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Batalla de Lepanto, combate naval librado el 7 de octubre de 1571, en las aguas del golfo de Lepanto, entre las respectivas flotas del Imperio otomano y de una coalición de fuerzas cristianas aglutinadas en la denominada Liga Santa. Tras firmar con Francia la Paz de Cateau-Cambrésis en 1559, el soberano español Felipe II orientó su política internacional a la liquidación del conflicto que la Monarquía Hispánica mantenía con el Imperio otomano por el control del mar Mediterráneo. La batalla de Lepanto fue el eslabón más decisivo y brillante de una serie de acciones que tuvieron lugar a partir de 1560.
La imagen del mar Mediterráneo en el siglo XVI es la de dos mundos que dominan de manera contrapuesta un espacio común, con un clima, una constitución geográfica y una estructura económica y social similares e integradas por el gran mar que es su lugar de referencia. Estos mundos aparecen supuestamente irreconciliables por la fuerza de la religión; el cristianismo y el islam llevaron a ese ámbito su particular guerra santa: la cruzada y el yihad. La monarquía de Felipe II supo hacer de la causa religiosa y de la oposición a los otomanos el lazo de unión más popular entre los pueblos de España y los del sur de Italia. Además, la tradición de la lucha contra el infiel daba razón suficiente para la entrada en el conflicto a los poderosos Estados Pontificios. Al margen de todo ello, la defensa del Mediterráneo era en esos años vital para España, ya que las incursiones de los barcos otomanos y de los corsarios berberiscos ponían en peligro la comunicación militar con las posesiones italianas y la llegada a los puertos levantinos del trigo de Sicilia. En los primeros años, la supremacía islámica parecía incuestionable. El desastre de Yerba (1560) supuso, no solamente el paso de la isla a los otomanos, sino la pérdida de casi la mitad de las galeras de la flota española en ese mar. Pero en 1563, el conde de Alcaudete logró contener a los musulmanes frente a Orán, y en 1565, la escuadra del sultán Solimán I el Magnífico era derrotada en Malta. En este clima se fraguó un endurecimiento de la lucha, que tuvo su primer episodio en el interior de la península Ibérica. En 1566 expiró la tregua otorgada por Carlos I (el emperador Carlos V) a los moriscos granadinos, mediante la cual se les había permitido vivir según sus antiguas costumbres. Felipe II se negó a seguir manteniendo un espíritu de tolerancia, y la rebelión se generalizó en todas las Alpujarras. En 1570, don Juan de Austria impuso el orden por la fuerza; los moriscos de Granada fueron expulsados de su tierra y distribuidos por toda Castilla. La victoria interior contrarrestaba el empuje turco en los dos frentes mediterráneos: en enero de ese mismo año, el virrey de Argel había destronado al emir de Túnez, aliado de España; en marzo, el sultán Selim II dirigió un ultimátum a la república de Venecia y desembarcó en Chipre.
El 25 de mayo de 1571, España firmó con el papa Pío V y Venecia las capitulaciones de la Liga Santa, que iba dirigida a la guerra total. El acuerdo comprometía a Felipe II a contribuir con la mitad de los hombres y el dinero, a Roma con 1/6 y a Venecia con 2/6. La armada cristiana, al mando de don Juan de Austria, zarpó de Mesina el 16 de septiembre de 1571, compuesta por cerca de 280 naves y 30.000 hombres. Durante los primeros días del mes de octubre avistó a la flota otomana, algo superior en número de navíos, en el golfo de Lepanto; Álvaro de Bazán, primer marqués de Santa Cruz, y Alejandro Farnesio convencieron a don Juan para iniciar un ataque inmediato. El comandante turco, Alí Bajá, planteó una estrategia envolvente para empujar a los navíos aliados hacía el interior del golfo, pero la fortaleza de las naos cristianas, que combatieron en el centro de la formación, y la eficacia de un mejor armamento, junto con la adecuada estrategia de sus capitanes, determinaron la victoria de la Liga Santa. La batalla duró cinco horas y en ella murieron, aproximadamente, 35.000 hombres. La noticia del triunfo cristiano se identificó en la conciencia de los europeos con la quiebra definitiva de la invulnerabilidad del Imperio otomano. España, Venecia y el Papado no sacaron grandes ventajas materiales de él y, pocos años después, cada país defendía sus intereses por separado, mientras la escuadra turca se rehacía. Pese a todo, tras Lepanto, el prestigio de la Sublime Puerta (nombre por el que también era conocido el Imperio otomano) quedó seriamente dañado.
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