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Literatura inglesaArtículo de la enciclopedia
Esquema
Introducción; Inglés antiguo o era anglosajona; El periodo inglés medio; El renacimiento; La restauración y el siglo XVIII; Romanticismo; La era victoriana; La literatura del siglo XX
La poesía de John Dryden posee una grandeza, una fuerza y un tono que fueron muy bien recibidos por los lectores, que todavía tenían cosas en común con los isabelinos. Al mismo tiempo, marcó el tono de la nueva época al conseguir una nueva claridad y establecer una limitación de moderación y buen gusto. Su reputación se apoya básicamente en la sátira, una forma que se convirtió en la dominante de la época. Absalón y Ajitófel (1681-1682) es una de las mejores. Sin embargo, la mayor parte de la obra de Dryden fue para el teatro. Sus tragedias heroicas, como La conquista de Granada (1670), sacrificaban la realidad y la consistencia de los hechos y personajes en favor de argumentos extravagantes presentados con un estilo sobrecargado. Algo que no ocurre con Thomas Otway, cuya obra Venecia preservada (1682), alcanza elevadas cimas de ternura y sensibilidad. Superior a la tragedia, la comedia de la época se inspira directamente en Ben Jonson, aunque resulta más refinada, si bien con menos fuerza. Critica la ambición de la clase media y las normas sociales con un tono que roza la amoralidad. La reacción contra este tipo de comedias, conocidas como comedias de costumbres, ya se había empezado a producir en el momento en que su mayor exponente, William Congreve, obtenía un gran éxito con Amor por amor (1695). Al igual que ocurrió con su poesía, la prosa de Dryden sirvió de modelo del género en su época. Aunque de naturaleza diferente, fue notable también la prosa de otras dos importantes figuras del momento, Samuel Pepys y John Bunyan. Pepys escribió un diario que constituye un valioso documento sobre la vida del periodo. Bunyan, por su parte, escribió El peregrino (1678), una narración alegórica sobre los seres humanos y las verdades fundamentales de la vida, la muerte y la religión.
En la época de Alexander Pope (que se sitúa entre el fallecimiento de Dryden, en 1700, y su propia muerte, en 1744), el espíritu clásico de la literatura inglesa alcanzó su punto de máximo esplendor. Más que ningún otro poeta inglés, Pope se sometió a la exigencia de que la fuerza expresiva del genio poético sólo se podía manifestar del modo más razonable, lúcido y equilibrado del que fuera capaz la razón humana. Pope no posee la majestuosidad de Dryden, pero su facilidad, armonía y gracia son impresionantes. Su fama también se basa en sus sátiras, pero con frecuencia se inclina al didactismo, como ocurre en su Ensayo sobre la crítica (1711). Otro gran satírico, pero esta vez en prosa, fue Jonathan Swift, cuya percepción profunda y desesperada de las estupideces y las maldades propias de la naturaleza humana contrasta con la crítica social de sus contemporáneos. En Una modesta proposición (1729) alcanza elevadas cimas de terrible ironía. Los viajes de Gulliver (1726) es su obra más conocida, y en ella hace gala nuevamente de una lucidez y de un dominio de la escritura más que notables.
La época de Samuel Johnson, desde 1774 hasta aproximadamente 1784, representa un tiempo de cambios en los ideales literarios. El clasicismo y el conservadurismo literario asociados con Johnson constituyen una reacción frente al culto a los sentimientos que anuncian los precursores del romanticismo. Aunque su poesía es heredera de las tradiciones y formas de Pope, Johnson es más conocido como prosista, conversador extraordinariamente dotado y árbitro literario de la vida cultural urbana de su época, como queda en claro gracias a una de las más famosas biografías inglesas, Vida de Samuel Johnson (1791), de James Boswell. Johnson salió de la pobreza merced a honradas tareas literarias, como su Diccionario de la lengua inglesa (1755), que fue la primera obra de su estilo en la que se realizaba una labor recopilatoria de acuerdo con las normas lexicográficas modernas. También colaboró asiduamente en los periódicos. Su relato filosófico, Rasselas (1759), recuerda a Swift (y a su contemporáneo francés Voltaire), en su percepción de la vanidad de los deseos humanos. Pero a pesar del pesimismo que le caracteriza, su independencia e integridad intelectual lo sitúan entre los grandes escritores de la época. El amigo de Johnson, Oliver Goldsmith, realizó una mezcla curiosa entre lo viejo y lo nuevo. Su novela El vicario de Wakefield (1766) comienza con un humor seco, pero pronto pasa a ser un relato lleno de lamentaciones. En su poesía y teatro, Goldsmith mostró simpatía por las clases más bajas de la sociedad. William Cowper y Thomas Gray cultivaron una sensibilidad reflexiva y una melancolía desconocidas en las generaciones previas. William Blake realizó una obra importantísima que consiste, por una parte, en canciones líricas casi infantiles (Cantos de inocencia, 1789), y por otra en oscuros poemas donde expone una nueva visión mitológica de la vida (El libro de Thel, 1789). Toda la poesía de Blake expresa la negación del ideal de la razón (a la que consideraba destructora de la vida), y defiende la fuerza de los sentimientos, pero de un modo más vital que cualquiera de los otros prerrománticos mencionados. La novela, sobre todo la novela sentimental, se convierte en un género popular en este periodo. Entre los autores que cultivan este género se encuentra Samuel Richardson, un defensor de los sentimientos sencillos e inocentes. Su novela Clarissa (1747-1748) narra, por medio de cartas que intercambian los personajes, la adversidad a la que se enfrenta una joven inocente destruida por el hombre al que ama. Henry Fielding muestra su relación con el espíritu satírico de autores anteriores y la influencia que ejerció sobre él la lectura de Cervantes, en su novela Joseph Andrews (1742), que parodia otra novela de la virtud asediada, Pamela (1740), de su contemporáneo Richardson. La gran novela de Fielding, Tom Jones (1749), revela un espíritu vigoroso y saludable; es una comedia en la que la fuerza bienintencionada prevalece sobre la hipocresía. Tobias Smollet escribió bastantes novelas de aventuras picarescas. De Laurence Sterne, otro gran novelista inglés de la época, es La vida y opiniones de Tristram Shandy (1759-1767).
La época romántica inglesa, que se extiende de 1789 a 1837, privilegió la emoción sobre la razón. El culto a la naturaleza, tal y como se entiende en la actualidad, también caracterizó la literatura romántica, así como la primacía de la voluntad individual sobre las normas sociales de conducta, la preferencia por la ilusión de la experiencia inmediata en cuanto opuesta a la experiencia generalizada, y el interés por lo que estaba lejos en el espacio y el tiempo. La primera manifestación importante del romanticismo fueron las Baladas líricas (1798) de William Wordsworth y Samuel Taylor Coleridge, dos jóvenes que se vieron impulsados a la actividad creadora por la Revolución Francesa, algunos de cuyos ideales fueron la afirmación de la libertad, el espíritu y la unidad sincera de la raza humana. Los poemas de Wordsworth de esta obra abordan temas comunes con una frescura absolutamente nueva. Por otra parte, la principal contribución de Coleridge, el poema “Cantar del viejo marino”, consigue crear con maestría una ilusión de la realidad relatando acontecimientos extraños, exóticos y, evidentemente, irreales. Para Wordsworth el gran argumento siguió siendo el mundo de las cosas simples y naturales, en el campo o entre la gente. Reprodujo la realidad con una mirada que le añadía una grandeza no percibida con anterioridad. Su representación de la naturaleza humana es sencilla pero al mismo tiempo reveladora. En “La abadía de Tintern” o en “Oda sobre los atisbos de inmortalidad”, alcanza momentos sumamente elevados cuando habla de la relación amistosa entre la naturaleza y el alma humana. Su estilo supone un rechazo del inmediato pasado poético, pues condenaba la idea de un lenguaje específicamente poético. Coleridge, al contrario que Wordsworth, escribió pocos poemas, y sólo durante un periodo de tiempo muy breve. En “Kubla Khan”, la belleza y horror de lo lejano se evocan en un estilo que remite al esplendor y extravagancia del de los isabelinos. Otro poeta que encontró inspiración en lo lejano fue Walter Scott quien, después de realizar una labor de recopilación de antiguas baladas de su Escocia natal, escribió una serie de poemas narrativos en los que glorificaba las virtudes de la sencilla y vigorosa vida de su país en la edad media, aunque con un estilo que carecía de originalidad. Gracias a ellos fue reconocido por sus contemporáneos mucho antes de que las grandes figuras de Wordsworth y Coleridge quedaran consagradas. Posteriormente escribiría novelas históricas que le valieron su reputación de escritor en prosa. Los poetas románticos de la segunda generación fueron revolucionarios hasta el final de su carrera, a diferencia de los tres anteriores, que cuando llegaron a una edad madura renunciaron a sus ideales de juventud. Lord Byron es uno de los ejemplos de una personalidad en lucha trágica contra la sociedad. Tanto en su inquieta vida, como en poemas como Las peregrinaciones de Childe Harold (1812) o Don Juan (1819) reveló un espíritu satírico y un realismo social que lo sitúan aparte de los demás poetas románticos. El otro gran poeta revolucionario de la época, Percy Bysshe Shelley, es autor de una poesía más profunda. En ella expresaba sus dos ideas principales: que el enemigo era la tiranía de gobernantes, las costumbres y las supersticiones, y que la bondad inherente del ser humano eliminaría, antes o después, el mal del mundo y lo elevaría al reino eterno del amor trascendental. Tal vez sea en Prometeo liberado (1820) donde expresa de un modo más completo esas ideas, aunque las cualidades poéticas más evidentes de Shelley (la correspondencia natural entre la estructura métrica y el estado de ánimo del autor, la capacidad para dar forma a abstracciones efectivas, y su idealismo etéreo) se pueden encontrar en la mayoría de sus poemas, como “Oda al viento del oeste”, “A una alondra” y “Adonais”, este último escrito en honor de John Keats, el más joven de los grandes románticos. La poesía de Keats es, por encima de la de los demás románticos, una respuesta a las impresiones sensoriales desprovista de toda filosofía moral o social. Pero en “La víspera de santa Inés”, “Oda a una urna griega” y “Oda a un ruiseñor”, todos ellos escritos en torno a 1819, hizo gala de una lucidez sin igual con respecto a las sensaciones inmediatas y de una habilidad incomparable para reproducirlas. Parte de la prosa romántica va en paralelo con la poesía del mismo periodo. La Biografía literaria (1817) de Coleridge supuso un logro fundamental en la exposición de los nuevos principios literarios. Al igual que Charles Lamb y William Hazlitt, Coleridge escribió crítica literaria que ayudó a elevar el valor en que se tenía la obra de los poetas y dramaturgos del renacimiento, que habían estado infravalorados en el siglo XVIII. Un autor fundamental de la prosa romántica es Thomas de Quincey. Con su fantasmagórica y apasionada autobiografía Confesiones de un comedor de opio inglés (1821) consiguió una gran calidad poética.
La era victoriana, desde la coronación de la reina Victoria, en 1837, hasta su muerte, en 1901, fue una época de transformaciones sociales que obligaron a los escritores a tomar posiciones acerca de las cuestiones más inmediatas. Así, aunque las formas de expresión románticas continuaron dominando la literatura inglesa durante casi todo el siglo, la atención de muchos escritores se dirigió, a veces apasionadamente, a cuestiones como el desarrollo de la democracia inglesa, la educación de las masas, el progreso industrial y la filosofía materialista que éste trajo consigo, y la situación de la clase trabajadora. Por otra parte, el cuestionamiento de determinadas creencias religiosas que llevaban aparejados los nuevos avances científicos, particularmente la teoría de la evolución y el estudio histórico de la Biblia, incitaron a algunos escritores a abandonar asuntos tradicionalmente literarios y a reflexionar sobre cuestiones de fe y verdad. Los tres poetas más sobresalientes de la era victoriana se ocuparon de cuestiones sociales. Aunque empezó dentro del más puro romanticismo, Alfred Tennyson pronto se interesó por problemas religiosos como el de la fe, el cambio social y el poder político; ejemplo de ello es su elegía In memoriam (1850). Su estilo, así como su conservadurismo típicamente inglés, contrastan con el intelectualismo de Robert Browning. El tercero de estos poetas victorianos, Matthew Arnold, se mantiene aparte de los anteriores porque es un pensador más sutil y equilibrado. Su labor como crítico literario es muy importante y su poesía expone un pesimismo contrarrestado por un fuerte sentido del deber, como ocurre en su poema “Playa de Dover” (1867). Algernon Charles Swinburne se orientó hacia el escapismo esteticista con versos muy musicales pero pálidos en la expresión de emociones. Dante Gabriel Rossetti, y el también poeta y reformador social William Morris, se asocian con el movimiento prerrafaelista, que intenta aplicar a la poesía la reforma que ya se había introducido en la pintura. La novela se convirtió en la forma literaria dominante durante la época victoriana. El realismo, es decir, la observación aguda de los problemas individuales y las relaciones sociales, fue la tendencia que se impuso, como se puede comprobar en las novelas de Jane Austen, como Orgullo y prejuicio (1813). Las novelas históricas de Walter Scott, de la misma época, como Ivanhoe (1820), tipifican, sin embargo, el espíritu contra el que reaccionaban los realistas. Pero el nuevo espíritu lo dejaron bien a la vista Charles Dickens y William Makepeace Thackeray. Las novelas de Dickens sobre la vida contemporánea, como Oliver Twist (1837) o David Copperfield (1849), demuestran una asombrosa habilidad para recrear personajes increíblemente vivos. Sus retratos de los males sociales y su capacidad para la caricatura y el humor le proporcionaron innumerables lectores y el reconocimiento de la crítica como uno de los grandes novelistas de todos los tiempos. Thackeray, por otro lado, pecó menos de sentimentalismo que Dickens y fue capaz de una gran sutileza en la caracterización, como demuestra en La feria de las vanidades (1847-1948). Otras notables figuras de la novela victoriana fueron Anthony Trollope y las hermanas Brontë. Emily escribió una de las más grandes novelas de todos los tiempos, Cumbres borrascosas (1847), mientras sus hermanas Charlotte y Anne también escribieron obras memorables. George Eliot es otra destacadísima novelista de la literatura universal, así como George Meredith y Thomas Hardy. Una segunda generación de novelistas más jóvenes, muchos de los cuales continuaron su obra en el siglo XX, desarrollaron nuevas tendencias. Robert Louis Stevenson, Rudyard Kipling y Joseph Conrad intentaron devolver el espíritu de aventura a la novela, y alcanzaron algunas de las grandes cimas de la narrativa inglesa. Una intensificación del realismo se produjo con Arnold Bennett, John Galsworthy y H. G. Wells. El mismo espíritu de crítica social inspiró las obras de teatro del irlandés George Bernard Shaw, que hizo más que ningún otro por despertar al teatro de la somnolencia en la que había estado durante el siglo XIX. En una serie de poderosas obras, claramente influenciadas por las últimas teorías sociológicas y económicas, expuso, con enorme habilidad técnica, la estupidez de los individuos y de las estructuras sociales de Inglaterra y del resto del mundo moderno.
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