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Esquema
7.1

Texto, canon y primeras versiones

Durante un tiempo algunos eruditos cristianos consideraron al griego del Nuevo Testamento como un género especial de idioma religioso, concebido por la providencia como el vehículo óptimo para la fe cristiana. Hoy ha quedado en evidencia, a partir de escritos extrabíblicos del periodo, que la lengua del Nuevo Testamento es la koiné o griego común, que se utilizaba en los hogares y mercados.

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Manuscritos y crítica textual

Los manuscritos griegos del Nuevo Testamento que han llegado hasta nuestros días, completos, parciales o en fragmentos, suman unos 5.000. Sin embargo, ninguno es autógrafo, original de su autor. Es probable que el más antiguo sea un fragmento del Evangelio de Juan, datado en torno al 120-140 d.C. Las similitudes entre estos manuscritos son más notables si se consideran las diferencias cronológicas y los referidos a su lugar de origen, así como los métodos y materiales de escritura. Sin embargo, entre las divergencias se incluyen omisiones, adiciones, terminología y orden de las palabras.

Comparar, evaluar y fechar los manuscritos; organizarlos en grupos afines y desarrollar criterios para evaluar cuál es el texto que tiene más probabilidades de corresponderse con el que en verdad escribieron sus autores, son tareas propias de los críticos. Para sus evaluaciones se sirven de miles de citas de las escrituras que aparecen en las obras de los primeros padres de la Iglesia y en una serie de antiguas traducciones de la Biblia a otros idiomas. El fruto del trabajo de los críticos textuales es una edición del Nuevo Testamento en griego que ofrece no sólo el que se considera el mejor, sino que también incluye notas que indican versiones divergentes en los principales manuscritos. Estas variantes suelen aparecer en las traducciones como notas al pie en las que se indica qué opinaban sobre el particular otras autoridades antiguas (véanse, por ejemplo, Mc. 16,9-20; Jn. 7,53-8,11; He. 8,37). Las ediciones críticas del Nuevo Testamento griego han venido apareciendo con cierta regularidad periódica a partir de la obra del erudito holandés Erasmo de Rotterdam.

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Escritos precanónicos

Los 27 libros del Nuevo Testamento no son más que una fracción de la producción literaria de las comunidades cristianas en sus primeros tres siglos. Los principales tipos de documentos del Nuevo Testamento (evangelios, epístolas y apocalipsis) fueron muy imitados, atribuyéndose los nombres de los apóstoles u otras figuras señeras a escritos concebidos para llenar el vacío del Nuevo Testamento (por ejemplo, sobre la infancia y juventud de Jesús) y satisfacer el apetito de más milagros, así como para alegar revelaciones más novedosas y completas. Durante esta época circularon hasta 50 evangelios. Muchos de estos escritos cristianos no canónicos han sido recopilados y publicados como Apócrifos del Nuevo Testamento.

El conocimiento de la literatura de este periodo se amplió en gran medida gracias al descubrimiento en 1945, de la biblioteca de un grupo cristiano herético, los gnósticos (véase Gnosticismo), en Nag-Hammadi (Egipto). Esta colección, escrita en copto, ha sido traducida y publicada. Los especialistas han prestado especial atención al Evangelio de Tomás; uno de los 12 apóstoles que pretende recoger los proverbios, 114 en total, que Jesús le transmitió en persona.

7.1. 3

El canon

No existen registros claros para documentar cuáles fueron los elementos determinantes para que la Iglesia adoptase un canon oficial de los textos cristianos, ni tampoco de su proceso de formación. Para Jesús y sus seguidores, la Torá, Profetas y los Hagiográficos del judaísmo eran las ‘Santas Escrituras’. Sin embargo, la interpretación de estos escritos estaba regida por las obras, las palabras y la persona de Jesús tal y como las comprendieron sus fieles. A los apóstoles que conservaron las palabras y hechos de Jesús y que continuaron su misión se les atribuyó una autoridad especial. Que Pablo, por ejemplo, pretendiera que sus epístolas fuesen leídas en voz alta en las iglesias e incluso intercambiadas entre éstas (Col. 4,16; 1 Tes. 5,26 y ss.) indica que en las comunidades cristianas se estaban desarrollando nuevas normas sobre las creencias y la práctica religiosa. Esta norma constaba de dos partes: el Señor (conservado en los “Evangelios”) y los Apóstoles (sobre todo en las “Epístolas”).

Seguir el rastro de la historia de la evolución del canon del Nuevo Testamento tomando como guía los libros mencionados o citados por los primeros padres de la Iglesia constituye un proceso incierto, ya que es más lo que silencia que lo que declara. Al parecer, el primer intento de establecer un canon tuvo lugar en torno al 150 d.C., por obra de un cristiano herético de nombre Marción, cuya aceptable relación incluía el Evangelio de Lucas y 10 epístolas paulinas, editados con una fuerte orientación antijudía. Quizá la oposición a Marción fue la que dio impulso a los esfuerzos tendentes a elaborar un canon aceptado de forma general.

Tal vez hacia el 200 d.C., 20 de los 27 libros del Nuevo Testamento se consideraban autorizados. Aquí y allá prevalecían preferencias locales, existiendo algunas diferencias entre las Iglesias occidental y oriental. En general, los libros que durante un tiempo fueron objeto de polémica, aunque más tarde se incluyeron en el canon, eran Santiago, Hebreos, 2 Juan, 3 Juan, 2 Pedro y Apocalipsis. Otros libros que gozaron de amplia aceptación popular aunque al final resultaran rechazados, fueron Bernabé, 1 Clemente, Hermas y el Didaké; los autores de estos libros suelen ser denominados padres Apostólicos.

La carta pastoral 39 que san Atanasio, obispo de Alejandría, envió a las iglesias que se hallaban bajo su jurisdicción en el año 367, acabó con toda duda acerca de los límites del canon del Nuevo Testamento. En dicha pastoral, que se conserva en una colección de los mensajes anuales de la Cuaresma dictados por Atanasio, relaciona como canónicos los 27 libros que siguen siendo los constitutivos del Nuevo Testamento, aunque los organizó de forma diferente. Estos libros del Nuevo Testamento, en su orden actual, son los cuatro Evangelios (Mateo, Marcos, Lucas y Juan), Hechos de los Apóstoles, Romanos, 1 Corintios, 2 Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, 1 Tesalonicenses, 2 Tesalonicenses, 1 Timoteo, 2 Timoteo, Tito, Filemón, Hebreos, Santiago, 1 Pedro, 2 Pedro, 1 Juan, 2 Juan, 3 Juan, Judas y Apocalipsis.

7.1. 4

Primeras versiones

Por cuanto el Nuevo Testamento se escribió en griego, la historia de la transmisión del texto y de la determinación del canon suele pasar por alto las primeras versiones, muchas de las cuales son anteriores al texto griego más antiguo que ha llegado a nuestros días. La rápida expansión del cristianismo más allá de las regiones en las que prevalecía el griego requirió traducciones al siríaco, al latín antiguo, al copto, al gótico, al armenio, al georgiano, al etíope y al árabe. Las versiones en siríaco y latín aparecieron ya en el siglo II y las traducciones al copto comenzaron a aparecer en el siglo III. Estas primeras versiones no eran, en modo alguno, traducciones oficiales, aunque se hicieron para suplir las necesidades regionales de culto, predicación y enseñanza. En consecuencia las traducciones quedaron ancladas en dialectos locales y a menudo incluían sólo partes seleccionadas del Nuevo Testamento. Durante los siglos IV y V se hicieron esfuerzos por reemplazar estas versiones regionales por traducciones más homogéneas que tuvieran una mayor aceptación. En el 382, el papa Dámaso I encargó a san Jerónimo la preparación de una Biblia en latín. Conocida con el nombre de Vulgata, reemplazó a varios textos en latín antiguo. En el siglo V la Pešitta siríaca sustituyó a las versiones existentes en este idioma, que a la sazón eran las más populares. Como suele ser el caso, con gran lentitud las antiguas versiones cedieron su lugar a las nuevas.

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