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San Pablo (c. 10-62), primer teólogo del cristianismo y el más importante de sus misioneros, por lo que también fue llamado el Apóstol de los gentiles.
Nació en Tarso (en la actual Turquía) y recibió de sus padres, fieles cumplidores de la religión judaica, el nombre de Saulo (por el antiguo rey hebreo Saúl). Al octavo día fue circuncidado (como estipulaba la Ley judía) y se educó, con el máximo rigor, de acuerdo con la interpretación farisaica de la Ley. Como joven judío de la diáspora, escogió el nombre latino de Pablo, por la similitud fonética de éste con el suyo. Sus epístolas posteriores reflejan un conocimiento profundo de la retórica griega, algo que sin duda aprendió en Tarso cuando era joven. Pero sus modelos de pensamiento reflejan también una educación formal en la Ley mosaica, quizá recibida en Jerusalén del famoso maestro Gamaliel el Viejo durante su preparación para convertirse en rabino. Destacado estudioso de la Ley y defensor acérrimo de la ortodoxia judía (Gál. 1,14; Flp. 3,6), su celo lo llevó a perseguir a la naciente Iglesia cristiana por considerarla una secta hebrea contraria a la Ley que debía ser destruida (Gál. 1,13). En los Hechos de los Apóstoles se relata su participación como testigo en la lapidación de san Esteban, el primer mártir cristiano. Se convirtió al cristianismo tras experimentar una visión de Cristo durante un viaje de Jerusalén a Damasco (He. 9,1-19; 22,5-16; 26,12-18), acontecimiento al que se refiere sin emplear el término ‘conversión’, que implica un cambio de una a otra religión. Para él, esta revelación de Jesucristo suponía la señal del fin de todos los credos y, por tanto, de todas las diferencias religiosas (Gál. 3,28). En cambio, habla con reiterativa insistencia de que Dios “lo llamó” (ver más adelante Elección) al cristianismo y a la evangelización de los gentiles. Aunque reconoció la legitimidad de su misión entre los judíos, como la llevada a cabo por san Pedro, estaba convencido de que el cristianismo era una llamada que Dios hacía a todas las personas al margen de los requerimientos de la Ley judía. Según el conocido relato contenido en los Hechos de los Apóstoles, Pablo realizó tres viajes misioneros. Sus cartas revelan que su itinerario se guió por tres preocupaciones principales: (1) su vocación de evangelizar territorios aún no hollados por otros evangelistas cristianos, de ahí sus planes para dirigirse por el oeste hasta Hispania (Rom. 1,14 y 15,24-28); (2) su interés pastoral por volver a visitar sus propias congregaciones cuando surgieron problemas, como, por ejemplo, sus diversas visitas a Corinto; y (3) su inquebrantable determinación por entregar él mismo en la Iglesia judeocristiana de Jerusalén el dinero recolectado en sus iglesias gentiles. Aunque los eruditos no captan de forma convincente los motivos de Pablo en este empeño, lo cierto es que abrigaba el propósito de unificar las iglesias de su misión gentil con las de los judíos cristianos de Palestina. Por los Hechos de los Apóstoles sabemos que fue preso en Jerusalén tras los disturbios provocados por sus antagonistas judíos, y que fue conducido a Roma. En el mismo texto se refiere también a la posibilidad de su muerte (He. 20,24; 20,38). Lo más probable es que fuese ejecutado en Roma en el año 62. Desde el siglo IV la tradición cristiana fijó el día en el 22 de febrero.
El Nuevo Testamento contiene trece epístolas que llevan el nombre de Pablo como autor, siete de ellas escritas por él casi con toda certeza: 1 a los Tesalonicenses, a los Gálatas, 1 y 2 a los Corintios, a los Romanos, a los Filipenses y a Filemón. Estas cartas, en las que a veces habla de su experiencia personal y su obra, son la principal fuente de noticias concretas sobre su vida y la mayoría de los eruditos se concentran en ellas, consultando los Hechos de los Apóstoles como una fuente subsidiaria.
Cualquier intento de resumir el pensamiento de Pablo ha de afrontar varios obstáculos, y en particular el hecho de que las cartas iban dirigidas a una comunidad determinada, incidiendo en sus problemas específicos con el fin de corregir sus errores. Incluso su epístola más sistemática, la que remite a los romanos, no proporciona una exposición completa de su teología, pero algunos temas y aspectos se repiten con suficiente frecuencia como para ser considerados como el núcleo más significativo de su pensamiento.
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