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Traducción

Artículo de la enciclopedia
Esquema
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Introducción

Traducción, palabra derivada del sustantivo latino traductio y éste del verbo traducere, cuyo significado literal es ‘hacer pasar de un lugar a otro’. La traducción equivale, en sentido amplio, al cambio o traslado de un código a otro y se aplica generalmente al campo de la lengua. Sin embargo, la palabra también se usa en el lenguaje común en expresiones como ‘traducir’ los sentimientos e ideas en gestos, actitudes o palabras. Esta última noción aproxima el fenómeno de la traducción a la práctica misma de la escritura. También se vincula con la idea de interpretación —traducir un sueño—, hecho que la acerca al campo de la lectura.

En el ámbito de la retórica, la traducción es considerada una figura, la cual consiste en utilizar un mismo nombre o adjetivo en diferentes casos, géneros o números, o un mismo verbo en diferentes modos, tiempos o personas. Como figura retórica, su uso es frecuente en los juegos conceptuales de la literatura de todas las épocas, especialmente entre los autores barrocos (y neobarrocos) o en diversas formas de experimentación lingüística. En el poeta Eduardo Scala, la traducción retórica se liga a la descomposición de las palabras: “Diversificación/versificación/del verbo infinito/finito (infinitivo) ver”. Otro ejemplo es la conocida frase de Blaise Pascal: “el corazón tiene razones que la razón ignora”.

La traducción de una lengua (lengua de partida) a otra (lengua de llegada) implica todas las acepciones que se han mencionado. Además de conocer ambas lenguas —aunque, sin ninguna duda, habrá de dominar muy bien la de llegada—, el traductor debe ser un lector atento, que comprenda e interprete lo leído; tener una práctica considerable en el campo de la escritura; y, sobre todo si la traducción es literaria, conocer los recursos retóricos, y no sólo gramaticales, que permiten decir un mismo enunciado de diferentes maneras. La traducción puede ser directa, es decir, de una lengua extranjera a la lengua del traductor; inversa, de la lengua del traductor a una lengua extranjera; literal; libre o literaria. En el caso de la traducción simultánea, de carácter oral, se habla de interpretación. Las nuevas tecnologías han favorecido, además, la posibilidad de la traducción automática. Véase Lingüística computacional.

Pero el punto de vista que mejor define el valor de la traducción es el de su incuestionable aporte a la comunicación entre las culturas. Un país que no pudiese acceder, gracias a la labor de los traductores, a los textos (literatura de ficción, filosófica, científica, tecnológica; obras cinematográficas) de otras naciones, estaría condenado al provincianismo cultural y, por tanto, no se desarrollaría en el conocimiento y el respeto de otras idiosincracias tan valiosas como las propias. La literatura ‘universal’ lo es gracias a la labor de los traductores. La enorme difusión de la Biblia, a través de sus numerosas traducciones, representa un signo más de la importancia del acto de traducir, no sólo, en este caso concreto, por su repercusión religiosa, sino también literaria y artística.

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Traslación e intercambio cultural

Históricamente, en el ámbito específico de la lengua castellana, esa función fue cumplida por la Escuela de traductores de Toledo, durante el reinado de Alfonso el Sabio. La traducción de obras filosóficas, científicas y literarias de la antigüedad estuvo acompañada, desde el punto de vista social, por una práctica de tolerancia entre árabes, cristianos y judíos. Traducir fue también, en sentido amplio, un intercambio de culturas, conductas y concepciones del mundo que podían conciliarse aun desde las diferencias.

Constituye un ejemplo notable de la traducción como tarea individual la obra realizada por fray Luis de León en su versión del Cantar de los Cantares de Salomón (edición de José Manuel Blecua, Madrid: Gredos, 1994). Representa un estudio laborioso y exhaustivo de las palabras y expresiones de la lengua hebrea, de la variedad de sentidos que éstas comunican e, incluso, de los alcances y el significado de la pasión amorosa. “Y porque entiendo ser diferente el officio del que traslada mayormente escrituras de tanto peso, del que las explica y declara. El que traslada a de ser fiel y cabal, y si fuere posible contar las palabras para dar otras tantas y no mas, ny menos. De la misma qualidad y condicion y variedad de significationes que son y tienen las originales: sin limitallas a su propio sentido y parecer para que los que leyeren la traslación puedan entender toda la variedad de sentidos a que da ocasión el original si se leyese y queden libres para escoger dellos el que mejor les pareciere”. Surgen por lo menos dos conclusiones de este fragmento del “Prólogo” de fray Luis: fidelidad a las palabras del original desde el punto de vista cuantitativo y cualitativo, lo que redundará en beneficio del ritmo de la lengua de llegada; énfasis en el valor polisémico de las palabras, es decir, en su riqueza de significados, concediendo libertad al lector para que elija el que le parezca. Una buena traducción debe mantener la capacidad de sugerir presente en la obra que se traduce. De otro modo, la versión traducida acaba siendo un texto plano, cerrado en sí mismo, una burda transmisión, en definitiva, de su sentido más superficial.

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De la convivencia de las lenguas

Alfonso Reyes incluye, en su libro La experiencia literaria, un artículo titulado “De la traducción” (1931-1941). Con sentido del humor, discute las posibilidades y límites de la adaptación de los nombres propios, afortunadamente ya superada: “Si es intolerable ‘Ernesto Renán’, más lo es ‘Anatolio France’, que de ser legítimo, mejor pudo ser ‘Anatolio Francia’. Ya pasaron los tiempos en que la fuerza de atracción lingüística y hasta la relativa incomunicación de las culturas consentían a Quevedo hablar de ‘Miguel de Montaña’, a Gracián decirle a John Barclay ‘el Barclayo’ o permitían llamarle al Louvre ‘la Lobera’”. Los comentarios de Alfonso Reyes apuntan en el sentido de demostrar que la traducción debe mantener el equilibrio entre el sabor extranjero y la fluidez de la lengua de llegada. Por otra parte, señala el camino de las diferentes versiones de un mismo texto según las variedades locales y sociales de una lengua. Aparece así la perspectiva de la parodia y, con ella, la idea de que cada obra literaria es, en mayor o menor grado, ‘traducción’ de las que la precedieron. Valga como ejemplo la obra Omeros, de Derek Walcott, en la que, además de recrear las fórmulas de la épica griega, se utiliza un inglés mezclado con la lengua criolla hablada en la isla de Santa Lucía. Otro caso es el del narrador brasileño João Ubaldo Ribeiro, quien es capaz de entremezclar términos del portugués normativo de Brasil con deliberados errores ortográficos y de construcción sintáctica para aprehender las diferencias regionales y de culturas.

El tema del bilingüismo está ligado estrechamente al fenómeno de la traducción. Lenguas tan difundidas en el mundo como el español, con tantas variedades como países y regiones donde se habla, plantean el desafío de la convivencia entre diferentes registros de la misma lengua. La importancia del mestizaje es, además de una cuestión antropológica, un fenómeno que afecta al área lingüística. El traductor se encuentra, en este caso, ante una realidad compleja pero estimulante. Por ello, desde el punto de vista de la tarea concreta de traducir, los diccionarios bilingües constituyen una fuente de consulta, pero siempre ayudarán más los diccionarios de uso de la misma lengua que se pretende traducir, sobre todo aquellos que incorporan en las acepciones de cada palabra las variedades de cada país o región.

Hablando de bilingüismo, es frecuente publicar antologías u obras poéticas con el texto original y su traducción. Siendo la poesía un género complejo por su poder de condensación, las ediciones bilingües de los poemarios ayudan al lector a entrar más a fondo en el texto original, disfrutando de los hallazgos del traductor o (como a veces ocurre) sufriendo con sus desafueros.

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