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Esquema
Introducción; Orden de los libros; Uso; Inspiración bíblica; Importancia e influencia; El Antiguo Testamento; El Nuevo Testamento
Dentro de estos cuatro estilos literarios principales, aparecen diversas formas: poemas, himnos, fórmulas confesionales, proverbios, historias milagrosas, bienaventuranzas, diatribas, listas de obligaciones y parábolas, entre otros. Los estudios recientes han prestado gran atención a la forma literaria no sólo como elemento imprescindible para la comprensión del contenido, sino también como vehículo mediante el cual el lector puede compartir la experiencia creada en determinado pasaje. Las formas tienen el poder de crear mundos y definir relaciones, y no son meros accesorios del contenido. En las obras de los especialistas bíblicos de antaño se prestaba gran atención a la parábola, que durante siglos fue considerada como una alegoría. A finales del siglo XIX el científico bíblico alemán Adolf Jülicher adoptó una nueva orientación para realizar la interpretación de las parábolas. Insistió en que las parábolas del Nuevo Testamento deben ser entendidas como símiles reales más que como alegorías. Así, sostuvo que los relatos de Jesús deben entenderse como ejemplos cuyo significado podía volverse a enunciar formulando temas o propuestas sencillas. Las parábolas han llegado a ser aceptadas como obras del arte literario con una fuerza y función similar a la de la poesía, por lo cual no deben destruirse parafraseándolas, resumiéndolas ni compendiándolas. Como arte literario, una parábola no se limita a presentar su argumento, sino que además actúa sobre el lector, creando, modificando o incluso rechazando una determinada concepción de la vida y de la realidad. También se están efectuando estudios académicos de otras formas literarias del Nuevo Testamento.
El Nuevo Testamento no es una colección de máximas, reflexiones y meditaciones desvinculadas de la realidad histórica. Por el contrario, sus documentos se centran en una figura histórica, Jesús de Nazaret, y aluden a los problemas que debieron enfrentar sus seguidores en una gran diversidad de contextos específicos dentro del Imperio romano. No obstante, esta preocupación por los acontecimientos, los personajes y las situaciones históricas no significa que el Nuevo Testamento se someta a intereses históricos o cronológicos en exclusiva.
La reconstrucción histórica del periodo basada en las fuentes del Nuevo Testamento presenta una serie de dificultades. En primer lugar, los documentos están organizados según un criterio teológico, y no desde una perspectiva cronológica. Los Evangelios están situados en primer lugar porque relatan la historia de Jesús, aunque fueron escritos entre el 70 y el 90 d.C., hasta unos 60 años después de su muerte. Hechos de los Apóstoles data también de esta época. Sin embargo, las epístolas de Pablo son anteriores y han sido situadas en la década entre el 50 y el 60 d.C., ya que fueron compuestas en el transcurso de la obra misionera de Pablo. Los demás libros, que pueden datarse entre el 90 y el 150 d.C., reflejan la situación de la Iglesia en el periodo postapostólico. En segundo lugar, los documentos no demuestran demasiado interés en la historia como proceso cronológico, en parte porque sus autores creían en la inminencia del final de los tiempos. En tercer lugar, el Nuevo Testamento no es un solo libro, sino un compendio eclesiástico, conservado con el propósito específico de emplearse para el culto, la predicación, la enseñanza y la polémica. Cuarto, todos los documentos fueron escritos por defensores de la fe cristiana con el objeto de proclamar e instruir en la fe; en consecuencia, aunque contienen referencias históricas, no constituyen informes históricos. Añádanse a estas dificultades la falta de muchas referencias acerca de Jesús y de sus seguidores en otras fuentes contemporáneas y se comprenderá por qué son escasas las posibilidades de completar una historia detallada. No obstante, los especialistas coinciden en cuanto al contexto cronológico general. Los principales puntos de apoyo se encuentran en Lucas y Hechos, que sitúan la narración de la vida de Jesús y los comienzos de la Iglesia dentro del contexto de la historia judía y romana. El Evangelio de Lucas afirma que Jesús comenzó su ministerio en el decimoquinto año de reinado de Tiberio (Lc. 3,1), que sería el 28-29 d.C. Los cuatro Evangelios coinciden en que Jesús fue crucificado cuando Poncio Pilatos era gobernador de Judea (26-36 d.C.). El ministerio de Jesús tuvo lugar entre el 29 y el 30 d.C. si se acepta la versión de que duró un año, o entre el 29 y el 33 d.C. según la teoría de que se prolongó entre tres y cuatro años.
Antes de su vida pública, poco se sabe de Jesús. Era originario de Nazaret de Galilea, aunque tanto Lucas como Mateo sitúan su lugar de nacimiento en Belén de Judea, cuna ancestral del rey David. Sólo los libros de Lucas y Mateo contienen relatos de su nacimiento e infancia, que divergen en numerosos detalles. Lucas (1,5-2,52) narra estos relatos entretejiendo en ellos poemas y canciones prestados del Antiguo Testamento que expresan la preocupación de Dios por los pobres y desheredados. Mateo (1,18-2,23) moldea su relato sobre el modelo de la narración que sobre Moisés recoge el Antiguo Testamento. Así como Moisés pasó su infancia entre los ricos y sabios de Egipto, también Jesús fue visitado y reverenciado por magos ricos y sabios. Así como Moisés huyó y vivió oculto de un malvado rey que pretendía exterminar a los varones hebreos recién nacidos, también Jesús fue salvado de la masacre de Herodes el Grande (rey de Judea que murió en el 4 a.C., por lo que es probable que Jesús naciera entre el 6 y el 4 a.C.). El resto del Nuevo Testamento guarda silencio acerca del nacimiento de Jesús. En el transcurso de la historia de la Iglesia, algunos cristianos han insistido en que las narraciones de la infancia deben tomarse de forma literal, mientras que otros las han considerado como uno de los muchos modos de expresar la creencia en la relación de Jesús hacia Dios como su Hijo. La tendencia del Nuevo Testamento a proclamar el significado de los acontecimientos sin presentar la versión del narrador sobre los propios hechos siempre ha dado lugar a la disensión entre quienes se dedican a la investigación histórica.
Tras el ministerio de Jesús, descrito en los cuatro Evangelios, el movimiento religioso que había alentado quedó bajo la dirección de los 12 hombres que había elegido para ser sus apóstoles. La mayoría desapareció en la oscuridad y la leyenda de los tiempos, aunque tres de ellos se mencionan como líderes continuadores: Santiago el Mayor, asesinado por Herodes Agripa I en el año 44 d.C. (fecha de la muerte del propio rey); Juan, su hermano, que al parecer vivió hasta una edad provecta (Jn. 21,20-24); y Pedro, uno de los primeros dirigentes de la Iglesia de Jerusalén, que también realizó varios viajes misioneros y, según la tradición, sufrió martirio en Roma a mediados de la década del 60. Además de los tres, Santiago, llamado hermano de Jesús, se destacó en la Iglesia de Jerusalén hasta que fue asesinado durante un motín popular en el 61. Antes del estallido en Jerusalén de la rebelión judía contra Roma en el 66, los cristianos abandonaron la ciudad y no estuvieron implicados en la violencia que destruyó Jerusalén en el 70. La mayor parte de la atención del registro que aparece en Hechos de los Apóstoles se centra en la figura de Pablo, un judío de Tarso que se convirtió al cristianismo en las cercanías de Damasco entre el 33 y el 35 d.C. Tras 14 años de silencio Pablo comenzó a escribir sus epístolas, realizando una obra misionera que le llevó por Siria, Galacia, Asia Menor, Macedonia, Grecia y Roma. Al parecer, sus días acabaron en Roma en los primeros años de la década del 60. Las epístolas de Pablo y Hechos ofrecen al lector algunos datos acerca de la vida de estas primitivas comunidades cristianas y sobre su relación con las culturas hegemónicas. Los demás libros del Nuevo Testamento aportan escasa información histórica y casi ninguna base para permitir una datación exacta. En general, parecen haber sido escritos por una comunidad de segunda o de tercera generación. En estos documentos, los seguidores inmediatos de Jesús ya han muerto, se han disipado el entusiasmo inicial y las expectativas del regreso definitivo de Jesús para terminar la historia y es evidente la necesidad de preservación, consolidación e institucionalización (véase Escatología; Segunda venida). Se identifica a los herejes y apóstatas, se los ataca y se insta a los miembros a adoptar una tenacidad que les permita enfrentar a las persecuciones por venir. La Segunda Epístola de Pedro, acaso el último de los libros del Nuevo Testamento que se escribió, muestra un vigoroso esfuerzo por restablecer las antiguas expectativas sobre el inminente final de la historia. Este intento de recuperar el celo y la convicción de tiempos pasados es, en sí mismo, el indicio del final de una época.
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