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Resultados en Windows Live® Arte y arquitectura de Estados UnidosArtículo de la enciclopedia
Esquema
Introducción; La época colonial; El siglo XVIII; La nueva nación: 1776-1865; De la Guerra Civil al Armory Show (1865-1913); Últimos pintores del siglo XIX; Arte y arquitectura contemporáneas
Arte y arquitectura de Estados Unidos, conjunto de manifestaciones artísticas y arquitectónicas herederas de la tradición cultural europea desarrolladas en Estados Unidos por los primeros colonos y sus sucesores desde principios del siglo XVII hasta la actualidad. Como nueva nación, Estados Unidos experimentó una profunda influencia de los estilos artísticos y arquitectónicos que habían florecido en Europa. En el transcurso del siglo XIX, no obstante, el país desarrolló unos rasgos distintivos alejados de los modelos europeos. Más tarde, a finales del siglo XIX en arquitectura y a mediados del siglo XX en pintura y escultura, los maestros y escuelas artísticas estadounidenses iban a ejercer una decisiva influencia sobre el arte y la arquitectura mundiales. Este periodo coincide con la creciente supremacía económica y política en el ámbito internacional y pone de manifiesto la prosperidad del país. Debido a la gran extensión geográfica del país, dentro de una línea básica de evolución artística se generaron diferencias estilísticas. Las regiones colonizadas por los diferentes países europeos reflejan una temprana herencia colonial en sus formas artísticas, sobre todo en arquitectura, aunque en menor medida desde mediados del siglo XIX. Las variaciones climatológicas también determinan distinciones regionales en las tradiciones arquitectónicas. Además, existen diferencias entre el arte urbano y el rural dentro de las distintas regiones: debido a su aislamiento, los artistas rurales se mantuvieron apartados de la influencia de las principales corrientes artísticas y desarrollaron modos de expresión individuales, imaginativos y directos, al margen de las convenciones formales establecidas. Este tipo de arte se engloba en la tradición del arte popular o arte naïf. Las artes decorativas, en especial la metalistería y el mobiliario, también son una importante forma de expresión artística durante el periodo colonial. La orfebrería, en el siglo XVII, y el mobiliario, en el siglo XVIII, fueron quizá las formas artísticas estadounidenses más significativas y encarnaron las tradiciones más vivas y sofisticadas.
El arte y la arquitectura de las colonias angloamericanas revelan las diversas tradiciones nacionales de los colonizadores europeos, aunque adaptadas a los peligros y duras condiciones de un vasto territorio indómito. Las influencias españolas prevalecen en el oeste, mientras que los estilos ingleses, mezclados con los franceses y alemanes, predominan en el este. En los siglos XVII y XVIII, los colonizadores españoles del actual suroeste estadounidense se encontraron con una tradición constructiva autóctona, en la que el principal material era el adobe, utilizado en combinación con otros materiales adecuados al clima de la región. Las iglesias coloniales españolas en Arizona y Nuevo México, y la cadena de misiones desde San Diego a San Francisco, en California, muestran una fusión en el campo de la arquitectura y el diseño entre las tradiciones indígenas americanas y las tradiciones cristianas. En Nuevo México, los indios pueblo aplicaron su tradición del adobe al estilo colonial para crear de este modo la más notable y genuina forma de la primera arquitectura de una región que se convertiría en parte de Estados Unidos. En otras áreas, los estilos autóctonos no iban a ejercer una influencia duradera en el arte y la arquitectura coloniales. La historia de la arquitectura en el resto de Estados Unidos corre paralela al desarrollo de la europea, particularmente de la inglesa, cuyos estilos fueron adoptados en Estados Unidos después de cierto tiempo. Del mismo modo que la arquitectura, la pintura colonial del siglo XVII recuerda los estilos ingleses que se habían implantado en las áreas rurales ocupadas por los colonos al menos un siglo antes. Las primeras pinturas, todas retratos, se realizaron en Nueva Inglaterra y datan de la década de 1660, una generación posterior a la fundación de la colonia. La pintura y la decoración religiosas se desarrollaron en el suroeste durante este siglo. En la costa este, las únicas manifestaciones escultóricas que se conservan de este periodo surgieron subordinadas a las artes decorativas, como la ebanistería y la metalistería en hierro y plata.
A comienzos del siglo XVIII, las colonias empezaron a adquirir un carácter más definido; a medida que se iban superando las dificultades y se incrementaban el comercio y la producción, comenzaron a surgir prósperas ciudades. Algunas recién fundadas, como Williamsburg, en Virginia, Annapolis, en Maryland, y especialmente Filadelfia, en Pennsylvania, se planificaron siguiendo proyectos regulares y geométricos, trazados a cordel, con calles que se cruzan en ángulo recto y plazas públicas. En contraste, las ciudades fundadas en el siglo XVII, como es el caso de Boston, no siguieron un planeamiento preconcebido y racional, legando a nuestros días ese trazado caótico. Los arquitectos empezaron a imitar los estilos en boga en Europa, siguiendo las corrientes inglesas contemporáneas en los edificios más ambiciosos. Las casas de campo construidas hacia mediados de siglo adoptaron un estilo inspirado en el arquitecto italiano del renacimiento Andrea Palladio que gozaba de gran éxito en Gran Bretaña; suelen ser edificios de dos o tres plantas dominadas por un pórtico central, con las principales dependencias en el segundo piso. A su vez, los edificios públicos también se hicieron eco del palladianismo inglés, como es el caso del hospital de Pennsylvania (comenzado en 1754) en Filadelfia. La escuela de pintura más activa fue la del valle del río Hudson, donde los terratenientes o patronos demandaban retratos para sus casas señoriales de estilo germánico. En esta zona, artistas de segundo orden produjeron obras relativamente convencionales, con poco dominio del modelado. Las composiciones, y los fondos estaban basados en los grabados ingleses. Conforme el siglo avanzaba, llegaban a las colonias artistas con un mayor bagaje técnico, como John Smibert o el famoso retratista Godfrey Kneller, entre otros. En torno a 1750, el ritmo de la actividad artística había mejorado considerablemente, con un mayor número de artistas que en épocas anteriores. El principal sucesor de Smibert en Nueva Inglaterra llegó de la mano del talento retratístico del nativo Robert Feke, cuyo elevado sentido de la línea y de la composición se distanciaba de las voluminosas maneras de Smibert. Benjamin West y John Singleton Copley, los dos principales artistas de renombre internacional, alcanzaron la fama poco después de mediados del siglo. Formado en Filadelfia, West marchó a Italia a fines de 1759, y, más tarde, a Inglaterra, donde llegó a convertirse en uno de los máximos exponentes del neoclasicismo inglés y en presidente de la Royal Academy of Arts de Londres. A su estudio en esta ciudad acudió toda una generación de estudiantes estadounidenses de arte, entre ellos el retratista Gilbert Stuart. Copley condujo el retratismo colonial a nuevos niveles de realismo y profundidad psicológica; sus obras maestras, realizadas en las colonias, reflejan una gran maestría en la reproducción de la luz y las texturas. Su trabajo durante la década anterior a su marcha a Inglaterra en 1774 representa la cumbre del periodo colonial.
Los conflictos sociales y económicos que trajo consigo la guerra de la Independencia supusieron una interrupción en la actividad constructora. La pintura también languideció. Los encargos del Congreso Continental recayeron en Charles Willson Peale, creador de los primeros retratos monumentales de George Washington. Entre 1785 y 1810 se produjo un resurgimiento en el arte y la arquitectura y nació un nuevo estilo nacional. En la década de 1790 la prosperidad de ciudades como Boston y Salem, en Massachusetts, Nueva York, Baltimore, en Maryland, y Savannah, en Georgia, desencadenó una importante actividad constructora en un distintivo estilo federal, que expresaba la aceptación del neoclasicismo del arquitecto británico Robert Adam. Las amplias superficies lisas, las sencillas columnas, los refinados detalles clásicos característicos del estilo federal tienen su máxima representación en las viviendas decoradas con estuco de Savannah, así como en la casa Richardson-Owens-Thomas (1817-1819). Los dirigentes de la nación asociaban a la joven república con las grandes repúblicas del mundo antiguo. Thomas Jefferson defendió la introducción del estilo neoclásico más avanzado en las colonias, como puede observarse en el diseño de su residencia, Monticello (1770-1775). También determinó que el Capitolio del nuevo Estado en Richmond, Virginia, se inspirara en las formas de la Maison Carré de Nimes. El neoclasicismo, basado en primer lugar en los prototipos romanos y en segundo lugar en el estilo formulado por Adam y el arquitecto inglés John Soane, se convirtió en el estilo oficial de la reciente nación, e inundó la nueva ciudad de Washington. Benjamin Latrobe, nacido y formado en Inglaterra, realizó los edificios neoclásicos más brillantes de Estados Unidos, como por ejemplo la catedral de Baltimore (1806-1818). El neogriego sucedió al neoclásico, reflejo del gusto por las formas más pesadas del último estilo regencia en Gran Bretaña. Entre los años 1820 y 1850, el neogriego se convirtió en lo que podríamos denominar el estilo nacional. La forma del templo griego, con su escalinata o podio y columnas, fue utilizada en la arquitectura pública y doméstica, como se refleja en las casas de las plantaciones del sur. En torno a 1850, una amplia gama de revivals románticos estaba también en boga, como es el caso del neogótico. La crisis financiera de 1857 y los disturbios de la Guerra Civil estadounidense supusieron el final de esta fase de la arquitectura. La prosperidad que siguió a la guerra de la Independencia supuso un florecimiento del género del retrato por parte de artistas populares y de otros de segunda fila en Nueva Inglaterra, encabezados por Ralph Earl. Figuras destacadas que regresaron de Inglaterra tras la guerra, se habían formado con Benjamin West en la escuela neoclásica de pintura. Gilbert Stuart fue el más brillante retratista de la generación de posguerra. Entre sus obras más célebres está la imagen del presidente George Washington (1796, Museo de Bellas Artes, Boston). John Trumbull se convirtió en el primer pintor de la historia de la nación; inmortalizó los grandes momentos de la guerra en una serie de pinturas entre las que destacan Declaración de Independencia (1794) y La batalla de Bunker Hill (1789, Galería de Arte de la Universidad de Yale, New Haven, Connecticut). Un destacado pintor romántico estadounidense fue Washington Allston, quien regresó de Inglaterra en 1808 y realizó pinturas de tema histórico y paisajes de gran fuerza imaginativa. Hasta 1840 al menos, la pintura continuó dominada por el retratismo romántico. Thomas Sully creó imágenes idealizadas con un rico colorido, de fuertes contrastes, al modo del retratista inglés Thomas Lawrence. Otro prominente retratista romántico fue Samuel Finley Breese Morse, quizá el artista de mayor talento de su generación hasta que decidió dedicarse al desarrollo de la telegrafía eléctrica que lleva su nombre. En la pintura de género destacan los nombres de William Sidney Mount, quien plasmó la vida cotidiana de los granjeros de Long Island en pinturas como Negociando la venta de un caballo (1835, Historical Society, Nueva York) y George Caleb Bingham, que pintó escenas de la vida de los traficantes de pieles y de los balseros del río Mississippi. La pintura de paisajes emergió en torno a 1835 como el género más fuerte y original del arte estadounidense y permaneció durante gran parte del siglo XIX. El fundador de la denominada Escuela del río Hudson fue Thomas Cole, que hacia 1823 comenzó a pintar dramáticos paisajes románticos, alejándose del estilo clásico dominante basado en la tradición del siglo XVII del paisajista francés Claudio de Lorena. Su contribución se distingue por la visión personal que ofreció de la reverencial majestad del desierto estadounidense. Los pintores de la segunda generación de la Escuela del río Hudson trabajaron entre 1850 y 1870 y proporcionaron a sus paisajes el tono del realismo de mediados de siglo. La figura que encabeza esta generación es Frederick Edwin Church, con obras como Las cataratas del Niágara (1857, Galería Corcoran, Washington) y El corazón de los Andes (1859, Museo Metropolitano de Arte, Nueva York). Sus inmensos lienzos gozaron de la aclamación del público y la crítica. El pintor formado en Alemania Albert Bierstadt tuvo un éxito similar con enormes pinturas teatrales de las montañas Rocosas. La pintura de tema histórico fue también importante entre 1845 y 1860; utilizaba temas inspirados en la guerra de la Independencia, como ejemplifica el colosal Washington cruzando el Delaware (1848, Museo Metropolitano de Arte, Nueva York), de Emanuel Leutze. La escultura estadounidense en un sentido estricto surgió con la obra de William Rush, quien, en la segunda mitad del siglo XVIII, dejó de tallar mascarones de proa de barcos para crear la primera escultura monumental estadounidense, Comedia y tragedia (1808, casa de Edwin Forrest, Filadelfia). Aunque Rush tallaba sus figuras neoclásicas en madera, el medio preferido hasta 1865 fue el mármol blanco, a su vez favorecido por la idealizada arquitectura neogriega de la joven república. Hiram Powers se forjó una buena reputación con La esclava griega (1843, Galería Corcoran), que se convirtió en la escultura estadounidense en mármol más admirada. Esta primera generación de escultores realizó severas esculturas de figuras griegas idealizadas con el mismo espíritu neoclásico del italiano Antonio Canova y del danés Bertel Thorvaldsen.
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