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Papado

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Basílica de San PedroBasílica de San Pedro
Esquema
3.5

La Contrarreforma y postrimerías

A principios del siglo XVI, los papas fueron por fin capaces de consolidar su autoridad política en los Estados Pontificios y convertirse por primera vez en auténticos príncipes territoriales. Pero en aquellos mismos años, Martín Lutero hizo del rechazo al papado parte integral de la Reforma. Con creciente vehemencia, calificó al papa de anticristo, no tanto por su supuesta mundanidad y corrupción como por su fracaso al no proclamar la doctrina de la justificación por la fe. En 1534, el rey Enrique VIII de Inglaterra hizo que el Parlamento le declarara cabeza de la Iglesia de Inglaterra, quitándole al papa este derecho. Aunque los diferentes reformadores protestantes se diferenciaban en muchos temas, todos coincidieron en la creencia de que el papado era una institución perniciosa, y al menos, nada esencial.

La respuesta católica a la Reforma empezó con el papa Pablo III (1534-1549). Procuró nombrar a hombres prestigiosos para formar el colegio cardenalicio, intentó garantizar un papado moralmente recto en el futuro. El Concilio de Trento (1545-1563) no consideró la misión del papa en la Iglesia, aunque formuló la mayoría de las doctrinas y prácticas de la moderna Iglesia católica.

En la clausura, el Concilio pasó al papado sus asuntos inacabados así como la implantación progresiva de sus decretos, lo cual fortaleció el liderazgo del papa en la Iglesia. El intercambio de polémicas doctrinales con los protestantes, además, llevó al papado a conseguir un papel más destacado en la teología católica que el que había tenido hasta entonces, y lo convirtió en la marca distintiva entre la Iglesia católica y las iglesias protestantes. Este hecho agravó también el cisma entre la Iglesia oriental que había tenido lugar en 1054. Todavía sin una clara formulación del vínculo del papado con el episcopado y los gobernantes nacionales, la Iglesia católica era vulnerable ante muchos asuntos, tales como el galicanismo, el febronianismo y el josefismo en los siglos XVII y XVIII. Cada uno de estos movimientos, que ponían de relieve cierto grado de independencia episcopal o real en relación con el papado, fue condenado por decreto papal. Por último, bajo el papa Pío IX (1846-1878) el Concilio Vaticano I (1870) definió la primacía jurisdiccional y la infalibilidad del papa como doctrina.

La Revolución Francesa y sus consecuencias en toda Europa, trajeron consigo nuevos problemas al papado, en especial con el impulso en Italia hacia la unidad nacional que condujo en 1860-1870 a la incorporación de los Estados Pontificios y la ciudad de Roma al Reino de Italia. Como protesta, en particular contra la pérdida de Roma, Pío IX se retiró de la ciudad para convertirse voluntariamente en “prisionero del Vaticano”, una pequeña zona de unas cuarenta hectáreas que rodean la basílica de San Pedro. La llamada Cuestión Romana se resolvió en 1929 por un acuerdo con el gobierno italiano de Benito Mussolini, los Pactos de Letrán, por el cual la Ciudad del Vaticano se convirtió en un Estado soberano, con el papa como jefe de Estado.

3.6

Los siglos XX y XXI

Durante los últimos 125 años, el papado ha crecido en prestigio e importancia, incluso fuera de los círculos católicos. Empezando con la encíclica Rerum novarum (1891) escrita por el papa León XIII (1878-1903), ha tomado una serie de actitudes de amplia visión y largo alcance, relativas a las implicaciones morales sobre cuestiones sociales y económicas. El papado se opuso abiertamente al marxismo, pero después de la II Guerra Mundial intentó establecer acuerdos con los regímenes comunistas en la Europa del este. Tuvo mucho éxito en Polonia y en Yugoslavia, donde la Iglesia operó con alguna libertad, incluso antes de la caída de los regímenes comunistas.

La atractiva personalidad del papa Juan XXIII (1958-1963) ganó para el papado un inmenso respeto mundial. El Concilio Vaticano II (1962-1965) convocado por él enfatizó las funciones del episcopado en el gobierno de la Iglesia, sin negar los decretos del Concilio Vaticano I, y al mismo tiempo adoptó una actitud más conciliadora hacia las iglesias protestantes y ortodoxas. El Concilio también tendió a favorecer un estilo de gobierno por parte de la Iglesia más participativo y menos autoritario. En parte como respuesta a tales iniciativas, las iglesias protestantes y ortodoxas empezaron a reconsiderar el papel del papado en la Iglesia y a mostrar más simpatía hacia esta institución que ha aguantado tantos embates. El papa Juan Pablo II (1978-2005), el primero no italiano en más de 400 años, dio gran importancia a la naturaleza universal de la Iglesia y realizó numerosos viajes a lugares de todo el mundo. Pese a las críticas que arrastró por su postura conservadora en materia sexual o respecto a la ordenación femenina, su autoridad moral resultó incuestionable, debido, entre otros factores, a su carisma personal y a la constante defensa de la paz mundial.

Pocas semanas después de su fallecimiento, y en un cónclave inusitadamente corto, los cardenales electores designaron como sucesor al alemán Joseph Ratzinger, que adoptó en lo sucesivo el nombre de Benedicto XVI. Es el pontífice número 265 de la Iglesia católica.

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