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Judíos

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Esquema
4.5

La aparición del cristianismo

El último siglo del antiguo Estado judío estuvo marcado por desórdenes políticos y religiosos. A comienzos de la era cristiana, la población judía llegaba a los ocho millones, repartidos, además de Judea, entre Alejandría, Cirenaica (norte de África), Babilonia, Antioquía, Éfeso y Roma. Estas comunidades tuvieron que sufrir la hostilidad antisemita en muchas ciudades griegas debido a que los judíos eran vistos como competidores en el comercio, así como por su diferente credo y por ciertos privilegios políticos de que supuestamente gozaban.

Desde dentro del judaísmo surgió un segundo movimiento, el cristianismo. El número de judíos griegos que llegaron a creer en Jesús (en hebreo Yeshua o Josué) como el Mesías prometido superaba considerablemente al número de quienes lo reconocían en Judea. Además, como los discípulos de Jesús viajaron recorriendo el mundo antiguo, muchos paganos se convirtieron a la nueva fe. En un principio se la consideró una secta judía, pero poco a poco se fue desligando del judaísmo, a medida que crecía la cifra de los ex paganos conversos, cuya fe se dirigía hacia la persona y la predicación de Jesús. Los judíos convertidos al cristianismo siguieron siendo esencialmente judíos. Frente a estos movimientos, el judaísmo reaccionó con el rechazo de todo laxismo en la observancia de las formas de la religión tradicional.

4.6

La gran revolución

Durante el siglo I d.C., los conflictos religiosos causaron sangrientas batallas. Los gobernadores romanos de Judea se mostraron tan déspotas y poco respetuosos con respecto a la religión judía, que en el 66 d.C., los zelotes (facción judía conocida por su fanatismo) encabezaron una violenta insurrección contra los romanos. El emperador Nerón envió al general Vespasiano, quien más tarde sería emperador, para poner fin al conflicto. Hacia el año 70 Vespasiano logró acabar con la revuelta, destruyó el Templo y arrasó Jerusalén. La última fortaleza en caer fue Masada, en el 73.

Judea siguió existiendo, aunque sólo de forma nominal. El centro de la sabiduría judía se desplazó a Yavné, bajo la dirección del gran sabio Yojanán ben Zakai. Durante la siguiente generación, y bajo el estricto control romano, Judea se mantuvo más o menos en paz. Por aquel entonces, el emperador romano Adriano mandó reconstruir Jerusalén como una ciudad pagana, y ordenó que se llamara Aelia Capitolina, en honor a Júpiter. También mandó publicar un decreto en el que se prohibía la circuncisión. Esta doble afrenta causó gran consternación, tanto entre los judíos de la diáspora como entre los de Judea, y provocó una nueva rebelión.

4.7

Barcokebas

Bajo la dirección de Barcokebas, estalló una violenta revolución en Judea. Entre los años 132 y 135, los judíos hicieron un esfuerzo desesperado por defenderse de las legiones romanas; en un principio, su oposición fue efectiva, pero, cuando finalmente Roma decidió acabar con la revuelta, Judea quedó devastada. Por orden del emperador, el antiguo nombre de la provincia fue reemplazado por el de Siria Palestina. Jerusalén fue convertida en una ciudad pagana y cualquier judío que entrara en ella era inmediatamente condenado a muerte. La persecución de los judíos se transformó en algo habitual dentro del Imperio.

Por otra parte, la caída de Judea ayudó a abrir aún más la brecha entre judíos y cristianos: los primeros consideraban su derrota como una calamidad; los segundos la veían como una clara manifestación de que Dios había abandonado a los judíos y había hecho de los cristianos los verdaderos portadores de la gracia divina. Durante los tres primeros siglos de la era cristiana, el cristianismo aumentó mucho su influencia. Después del 313, año en que el emperador romano Constantino I el Grande aceptó la nueva religión tanto para él como para el Imperio, se generalizaron la expansión del cristianismo y la persecución de los judíos.

5

Los judíos después del exilio

Pese a la destrucción del segundo Estado judío, y al aumento del antijudaísmo, la comunidad judía logró mantener su identidad y sus tradiciones por medio de profundos cambios culturales.

5.1

El desarrollo de la religión en el exilio

Como reacción a la fragmentación que supuso el comienzo de la era cristiana, los judíos desarrollaron una religión propia en el exilio: el judaísmo. La continuidad de la unión entre los judíos se fundó en el empleo de una lengua común, en la herencia literaria que todos los judíos estaban obligados a conocer y a estudiar, en una vida comunitaria con una sólida organización y en el estímulo que significaba la esperanza mesiánica.

Durante los primeros seis siglos de exilio, los maestros y rabinos codificaron las leyes transmitidas hasta entonces oralmente, y volcaron una parte de las mismas en la Mishná y la Guemará, ambas integrantes del Talmud. Los principales centros de enseñanza del judaísmo funcionaron como academias; surgieron en Palestina (especialmente en Galilea) y en Babilonia. En un principio estuvieron bajo la dirección de los partos y luego, desde el año 227, de los sasánidas. Desde el siglo VI a.C., Babilonia pasó con el tiempo a ser un centro de gran influencia para los judíos del exilio. La colonia judía estaba dirigida por un administrador, que recibía el nombre de exilarca. Las dos academias babilónicas de Sura y de Pumbedita lograron gran renombre.

Los estudiosos que trabajaron durante los siglos I y II d.C. en la codificación y ampliación de la ley oral recibieron el nombre de tanaim (en arameo, ‘enseñantes’). Durante el siglo III fueron reemplazados por los amoraim (en arameo, ‘hablantes’), y en el siglo V por los llamados saboraim (en arameo, ‘reflectantes’). El Talmud babilónico se concluyó a comienzos del siglo VI, una vez terminada de redactar la Guemará, es decir, los comentarios a la Mishná. Hubo otro Talmud, aunque menos completo que el anterior, el palestinense o de Jerusalén, que se concluyó aproximadamente un siglo antes. Los últimos directores de las academias babilónicas recibieron el nombre de geonim (plural del hebreo gaón, ‘excelencia’); desde todas partes del mundo medieval los geonim recibían consultas relativas a la religión; sus contestaciones, denominadas responsa, fueron incorporadas a las prácticas religiosas.

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