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Cábala (en hebreo, ‘tradición recibida’), término que, en su sentido genérico, designa al misticismo judío en todas sus variantes. En sentido específico, se utiliza para nombrar a cada una de las dos escuelas cabalísticas: la alemana (centrada en la oración y meditación) y la hispana, que derivó hacia la especulación y la teosofía esotérica y que cristalizó en el siglo XIII en la península Ibérica y Provenza alrededor del Sefer ha-zohar (Libro del Esplendor), conocido como el Zohar, y de donde derivan todos los movimientos religiosos posteriores en el judaísmo. La forma más antigua conocida del misticismo judío data de los primeros siglos y es una variante del misticismo helenístico astral de la era cristiana, en el cual, el adepto, a través de la meditación y la utilización de fórmulas mágicas, viajaba en éxtasis, a través y por encima de las siete esferas astrales. En la versión judía, el adepto busca una versión extática del trono de Dios, el carro (merkava) conducido por Ezequiel (Ez.,1).
La cábala hispanojudía medieval, la forma más importante del misticismo judío, está menos relacionada con la experiencia extática que con el conocimiento esotérico de la naturaleza del mundo divino y sus recónditas conexiones con el Universo. La cábala medieval es un sistema teosófico que se basa en el neoplatonismo y el gnosticismo y se expresa a través de un lenguaje simbólico. El sistema se articula de una manera más amplia en el Zohar, escrito entre los años 1280 y 1286 por el cabalista español Moisés de León, pero atribuido en el siglo II al rabí Shimon bar Yojai. El Zohar representa a la divinidad como un dinámico flujo de fuerza compuesto por numerosos aspectos. Más allá, y por encima de toda contemplación humana, está Dios como Él es en sí mismo, lo incognoscible y lo inmutable Ein Sof (infinito). Otros aspectos o atributos, conocidos, a través de la relación de Dios con el mundo creado, son las emanaciones del Ein Sof en una configuración de diez sefirot (reinos o planos), a través de los cuales el poder divino se irradia más allá para crear el cosmos. La teosofía zohárica se concentra en la naturaleza e interacción de los diez sefirot como símbolos de vida interna y procesos de la naturaleza divina. Debido a que los sefirot son también arquetipos de todo lo creado, el entendimiento de sus acciones puede iluminar las obras internas del cosmos y de la historia. El Zohar, por esta razón, da una interpretación cósmica y simbólica del judaísmo y de la historia de Israel en la cual la Torá y los mandamientos, al igual que la vida de Israel en el exilio, se convierten en símbolos de los sucesos y procesos de la vida interna de Dios. Así interpretados, hasta la observancia de los mandamientos asume un significado cósmico.
Este aspecto cósmico del Zohar se desarrolló de forma dramática y con graves consecuencias en la cábala luriánica del siglo XVI (denominada así por su fundador, Isaac ben Solomon Luria). El sistema luriánico surgió como respuesta a la experiencia sufrida por los judíos expulsados de la península Ibérica en 1492 y proyecta esta experiencia al mundo divino. Según este sistema, el Ein Sof se ensimisma (tzimtzum) al principio de la creación, dejando espacio para el mundo, pero también para el mal. Una catástrofe cósmica ocurre cuando las emanaciones de la luz divina estallan y las chispas quedan prisioneras en el mundo como fragmentos del mal (kelipot). La tarea humana, a través de la oración y el cumplimiento de los mandamientos, se convierte en nada menos que la redención (tiqun) del mundo y la reunificación con la esencia de Dios. La cábala se convirtió así en un movimiento popular mesiánico, que más tarde desembocó en el mesianismo sabático y, en el siglo XVIII, en el hasidismo polaco.
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