.

Estados Unidos es la primera potencia industrial del mundo gracias a la abundancia de recursos naturales, su alto nivel tecnológico y a sus infraestructuras, que hacen posible la producción elevada de bienes de consumo, y su protagonismo como centro financiero internacional. La mano de obra es relativamente barata y está altamente cualificada, lo que la convierte en una de las fuerzas de trabajo más competitivas del mundo; dentro de su territorio, las áreas más industrializadas son la región noreste, los Grandes Lagos y los montes Apalaches, el golfo de México y la costa del Pacífico.

Japón, segunda potencia industrial, es pobre en materias primas y recursos energéticos, pero tiene abundante y cualificada mano de obra, alto nivel tecnológico, y, además, ejerce una agresiva política comercial.

La Unión Europea, cuya producción global supera a la de Japón, goza de esperanzadoras perspectivas de crecimiento gracias a la adhesión de nuevos países. Sus principales áreas industriales son el eje Rotterdam-Italia del norte, las regiones alemanas de la cuenca del Ruhr y del Rin-Main, el centro de Gran Bretaña (Reino Unido), la región de París-Le Havre, y algunos núcleos cercanos a grandes ciudades como Burdeos, Madrid, Lyon, Zaragoza y Barcelona.

El sureste de Asia representa una de las regiones que se ha industrializado más recientemente, siguiendo como ejemplo el modelo japonés. En Corea del Sur, Taiwan, Hong Kong y Singapur, los cuatro ‘dragones asiáticos’ o Nuevos Países Industrializados (NPI), que comenzaron su industrialización a finales del siglo XX, impulsada y planificada por sus gobiernos, las empresas se aprovechan de abundante mano de obra barata y de las ventajas fiscales y financieras que ofrece el Estado para instalar las fábricas, y de esta forma obtener gran competitivad y absorber parte de los procesos productivos que antes se localizaban en Japón y Europa. En la actualidad, Taiwan y Singapur fabrican productos de alta tecnología (ordenadores e instrumentos electrónicos de alta precisión), Corea del Sur destaca por su industria automovilística y Hong Kong, por la electrónica. Los puertos de Singapur y Hong Kong se clasifican entre los más importantes del mundo. Tailandia, Malaysia, Indonesia, Vietnam y, en menor medida, Filipinas se erigen como una región industrial de segundo orden gracias a que numerosas empresas, que antes se localizaban en los cuatro ‘dragones’, se trasladan a estos países donde se benefician de salarios más bajos.

China es uno de los países con mayor crecimiento industrial en la actualidad (en sus Zonas Económicas Especiales se han creado complejos industriales modernos abiertos al comercio internacional), destacando las áreas de Shanghai y Guangdong, además de la ya mencionada Hong Kong.

En India ciertas zonas están experimentando un significativo crecimiento industrial; por ejemplo, Bangalore, ciudad que es hoy es uno de los centros de desarrollo de software más importantes del mundo. Otras regiones de gran impulso industrial son las grandes ciudades australianas y ciertas zonas de Latinoamérica, como el Río de la Plata, el norte de México (algunas empresas estadounidenses se han trasladado en busca de salarios más bajos) y el triángulo que forman las ciudades brasileñas de São Paulo, Río de Janeiro y Belo Horizonte. También despuntan algunos núcleos del golfo Pérsico y de Rusia y otras repúblicas que pertenecieron a la antigua Unión Soviética. En África, hay actividad industrial de importancia a escala internacional en algunas áreas de Egipto, Sudáfrica, Argelia y Marruecos.

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