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Antiguo EgiptoArtículo de la enciclopedia
Esquema
El inicio del periodo de la historia del antiguo Egipto conocido como Imperio Medio se data en torno al año 2134 a.C., el de la entronización de la XI Dinastía, que convivió con la X. Los primeros faraones de la XI Dinastía afrontaron la reunificación territorial, intentando hacer efectiva en el norte y en el sur la autoridad que ejercían en su enclave tebano. Por este motivo, lo cierto es que el Imperio Medio comenzó cuando aquel proceso resultó completado, aproximadamente en el 2047 a.C. La reunificación se produjo durante el reinado de Mentuhotep II (c. 2061-2010 a.C.), quinto representante de aquella XI Dinastía, el cual derrotó a los faraones de Heracleópolis, conquistó Licópolis y avanzó hasta ocupar todo el Medio y Bajo Egipto. En su proclamación como faraón, Mentuhotep II recibió el nuevo título de Nebhepetre (‘de todo el país’), aunque todavía tuvieron que transcurrir algunos años para que se alcanzara la completa pacificación. Mentuhotep II trasladó la capital a Tebas y el dios local de esta ciudad, Amón, comenzó a ver afirmada su primacía. Envió expediciones a Libia y a la península del Sinaí para combatir a pueblos nómadas invasores, y promovió las actividades comerciales y mineras en Nubia. Mentuhotep II ordenó erigir su complejo funerario en Dayr al-Bahari, en las afueras de Tebas. Con la XII Dinastía, la capital se desplazó simbólicamente hacia el norte, cerca de Menfis. La pretensión de reforzar la unidad nacional se manifestó en el compromiso religioso entre los cleros tebano y heliopolitano por el que Amón fue asociado a Ra, naciendo así 'el padre de los dioses, el hacedor del género humano, el creador del ganado, el señor de todo lo que es'. Intercesor entre Amón-Ra y los hombres, el faraón reforzó su poder reduciendo el de los gobernadores locales y asegurándose, en vida, la designación de su sucesor. Al mismo tiempo, la inmortalidad dejó de ser una condición privativa del soberano. El fundador de la XII Dinastía fue Amenemes I (c. 1991-1962 a.C.), el cual reorganizó la burocracia (formando un cuerpo de escribas y administradores), exigió la lealtad de los nomarcas y estableció la citada nueva capital. Durante los últimos diez años de su reinado, actuó como corregente su hijo y sucesor, Sesostris I (c. 1962-1928 a.C.), quien edificaría fortalezas por toda Nubia, establecería relaciones comerciales con el exterior, enviaría gobernadores a Palestina y Siria, y lucharía contra los libios en el oeste. Durante los reinados de Amenemes I y Sesostris I, Egipto vivió un periodo de intenso renacimiento intelectual y cultural, patente tanto en el desarrollo de variados géneros literarios y tratados científicos escritos sobre papiro, como en las manifestaciones artísticas, que revelan una extraordinaria delicadeza en su concepción. Sus sucesores fueron Amenemes II y Sesostris II. Durante el reinado de este último (c. 1895-1878 a.C.), se afrontó el proceso de saneamiento y acondicionamiento de la región de Fayum. Sesostris III (c. 1878-1843 a.C.) construyó un canal en la primera catarata del Nilo; constituyó un ejército permanente, que utilizó en su campaña contra los nubios; erigió nuevas fortalezas en la frontera meridional; y dividió administrativamente el país en tres unidades geográficas, cada una de ellas controlada por un alto funcionario supervisado por un visir. Amenemes III (c. 1842-1797 a.C.) concentró sus esfuerzos en la expansión económica: realizó grandes proyectos de irrigación y de recuperación de tierras, principalmente en el lago Moeris, en Fayum; impulsó la producción minera, y sus flotas comerciales navegaron por el mar Rojo y atravesaron el Mediterráneo hasta Chipre y Creta. Además, al final de su reinado, logró suprimir la amenaza que suponían los nobles locales.
La unidad egipcia se vio de nuevo quebrantada como consecuencia de la invasión de su territorio por los hicsos, pueblo semita procedente, muy posiblemente, de Palestina y Siria, que tomaron Menfis y el Bajo Egipto y se establecieron en Avaris (probablemente, la antigua Tanis), en la frontera noreste del delta del Nilo. Los hicsos, sin duda, debieron aprovecharse del debilitamiento del poder faraónico durante la XIII y XIV dinastías, circunstancia a la que se sumaban sus mayores conocimientos bélicos (introdujeron en Egipto el caballo y el carro de guerra). Los soberanos hicsos de la que pasó a ser XV Dinastía adoptaron, sin embargo, las costumbres egipcias, adoraron a los dioses Set y Ra, y tomaron epónimos y protocolos de los faraones de Egipto. Coetáneas de la XV Dinastía hicsa fueron la XVI Dinastía (que reinó en la zona central de Egipto) y la XVII Dinastía (que de forma más independiente ejerció desde Tebas su autoridad en la parte sur del país, dominando el territorio entre Elefantina y Abidos). Un soberano de esta última, el tebano Kames o Kamosis (c. 1576-1570 a.C.) luchó con éxito contra los hicsos, aunque fue su hermano Amosis I quien los derrotó finalmente, reunificando de nuevo Egipto.
Amosis I (c. 1570-1546 a.C.) fue, por tanto, el fundador de la XVIII Dinastía, primera del Imperio Nuevo, cuya capital sería Tebas. Durante los cinco siglos de esta nueva etapa, Egipto conoció los momentos de mayor apogeo y fortaleza de su historia antigua.
El sucesor de Amosis I, Amenofis I (o Amenhotep I, c. 1546-1524 a.C.; corregente desde 1551 a.C.), extendió los límites de Egipto hacia Nubia y Palestina. Por iniciativa suya, Karnak, en la orilla oriental del Nilo, comenzó a ser una de las ciudades paradigmáticas de la arquitectura monumental. Este faraón separó su tumba del templo funerario e instauró la costumbre de que el lugar de su último descanso permaneciera secreto. El siguiente faraón de la XVIII Dinastía fue Tutmosis I (c. 1524-1518 a.C.), quien destacó tanto por sus acciones militares (extendió sus dominios en Nubia y avanzó hasta el río Éufrates) como por sus realizaciones arquitectónicas (mandó construir en Karnak dos pilones, una sala hipóstila y dos obeliscos). Tutmosis I fue el primer faraón que se hizo enterrar en el Valle de los Reyes. Su línea de gobierno fue seguida por su hijo, Tutmosis II (c. 1518-1504 a.C.), el cual luchó contra tribus nubias rebeldes y contra los beduinos, y dispuso que se efectuaran mejoras en el Gran templo de Amón en Karnak. Al morir Tutmosis II, el trono fue ocupado por su hermana (era hija de Tutmosis I) y esposa, Hatshepsut, la cual privó del ejercicio real del poder a Tutmosis III, hijo de Tutmosis II y una concubina. Aunque el reinado de Tutmosis III comenzó nominalmente cerca del año 1504 a.C., su inicio efectivo no tuvo lugar hasta la muerte de Hatshepsut,(c. 1483 a.C); se prolongó hasta c. 1450 a.C. y supuso un periodo de gran apogeo exterior, marcado por 17 victoriosas campañas militares que afirmaron la supremacía egipcia en Oriente Próximo. Tutmosis III infligió severas derrotas a Siria (cuyas fuerzas fueron aniquiladas en la llanura de Jezrael, perseguidas y nuevamente vencidas, en el 1479 a.C., en Meguido); al reino hurrita de Mitanni (al alentar este Estado mesopotámico revueltas en determinadas ciudades sirias y fenicias dominadas por Egipto, los ejércitos faraónicos invadieron su territorio, conquistaron varias de sus ciudades y extendieron el poder de Egipto en el norte de Palestina y Fenicia); sometió a Nubia y Sudán; y consiguió que le rindieran tributo Creta, Chipre, el poderoso reino anatolio de los hititas, Asiria y Babilonia, además de Mitanni. Los inmediatos sucesores de Tutmosis III, Amenofis II (c. 1450-1419 a.C.) y Tutmosis IV (c. 1419-1386 a.C.), intentaron mantener las conquistas asiáticas frente a los intentos expansionistas de los reinos de Mitanni y de los hititas. El largo reinado de Amenofis III (c. 1386-1350 a.C.) fue un periodo de paz (posibilitado por el mantenimiento del equilibrio con los estados limítrofes gracias al hábil empleo de la diplomacia) y de florecimiento de la arquitectura (edificó el gran templo de Amón en Luxor).
En el siglo XIV a.C., Egipto proporcionó a la edad antigua uno de sus episodios más peculiares. Lo protagonizó Amenofis IV (c. 1350-1334 a.C.), hijo de Amenofis III. El nuevo faraón adoptó el culto a Atón, dios o disco solar con el que eventualmente se identificó y al que consideraba único creador del Universo (por ello, algunos autores le sitúan como precursor del monoteísmo). Una vez instituida la nueva religión, así como su clero, cambió su nombre regio por el de Ajnatón (‘Atón está satisfecho’) y trasladó la capital de Tebas a Ajtatón, una nueva ciudad dedicada a Atón en el actual emplazamiento de Tell el-Amarna (de ahí que esta etapa también sea conocida por el nombre de periodo amarniense o de Amarna). Ajnatón (que estuvo acompañado en su devoción a Atón por su esposa, Nefertiti) ordenó suprimir todos los signos y costumbres religiosas de sus predecesores y se enfrentó duramente a los sacerdotes que pretendieron mantener el culto a Amón. No obstante, esta revolución religiosa fue efímera, ya que desapareció con su creador; de hecho, su yerno y sucesor, Tut Anj Amón (c. 1334-1325 a.C.), restauró el culto a Amón y reintegró la capitalidad a Tebas. Pese a que poco más se sabe de Tut Anj Amón, es sin duda uno de los faraones más famosos; ello se deriva del descubrimiento en el Valle de los Reyes de su tumba, incólume y plena de tesoros, y de su propia momia. Fue este un hito de la egiptología protagonizado en 1922 por el arqueólogo británico Howard Carter y su mecenas, George Herbert, quinto conde de Carnarvon, que la supuesta maldición del faraón alimentó pronto de misterio.
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