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Judíos

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Esquema
4

El destierro

En el momento de la disolución del reino de Judá había comunidades judías en Egipto, Babilonia y Palestina.

4.1

La vida en Babilonia

Entre todas esas comunidades, la más importante era la de Babilonia. Los exiliados formaron allí una floreciente colonia formada por los judíos deportados en el 597 a.C. y por otros que ya se habían establecido en la zona desde la caída del reino de Israel en el 721 a.C. Bajo el liderazgo del sacerdote y reformador Ezequiel, la comunidad babilónica pudo mantener su identidad sustituyendo la patria política por otra espiritual. El ritual ocupó un lugar prominente dentro de la religión, con el fin de gobernar así la vida de los exiliados. Los escribas comenzaron a fijar por escrito las tradiciones del pueblo, y esos textos se convertirían en los libros de la Biblia. El culto que anteriormente se había realizado en el Templo fue sustituido por la oración en grupo. Un profeta anónimo al que se ha llamado Isaías, cuyos discursos forman la segunda parte del libro bíblico de Isaías, se encargó de alentar en los exiliados una fe en una nueva vida, en una nueva y reconstruida Jerusalén.

4.2

El regreso a Jerusalén

En el 539 a.C., el fundador del Imperio persa, Ciro II el Grande, conquistó Babilonia. Al año siguiente, publicó un edicto en el que otorgaba la libertad a los judíos. Aproximadamente 42.000 miembros de la comunidad babilónica prepararon su regreso a Palestina, llevándose consigo todos sus bienes, además de las donaciones de los que se quedaron en Babilonia y, tal como dice la tradición, regalos del propio emperador. Liderada por un príncipe de la casa de David llamado Zorobabel, la expedición se dirigió a Jerusalén. El país aún estaba desolado debido a los estragos causados por las guerras caldeas. El desaliento que sintieron en ocasiones los inmigrantes debido a la enorme magnitud de la tarea que tenían ante sus ojos fue superado gracias a la labor de dos líderes religiosos, los profetas Ageo y Zacarías, quienes enarbolaban con fuerza la dimensión espiritual de sus esfuerzos, tal y como había predicho Ezequiel antes que ellos. Los judíos se concentraron en la reconstrucción del Templo, hecho que consumaron en el año 516 a.C. Para la tradición judía, esta fecha marca el verdadero fin del exilio babilónico, cuya duración fue, pues, de setenta años (586-516 a.C.).

El sumo sacerdote fue elegido gobernante de la provincia de Judá o Judea, que desde entonces se transformó en una teocracia. Las labores de reconstrucción fueron lentas y, aproximadamente en el 445 a.C., Nehemías (protegido del rey Artajerjes I de Persia, quien reinó entre 465-425 a.C.) recibió autorización expresa para reconstruir la ciudad. Bajo su dirección Jerusalén volvió a ser una gran ciudad. Durante este periodo la comunidad babilónica, habiendo oído noticias referentes a la falta de disciplina religiosa en Jerusalén, decidió enviar a Esdras, un famoso maestro y escriba, para que introdujera las necesarias reformas religiosas. A mediados del siglo IV, Judea se había convertido en un país organizado según unas estrictas doctrinas religiosas, y dominado por una casta sacerdotal muy poderosa. La Torá (o ‘Ley’, es decir, el Pentateuco) rigió la vida cotidiana de los judíos; durante este tiempo, los escribas y los maestros de la Ley dieron su forma definitiva a las Sagradas Escrituras.

4.3

La diáspora

A finales del siglo IV a.C., siendo emperador Alejandro Magno, Macedonia se transformó en la potencia dominante del mundo antiguo. Después de que los macedonios dominaran a los persas en el 331 a.C., Judea pasó a ser una provincia más del imperio alejandrino. Según la tradición, Alejandro se mostró especialmente benévolo con los judíos, y cientos de ellos emigraron a Egipto después de la fundación de Alejandría. Bajo el nuevo imperio, y con el incremento de las oportunidades comerciales, los judíos emigraron a diversas colonias repartidas por todo el mundo conocido: a las costas del mar Negro, las islas griegas y las costas del mar Mediterráneo. Esta migración fue de tales proporciones que comenzó a ser designada con el término diáspora (del griego, ‘dispersión’). Muy lejos ya de Judea, centro de la vida judía, los emigrantes abandonaron paulatinamente el uso de la lengua hebrea y adoptaron en su lugar el griego, lengua común a todo el imperio, así como las costumbres y usos griegos. Durante el siglo III a.C., se tradujo el Pentateuco a esta lengua, versión (la Septuaginta) que se vería ampliada más tarde con otros libros de la Biblia hebrea. Con el tiempo se iría convirtiendo en la norma para todos los judíos de la diáspora. El helenismo, tanto en lo que se refiere al sistema de vida como a la cultura, tuvo una fuerte influencia sobre la comunidad judía.

A la muerte de Alejandro Magno (323 a.C.), la hegemonía de la cultura y civilización griegas se convirtió en una amenaza para los judíos. El imperio de Alejandro se dividió entre sus generales. Tolomeo I Sóter, a quien había correspondido Egipto, invadió Judea. El territorio judío tenía un valor estratégico importante en la ruta del comercio con Arabia, hecho que dio origen a múltiples conflictos entre los egipcios y los Seléucidas sirios. En el 198 a.C. el rey Antíoco III de Siria venció a aquéllos en la batalla de Panion y se anexionó Judea. Los Seléucidas comenzaron a reemplazar el judaísmo por el helenismo mediante una campaña que se intensificó durante el reinado de Antíoco IV Epífanes, quien en el 168 a.C. ilegalizó la religión judía y, dentro del Templo, reemplazó el altar de Yahvé por uno de Zeus.

4.4

El periodo de los Asmoneos

Ese mismo año los judíos comenzaron una rebelión liderada por el sacerdote judío Matatías y por sus hijos, los Macabeos, que terminó en la derrota de los sirios. La dinastía de los Asmoneos o Macabeos alcanzó el liderazgo y sus miembros fueron reyes de un Estado judío independiente.

Bajo su reinado, los judíos concentraron todas sus fuerzas en lograr mantener su religión pura, libre de influencias extranjeras. Los dos grupos más importantes del momento, saduceos y fariseos, diferían entre sí, tanto en los aspectos políticos como religiosos. Durante esta época, aparecieron otros grupos, como los esenios, comunidad religiosa judía que mantuvo un sistema de vida monástico en asentamientos de tipo comunal. Los Asmoneos establecieron el Sanedrín, una especie de tribunal supremo o consejo de Estado, compuesto por 71 líderes y sabios judíos, que fijaba la legislación civil y religiosa. El reino logró gran expansión mediante conquistas: bajo el gobierno de Juan Hircano, se incorporaron Samaria y Edom, territorios conocidos como Idumea, cuyos habitantes fueron obligados a aceptar el judaísmo.

Lo mismo que sus predecesores, el reino judío de los Asmoneos tuvo que enfrentarse a conflictos generalizados entre las distintas facciones. Durante el siglo I a.C. se libró una guerra civil entre los hermanos Hircano II y Aristóbulo II, que rivalizaban por el trono de Judea. Antípatro, un idumeo que simulaba apoyar a Hircano, se confabuló con el general romano Pompeyo el Grande para que le ayudara a resolver la crisis a su favor, comprometiéndose a hacer de Judea un Estado dependiente del Imperio romano. Las legiones romanas entraron en Jerusalén en el año 62 a.C.; y en el 47 a.C. el reino de Judea pasó a estar bajo el control absoluto del ahora procurador Antípatro. Su hijo Herodes el Grande se convirtió en rey en el año 37 a.C.

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