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Introducción; Territorio y recursos; Temas medioambientales; Población; Economía; Gobierno; Historia
Bielorrusia tiene un producto interior bruto (PIB) de 36.945 millones de dólares (precios de mercado para 2006) o, lo que es lo mismo, 3.796,10 dólares per cápita. La agricultura, que dominó la economía de Bielorrusia durante siglos, ha sido reemplazada por la industria como el principal sector económico de la república. La agricultura supone alrededor del 9,3% del PIB y el 21% de la ocupación laboral total. La cría de ganado y las granjas de vacas contribuyen en más de la mitad de la producción total agrícola, pero el cultivo de cereales es también importante. Los cultivos principales incluyen patatas (papas), lino, trigo, remolacha azucarera y cereales (cebada, avena y centeno). Una cantidad sustancial de tierras pantanosas ha sido drenada y convertida en terreno agrícola, y en la actualidad se encuentran entre las más fértiles y productivas del país. La industria fue casi completamente destruida en la II Guerra Mundial, pero se recuperó rápidamente en los años de la posguerra. Hoy supone un 42% del producto interior bruto y un 35% de la ocupación laboral total. Bielorrusia produce vehículos de motor, productos químicos, madera, maquinaria y bienes de consumo, como televisores y bicicletas. También es importante la manufactura en tejidos de lino, lana y algodón. La república tiene grandes depósitos de turba, que se usan para combustible industrial y en plantas de energía. Bielorrusia cuenta con un sistema extenso de autopistas y ferrocarriles, y por medio de sus ríos navegables y el sistema del canal del Dniéper-Bug, tiene acceso al mar Báltico y al mar Negro. La producción económica descendió a principios de la década de 1990, pero no tan bruscamente como en muchas otras antiguas repúblicas soviéticas. Su economía, que se ha visto negativamente afectada por la ruptura de los lazos comerciales con Rusia y los elevados incrementos en el precio y disponibilidad del petróleo y de otras materias primas, sufrió una caída del 11% en la producción en 1992, menos de la mitad que en otras antiguas repúblicas soviéticas. Pero la economía se deterioró aún más en el año 1993, cuando la inflación superó el 25% y el producto nacional bruto descendió alrededor de un 14 por ciento. Estas condiciones económicas provocaron una presión política mayor por parte de los partidarios de la unión económica con Rusia. En abril de 1994 se firmó un acuerdo para establecer una unión monetaria con Rusia que pusiera fin a las restricciones comerciales y aduaneras, si bien Rusia ha retrasado esta unión debido a los problemas económicos, sobre todo a la elevada tasa de inflación, de Bielorrusia. Se abandonó la moneda nacional, el rublo bielorruso, en favor del rublo ruso. Bielorrusia es, después de Tayikistán, la segunda de las antiguas repúblicas soviéticas que volvió a incorporar el rublo como moneda oficial y cedió el control monetario a Rusia. En 1995, la tasa de cambio era de 11.740,8 rublos por dólar estadounidense. No obstante, la actual unidad monetaria es el nuevo rublo bielorruso (26,500 rublos equivalían a 1 dólar estadounidense en 1997), introducido en agosto de 1994 y equivalente a 10 rublos viejos. Es la moneda oficial del país desde enero de 1995, momento en que cesó la circulación de rublos rusos. A comienzos de 1998 el rublo bielorruso disminuyó drásticamente su valor, en parte porque el gobierno emitió más moneda de la precisa con el fin de cubrir los gastos de las poco eficientes empresas estatales. El banco central emisor es el Banco Nacional de Bielorrusia, con sede en Minsk. Se ha estudiado la posibilidad de llevar a cabo los planes para el desarrollo de la industria de energía nuclear con el fin de aliviar la dependencia de Bielorrusia de las fuentes de energía del exterior, ya que, de todas las antiguas repúblicas soviéticas, fue la que recibió las mayores cantidades de lluvia radiactiva tras el accidente nuclear de Chernóbil en la vecina Ucrania en 1986.
La vigente Constitución de Bielorrusia fue promulgada en marzo de 1994 (posteriormente, fue enmendada en 1996 y 2004). La jefatura del Estado reside en el presidente de la República, titular del poder ejecutivo. El presidente designa al primer ministro, el cual está al frente del gobierno. En virtud de la Constitución de 1994, el poder legislativo descansaba, en un primer momento, en un órgano unicameral, el Sóviet o Consejo Supremo, cuyos 260 miembros eran elegidos para legislaturas quinquenales. Tras las enmiendas constitucionales de 1996, ese Parlamento fue sustituido por una Asamblea Nacional bicameral, conformada por la Cámara de Representantes (cámara baja, cuyos 110 integrantes son directamente elegidos por la ciudadanía) y el Consejo de la República (64 escaños: 56 ocupados por elección indirecta a través de los consejos regionales y 8 por designación presidencial). A comienzos del siglo XXI, los principales grupos políticos mostraban una clara división entre aquellos afectos al régimen del presidente Aleksandr Lukashenko (tales como el Partido Agrario, el Partido Comunista de Bielorrusia, el Partido Patriótico Bielorruso y el Partido Liberal Democrático de Bielorrusia) y los alineados en la oposición al oficialismo (Frente Popular de Bielorrusia, Partido Socialdemócrata Bielorruso, Asamblea Socialdemócrata Bielorrusa, Partido Cívico Unido y Partido de los Comunistas de Bielorrusia, entre otros).
Durante la edad media, el territorio que en la actualidad forma Bielorrusia se dividió en diversos principados eslavos. En 1240, los tártaros los invadieron y provocaron la destrucción de Kíev, el centro eslavo cultural y religioso más importante de ese tiempo. La mayor parte de la superficie que en la actualidad ocupa Bielorrusia fue más tarde anexionada por Lituania. Unida a Polonia bajo la dinastía Jagellón desde 1386, el territorio de Bielorrusia pasó a formar parte de la unión realizada entre Lituania y Polonia cuando los dos estados se fusionaron por completo en 1569. Entre los siglos XVI y XVIII este territorio sirvió de campo de batalla para las guerras entre Polonia y Rusia. Con la partición de Polonia en 1772, 1793 y 1795, Rusia adquirió la actual Bielorrusia. Cuando las fuerzas francesas dirigidas por Napoleón la invadieron en 1812, la zona quedó devastada por la retirada de los rusos y su población padeció niveles extremos de pobreza. Esta fue la causa de que durante todo el siglo XIX, muchos bielorrusos emigraran a Siberia y a Estados Unidos. El Estado independiente de Bielorrusia no surgió hasta el siglo XX, aunque a finales del siglo XIX un movimiento de autodeterminación nacional ya empezó a tomar cuerpo. Después de la caída del Imperio Ruso, Bielorrusia se proclamó república democrática en marzo de 1918, pero fue pronto aplastada por los bolcheviques, que la proclamaron república soviética en enero de 1919. Polonia, que decidió restablecer sus fronteras históricas, también invadió el país y recibió la parte oeste según los términos del Tratado de Riga, firmado en 1921. En 1922 el resto del territorio se convirtió en una república integrante de la URSS. Después de la ocupación de Polonia por Alemania en 1939 la URSS recobró la parte oeste de Bielorrusia y la añadió a la RSS bielorrusa, por lo que casi se dobló la superficie de la república. En junio de 1941, durante la II Guerra Mundial, los alemanes invadieron Bielorrusia, pero fueron expulsados en 1944 después de haber asolado el país. Exceptuando ciertas áreas asignadas a Polonia, las fronteras políticas de la RSS bielorrusa establecida en 1939, fueron ratificadas en las disposiciones del tratado entre Polonia y la URSS en 1945. En este año, la república se convirtió en un miembro independiente de las Naciones Unidas. La caída del comunismo en la URSS en 1991 llevó a su plena independencia. La nueva nación desempeñó un papel de liderazgo en la formación de la Comunidad de Estados Independientes (CEI) y acogió el primer encuentro de alto nivel de la CEI en diciembre de 1991. En 1992 Bielorrusia ingresó como miembro de pleno derecho en las Naciones Unidas. En julio de 1993 firmó el Tratado de no Proliferación Nuclear. También ese año, Bielorrusia se comprometió a la eliminación de todas sus armas nucleares en 1996. En enero de 1994 el Soviet Supremo destituyó a su presidente, Stanislau Shushkevich, por su incapacidad manifiesta para controlar la corrupción del gobierno, aunque también influyó su postura ante las futuras relaciones con Rusia. Lo sustituyó el conservador Mechislav Hirb. En marzo de 1994 Bielorrusia adoptó una nueva constitución proclamando al país Estado no nuclear y neutral. En julio del mismo año celebró sus primeras elecciones presidenciales y el populista Aleksandr Lukashenko ganó por una aplastante mayoría sobre el primer ministro titular, Viacheslav Kebich. Lukashenko mostró desde el inicio de su mandato una clara determinación tendente a restablecer los vínculos con Rusia. Tal política, aunque rechazada de plano por los grupos nacionalistas (y observada con cautela por los comunistas), fue confirmada por la población bielorrusa en la consulta (elecciones legislativas y referéndum) de mayo de 1995, en la que, además de quedar claro el papel preponderante de los comunistas en el panorama político y el escaso apoyo dado a los nacionalistas, se respaldó un paquete de medidas por el que se ampliaban los poderes presidenciales, se reclamaba la integración con Rusia, se restablecía el ruso como segunda lengua oficial y se recuperaban los emblemas del periodo soviético. El 2 de abril de 1996 fue creada la Unión de Repúblicas Soberanas, integrada por Rusia y Bielorrusia y cuya finalidad era estrechar los lazos económicos y políticos entre ambos estados, al igual que con algunos de los países que constituyen la CEI. El 2 de abril del año siguiente, Rusia y Bielorrusia acordaron establecer unos vínculos mayores, próximos a la federación, si bien las reticencias de algunos sectores dentro del gobierno ruso impidieron que tal acuerdo fuera suscrito con su texto inicial, que preveía la práctica integración de los dos países. El presidente de Rusia, Borís Yeltsin, y Lukashenko, firmaron una carta de unión el 23 de mayo de 1997, por la que se establecían lazos más estrechos en lo económico, político y militar entre ambos países, si bien muy lejos aún de formar un único Estado plenamente integrado. Dicha carta preveía la cooperación en diversos campos: la reforma económica, la política exterior, el transporte y la energía. Creaba un consejo supranacional llamado Soviet Supremo, que tendría su sede en Moscú, la capital de Rusia. Este Consejo tendría poder para hacer efectivas dichas políticas de unión y estaría compuesto por los presidentes, primeros ministros y dirigentes parlamentarios de ambas naciones. Cada presidente conservaría el poder para vetar las decisiones tomadas por el Consejo que, de lo contrario, serían vinculantes. La carta, además, concedía a los ciudadanos de los dos países libertad de movimientos, así como derecho de residencia y de adquisición de propiedades. Se confiaba en que el acuerdo redujera los gastos de seguridad de los puestos fronterizos y mejorara la cooperación entre las fuerzas de seguridad de ambas naciones. El poder de Lukashenko en Bielorrusia se vio reforzado tras las elecciones legislativas del 15 de octubre de 2000, que le aseguraron el futuro respaldo parlamentario, y las presidenciales del 9 de septiembre de 2001, en las que fue reelegido. En octubre de 2004, se aprobó en un referéndum la reforma constitucional promovida por Lukashenko para suprimir la limitación de dos mandatos consecutivos a un mismo presidente (y poder aspirar así, en 2006, a un tercer ejercicio); también se celebraron elecciones legislativas que significaron un nuevo triunfo de los candidatos afines al presidente. De esta forma, Lukashenko pudo concurrir a los comicios presidenciales del 19 de marzo de 2006 y, según lo esperado, lograr la reelección. Al tiempo que el máximo mandatario del país presumía de los logros económicos y sociales materializados durante su desempeño del poder, la oposición redobló sus protestas, críticas y denuncias, considerando que el autoritario régimen de Lukashenko se perpetuaba gracias a sucesivos fraudes electorales, al sometimiento de la disidencia y a la constante vulneración de las libertades públicas. En este mismo sentido, la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) insistía en que los comicios no habían cumplido los requisitos para ser considerados democráticos.
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