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Mientras el pueblo italiano se enfrentaba a un crudo invierno debido a la escasez de alimentos y combustible, el control alemán sobre el país, la corrupción e ineficacia de los oficiales fascistas y el incumplimiento de las leyes de racionamiento por parte de los más ricos e influyentes contribuía a crear un ambiente dominado por la falta de moral. En octubre, los británicos protagonizaron una serie de ataques aéreos contra las ciudades industriales del norte del país. Por otra parte, las tropas británicas y estadounidenses establecieron bases aéreas en Argelia y Cirenaica y bombardearon el sur de Italia. El prestigio político del régimen fascista era cada vez menor. En febrero de 1943, con la esperanza de cambiar la situación, Mussolini asumió el control absoluto de los asuntos políticos y de las operaciones militares. Cuando en mayo las tropas del Eje fueron derrotadas en Tunicia, creó un Consejo de Defensa para prepararse contra una posible invasión aliada del país. Todos sus esfuerzos por reforzar las defensas y levantar la moral del país resultaron infructuosos ante los ataques aéreos de los aliados.
El 10 de julio de 1943, tras la capitulación de la isla italiana de Pantelleria, lugar de gran importancia estratégica en la zona del Mediterráneo, el ejército aliado invadió Sicilia. Seis días después, el presidente de Estados Unidos Franklin D. Roosevelt y el primer ministro británico Winston Churchill se dirigieron a través de un mensaje por radio al pueblo italiano pidiendo su inmediata rendición para evitar mayores devastaciones. Al día siguiente, los aviones aliados arrojaron sobre Roma panfletos advirtiendo de un posible ataque contra las instalaciones militares próximas a la ciudad y prometiendo el máximo cuidado para no destruir ni edificios habitados ni monumentos. Aproximadamente unos 500 bombarderos aliados tomaron parte en la destrucción de los depósitos de armas, fábricas de municiones y aeródromos cercanos a la ciudad. El bombardeo desencadenó un éxodo masivo de la población romana y provocó el estallido de la crisis política. Durante el ataque, Mussolini se encontraba en Verona con Hitler decidiendo las medidas que había que tomar frente a la invasión aliada. Cuando regresó a Roma tuvo que hacer frente a la petición de una reunión del Gran Consejo Fascista para analizar la crisis del Ejército italiano. Tras un duro debate, el Consejo retiró su confianza a Mussolini. El 25 de julio, el rey Víctor Manuel III solicitó su dimisión y lo puso bajo arresto militar. Además, le encargó al mariscal Pietro Badoglio la formación de un nuevo gobierno, cuyas primeras medidas fueron decretar la completa abolición de las organizaciones fascistas en Italia.
La caída de Mussolini provocó la celebración de clamorosas manifestaciones pacíficas en todo el país. Mientras tanto, los aliados continuaban su avance en Sicilia. Churchill instó a Italia a elegir entre romper su alianza con Alemania o sufrir las consecuencias de un agravamiento del conflicto. El general Dwight D. Eisenhower, comandante en jefe de las fuerzas aliadas, prometió al pueblo italiano una paz honrosa si los italianos retiraban su ayuda a los alemanes. A mediados de agosto, cuando los aliados iniciaron la invasión de la península italiana, un representante del primer ministro Badoglio llegó a Lisboa con la oferta de unirse a los aliados contra Alemania. Oficiales estadounidenses y británicos negociaron con el emisario italiano, partiendo de la base de la rendición incondicional de Italia. El 3 de septiembre, día en que comenzó la invasión del sur de Italia, se firmó el armisticio.
El anuncio del armisticio desencadenó una trepidante carrera entre aliados y alemanes para hacerse con los territorios, bases, armas, suministros, comunicaciones y demás material anteriormente bajo control italiano. Una gran fuerza anfibia británico-estadounidense desembarcó en las playas de Salerno, al sur de Nápoles, para dirigirse al interior y cercar las unidades alemanas que estaban en la vanguardia del Ejército británico. Sin embargo, los alemanes refrenaron el avance de las tropas aliadas hasta que las unidades alemanas del sur de Italia se retiraron. Además, tomaron las ciudades y puntos estratégicos del centro y norte del país, desarmaron a las tropas italianas y rodearon a miles de supuestos enemigos. El 10 de septiembre ocuparon Roma, de donde dos días antes habían huido el rey Víctor Manuel III y Badoglio. Los aliados fueron más afortunados en la carrera por el control de la flota italiana. En respuesta a un mensaje del comandante de marina aliado en el Mediterráneo, todos los barcos de guerra italianos útiles abandonaron sus bases en La Spezia y otros puertos italianos para rendirse a los aliados, según los términos del armisticio firmado por Italia. Los alemanes conservaron la ayuda de los profascistas italianos gracias al anuncio, en septiembre, de la proclamación de la República Social Italiana, regida por Mussolini en oposición al gobierno de Badoglio. El dictador italiano había sido liberado de su prisión por tropas paracaidistas alemanas, por lo que no pudo hacerse efectiva la promesa de Badoglio de entregar Mussolini a los aliados.
Según las peticiones de los aliados y del pueblo italiano, el 13 de octubre, Badoglio hizo pública la declaración de guerra por parte de Italia a Alemania y reorganizó su gobierno de forma más democrática. Para llevar a cabo su pretensión de contar para su gabinete con los líderes de varios grupos políticos antialemanes, inició una serie de consultas con los dirigentes de seis partidos políticos disueltos por Mussolini que habían formado el Comité de Liberación Nacional. Sin embargo, dichas formaciones manifestaron que sólo consentirían en formar un gobierno representativo si el rey abdicaba. Víctor Manuel se negó y Badoglio renunció a tomar parte en cualquier acto tendente a su expulsión. Como solución temporal, organizó el llamado 'gobierno técnico de expertos' no pertenecientes a partidos políticos cuyo objetivo era dotar al país de un gobierno. En noviembre el Comité de Liberación Nacional votó en contra del primer ministro y pidió la abdicación del rey.
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