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Esquema
Edición de libros, confección, publicación y distribución de libros. Sus orígenes pueden establecerse en las tablillas de arcilla y piedra y en los cilindros poligonales de los antiguos reinos asirios y babilónicos, o en las tiras de bambú de los primeros escribas chinos. Casi todos los especialistas, sin embargo, prefieren considerar los rollos de papiro como los verdaderos precursores de los libros. Ya en el año 600 a.C., los escribas habían copiado poemas, discursos y oraciones en estos rollos de papiro para venderlos con unos precios muy elevados.
Es probable que fuera en Grecia donde por primera vez se vendieron de forma regular obras literarias, gracias a los discípulos de Platón, que vendían o alquilaban la transcripción de sus discursos. En el año 400 a.C. Atenas era la capital literaria de Grecia, y el centro de producción y venta de rollos y papiros. Los primeros vendedores de libros atenienses fabricaban sus propios rollos pero, posteriormente, los empresarios fabricantes de libros empleaban a copistas y no sólo vendían y alquilaban los manuscritos, sino que organizaban lecturas de pago en sus propias tiendas. En torno al año 250 a.C., Alejandría (al-Iskandariya) se convirtió en uno de los mayores mercados de libros del mundo. Las primeras publicaciones y ventas de libros se debieron a la gran biblioteca de Alejandría fundada por Tolomeo I. Gracias a la formación de numerosos escribas y a la explotación de los canales de distribución de las rutas comerciales de la capital, los editores alejandrinos retuvieron el control de la mayor parte del comercio mundial de libros durante más de dos siglos. En Roma los primeros editores eran hombres ricos amantes de la literatura que podían permitirse costear a los caros esclavos que servían de escribas. A finales del siglo I d.C. floreció el comercio de libros en Roma y en otras grandes ciudades del Imperio. Sin embargo, cuando la capital se trasladó a Constantinopla en el año 328 d.C., las actividades literarias de Roma decayeron en seguida. La consolidación de China como imperio, llevada a cabo por la dinastía Ch’in (Qin) en el año 221 a.C., creó las condiciones necesarias para un comercio de libros a gran escala, comercio que se vio de nuevo impulsado por la elaboración del papel en torno al siglo I d.C., reemplazando con gran rapidez el bambú, la seda, y la madera como materiales sobre los que escribir. Para entonces ya se habían prodigado las tiendas de libros en la capital del imperio loyang. Para el año 800 d.C. su uso se había difundido hasta la lejana Bagdad. Las necesidades de la enorme burocracia imperial china estimularon la producción y distribución del papel a gran escala; el comercio de libros se benefició del crecimiento de esta industria. Los primeros libros chinos solían tener forma de rollos. Los amuletos budistas de Japón del año 770 d.C. muestran que por esas fechas ya se había desarrollado la técnica de imprimir, aunque seguía sin aplicarse a la producción masiva de manuscritos, que se vendían en los grandes centros comerciales de las ciudades durante la dinastía Tang. La dinastía Song siguió favoreciendo el crecimiento de la industria de los libros, donde se reemplazaron los rollos por libros encuadernados, y se produjeron grandes ediciones de los clásicos impresos en madera. Desde entonces China dispuso de una industria librera destacada por su antigüedad y lo avanzado de su tecnología.
En la Europa medieval eran frecuentes los vendedores de libros ambulantes, aunque durante la alta edad media la producción de libros era, en esencia, monopolio de los scriptoria, o habitaciones de escritura de los monasterios. Durante algunos siglos los libros escritos en los monasterios se producían para uso exclusivo de los monjes o de sus discípulos seglares. Por lo tanto, durante siglos, el conocimiento de la lectura y la escritura quedó confinado a los clérigos. Más tarde, debido a que algunos príncipes habían sido educados en monasterios, las bibliotecas de los reyes y los nobles se llenaron con manuscritos de literatura. En la baja edad media la venta de libros se vio fomentada por el crecimiento de las universidades, sobre todo por las de París (1150) y Bolonia (1200). Las universidades controlaban la preparación de los libros de texto y de obras literarias, y también determinaban la tasa de producción y venta. Los libreros, denominados stationarii, solían ser funcionarios de la universidad o licenciados. Los stationarii de la universidad de París no sólo proveían a la universidad, sino también a casi todos los intelectuales de Europa. Los stationarii de las universidades inglesas de Oxford y Cambridge aparecieron algunos años después de la creación de las universidades de París y Bolonia. Sin las restricciones que éstas sufrían, el negocio floreció deprisa en Inglaterra.
La publicación y venta de libros se inició en 1440 con la aparición de la imprenta con caracteres móviles. Los primeros impresores solían ser también los editores de las obras que producían, y las vendían directamente a los lectores; contrataban a funcionarios de las universidades para vender en éstas sus libros. Anton Koberger, fue el primer editor que estableció un negocio de estas características (1470) en Nuremberg. Era propietario de 16 tiendas, y tenía representantes en casi todas las ciudades del mundo cristiano. Los editores alemanes Johann Fust, socio de Johann Gutenberg, y Peter Schöffer vendían libros a precios muy por debajo del de los manuscritos. El editor más influyente de este periodo fue Aldo Manuzio, de Venecia. Fue gracias a los altos ideales intelectuales y a la labor altruista de Manuzio y sus sucesores, así como a la imaginación, sinceridad y persistencia tanto de Gutenberg como de Fust, que Europa, a finales del siglo XV, pudo disfrutar de los grandes valores de la poesía y la filosofía griegas. Para organizar su negocio de publicación y su imprenta, Manuzio tuvo que superar numerosos obstáculos, como fue enseñar a los tipógrafos italianos a imprimir los textos griegos, o el lograr distribuir sus libros desde Venecia hasta lejanos destinos del continente europeo. También destaca en este periodo el editor-vendedor William Caxton, que montó una imprenta en Westminster, Londres, en 1476 y que fue el primero en imprimir libros escritos en inglés. Caxton publicó sus propias traducciones de obras escritas en latín, francés y holandés. Hay que mencionar también al editor alemán Johann Froben, que fundó una imprenta en Basilea, que destacaba por sus detalles artísticos y la escrupulosa precisión de los libros que publicaba. En la ciudad de Wittenberg, Sajonia, en el año 1517, funcionaba una pequeña imprenta, con escasa importancia comercial, pero de una enorme influencia en la opinión pública europea, debido a los reformistas religiosos alemanes Martín Lutero y Melanchthon. Los panfletos publicados en esta imprenta, copiados por otros editores que simpatizaban con las ideas de Lutero, aseguraron su amplia difusión. Durante los siglos XVI y XVII los principales mercados de libros estaban en ciudades de los Países Bajos, pero a finales del siglo XVIII las empresas editoras se encontraban en las principales ciudades de Europa y América, y algunas lograron sobrevivir hasta el siglo XX.
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