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Antiguo EgiptoArtículo de la enciclopedia
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Para contrarrestar la influencia de Tebas, los Ramesidas (once faraones de la XIX y XX dinastías) fundaron una segunda capital en el delta, cerca de Tanis. El fundador de la XIX dinastía, Ramsés I, reinó solo dos años (c. 1314-1312 a.C.). Le sucedió su hijo Seti I (1312-1298 a.C.; corregente junto a su padre desde el 1313 a.C.), quien intentó recuperar algunas de las posesiones sirias perdidas durante el final de la XVIII Dinastía, conquistó Palestina, defendió su frontera occidental frente a los libios y luchó contra los hititas. Egipto conoció luego un largo periodo de prosperidad con el hijo y sucesor de Seti I, Ramsés II (c. 1298-1235 a.C.), cuyo reinado supuso una de las cúspides del antiguo Egipto. Durante los primeros años en que estuvo al frente del reino, Ramsés II luchó para recuperar las tierras de África y del oeste de Asia Menor que Egipto había poseído durante los siglos XVI y XV a.C. Estas aspiraciones le hicieron enfrentarse a los hititas, contra los que mantuvo una larga guerra, cuyo principal combate fue la batalla de Qades (c. 1296 a.C.), librada en Siria y que Ramsés II consideró como un gran triunfo de las tropas egipcias sobre las del soberano hitita, Muwatalli. Sin embargo, todo parece indicar que el resultado de aquella contienda no fue determinante, pues solo el tratado firmado en torno al año 1283 a.C. fijó las fronteras de las tierras sirias en disputa, al tiempo que disponía el matrimonio entre Ramsés II y la hija del nuevo monarca hitita, Hatusili III. La segunda parte del reinado de Ramsés II estuvo caracterizada por la construcción de impresionantes monumentos, tales como el templo excavado en piedra de Abu Simbel, el llamado Ramesseum (su templo funerario, en Tebas) y la conclusión del gran vestíbulo hipóstilo del templo de Amón de Karnak. Pese a solventarse el peligro hitita, Egipto no tardó en tener que defender su integridad territorial frente a nuevos invasores: los denominados por la historiografía pueblos del mar, provenientes de las costas de Asia Menor y de Grecia, de donde llegaban desplazados, a su vez, por otras invasiones de pueblos indoeuropeos y por la irrupción de los dorios en el mar Egeo. Meneptah, hijo de Ramsés II, rechazó a los pueblos del mar, como también lo haría Ramsés III (c. 1198-1176 a.C.), soberano perteneciente ya a la XX Dinastía, quien derrotó igualmente a los libios y cuyas victorias fueron representadas en su templo funerario de Madinat Habu, cerca de Luxor. El final del reinado de Ramsés III marcó el inicio de la decadencia del Imperio Nuevo; Egipto se vio a partir de entonces afectado por revueltas internas (propiciadas por el creciente poder de los sacerdotes de Amón y del ejército) y por el acoso exterior de Asiria y de los libios.
Hacia el 1070 a.C., la unidad egipcia se vio nuevamente vulnerada, dando lugar al inicio de una etapa que, en virtud de ello, es denominada ‘tercer periodo intermedio’. Esta fase comprendió desde la XXI hasta la XXIV dinastías. Los faraones que gobernaron desde Tanis, en el norte, rivalizaron con los sumos sacerdotes de Tebas, con los que parecían estar relacionados. Los soberanos de la XXI Dinastía puede que tuvieran antepasados libios, porque fueron jefes libios quienes dieron origen a la XXII Dinastía. Cuando los gobernadores libios entraron en un periodo de decadencia, varios rivales se alzaron en armas para conquistar el poder. De hecho, las XXIII y XXIV dinastías fueron coetáneas a la XXII, al igual que la XXV (cusita), la cual controló de forma efectiva la mayor parte de Egipto cuando aún gobernaban la XX y XXIV Dinastías, al final de su mandato. Los faraones incluidos desde la XXV hasta la XXXI dinastías gobernaron Egipto durante lo que se conoce como Baja Época. Los cusitas gobernaron desde el 767 a.C. hasta ser derrotados por Asiria en el 671 a.C. Los soberanos egipcios se restablecieron con la XXVI Dinastía (o dinastía saíta), fundada por Samético I (664-610 a.C.). El resurgir de nuevos logros culturales, reminiscencia de épocas anteriores, alcanzó su plenitud con la XXVI Dinastía. Cuando el último faraón egipcio fue derrotado por Cambises II, en el 525 a.C., el país cayó bajo dominio de Persia durante la XXVII Dinastía (Aqueménida). Egipto reafirmó su independencia con las XXVIII y XXIX dinastías, pero la XXX Dinastía fue la última de soberanos egipcios. La XXXI Dinastía, que no se menciona en la cronología de Manetón, representó el periodo de la segunda dominación persa.
Alejandro III el Magno, cuyas tropas ocuparon Egipto en el 332 a.C., liberó de la tutela persa al país, que quedó integrado en el mundo helenístico hasta el año 30 a.C. El soberano macedonio, que dejó Egipto en la primavera del 331 a.C., fundó Alejandría y supo ganarse el favor de la población al mantener las leyes y las tradiciones nacionales. Se aseguró sobre todo el apoyo de la clase sacerdotal, al acudir al templo de Amón y hacer reconocer su filiación divina. Al fallecer Alejandro Magno, en el 323 a.C., sus territorios pasaron a ser gobernados por sus generales. Uno de ellos, Tolomeo, quedó al mando de la satrapía de Egipto y Libia, en calidad de sátrapa (gobernador) del territorio. Sin embargo, en el 305 a.C., Tolomeo se proclamó rey, dando inicio a la dinastía Tolemaica o Lágida (así llamada por ser Tolomeo hijo de un macedonio llamado Lagos). A Tolomeo I Sóter (305-285 a.C.), le sucedieron en el trono egipcio Tolomeo II Filadelfo (285-246 a.C.) y Tolomeo III Evergetes (246-221 a.C.). Egipto pasó a ser una provincia romana, situación que se prolongaría durante casi siete siglos (salvo un pequeño lapso, en el siglo III d.C., en que fue gobernado por la reina Septimia Zenobia de Palmira). Durante ese largo periodo, Egipto fue un territorio de vital importancia económica para el Imperio de Roma, especialmente por su función como suministrador de cereales, pero también por sus vidrios, metales y otros productos manufacturados; además, se convirtió en un punto clave del comercio de especias, perfumes, piedras preciosas y metales procedentes de los puertos del mar Rojo. La administración del Egipto romano dependía de un prefecto; con el tiempo, esta figura acumuló un gran poder, por lo que, en el siglo VI, el emperador bizantino Justiniano I le privó de sus prerrogativas militares y dispuso que fuera un comandante el que ejerciera la autoridad sobre el ejército. Durante el periodo de dominación romana, Egipto vivió tiempos de relativa paz. Alejandría conservó la capitalidad que alcanzara en época de los Tolomeos y fue una de las grandes metrópolis del Imperio romano, centro de un próspero comercio con India, la península de Arabia y los territorios mediterráneos. La romanización no tuvo gran incidencia, al ser ya la egipcia una sociedad muy helenizada desde tiempos tolemaicos. Para entonces, la población incluía importantes minorías de judíos, griegos y de otras comunidades de Asia Menor. La lengua copta comenzó a desarrollarse de forma independiente de la egipcia, por la influencia griega y de otras lenguas semíticas. Al igual que los habitantes de otros pueblos dominados por Roma, los egipcios no alcanzaron la ciudadanía romana hasta el año 212, gracias al Edicto de Caracalla. Los emperadores romanos protegieron las tradiciones religiosas egipcias; culminaron y embellecieron templos comenzados bajo los Tolomeos y, al igual que los faraones, hicieron inscribir en ellos sus propios nombres. Por otra parte, los cultos egipcios de Isis y de Serapis se extendieron por todo el ámbito grecorromano. Sin embargo, Egipto tuvo una notable importancia, a través del monacato, en la difusión del primer cristianismo. Tras la división del Imperio romano, en el 395 d.C., Egipto pasó a formar parte del Imperio bizantino. El patriarca de Alejandría adquirió una gran fuerza en el seno de la Iglesia cristiana y gozó del apoyo papal frente a su rival de Constantinopla. San Cirilo, patriarca de Alejandría entre el 412 y el 444, obtuvo la condena, por herético, del nestorianismo, defendido por el patriarca de Constantinopla, Nestorio. Sin embargo, el poder del patriarcado alejandrino llegó a ser incluso amenazador para el propio Papado. El sucesor de Cirilo, Dióscoro, que defendió el monofisismo, fue depuesto tras el Concilio de Calcedonia (451). Al ser condenadas por Constantinopla, las tesis monofisitas fueron desde entonces adoptadas de forma masiva por los cristianos de Egipto. Durante los dos siglos siguientes, la Iglesia copta fue víctima de persecuciones impulsadas por el poder bizantino. Durante el siglo VII, el Imperio bizantino sufrió el desafío de la Persia de los Sasánidas, que invadió Egipto en el 616. Pese a que fueron rechazados y expulsados en el 628, poco después, en el 642, Egipto cayó bajo el dominio del califato musulmán de Umar I. El proceso de expansión del islam supuso la llegada de una nueva religión y dio paso a una nueva etapa de la historia egipcia.
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