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Esquema
Los lanzacohetes guían el despegue de los misiles impulsados por el aire hacia un blanco; pueden recorrer enormes distancias y alcanzar sus objetivos con un alto grado de precisión. La mayoría de los misiles constan de un cohete, que impulsa el misil, y de una carga explosiva. (Ver misiles teledirigidos). Los misiles no guiados, llamados a veces cohetes, se apuntan mediante el lanzacohetes con una trayectoria específica. Los misiles teledirigidos cuentan con un equipo especial que una vez disparados los dirige hasta el blanco. Los lanzacohetes no se utilizaron con profusión hasta la II Guerra Mundial (1939-1945). Entre las armas más poderosas usadas durante esta contienda se encuentra el cohete alemán V-2, que abandonaba la atmósfera terrestre para cubrir el elevado arco de su vuelo hasta el blanco, con un alcance de 350 kilómetros. Los misiles modernos pueden ser disparados en rápida sucesión mediante un lanzacohetes múltiple y también pueden ir armados con una cabeza nuclear.
Los romanos y otros pueblos de la antigüedad utilizaron instrumentos como la catapulta para lanzar rocas y otros proyectiles sobre las formaciones y fortificaciones enemigas. Los primeros cañones de pólvora aparecieron en Europa a comienzos del siglo XIV. Con una munición de rocas ígneas, bolas de hierro y proyectiles en forma de flecha, la artillería de aquella época tenía más éxito al infundir terror entre las filas enemigas que en la consecución de un daño efectivo. Las primeras piezas de artillería eran muy poco dignas de confianza y tenían cierta tendencia a explotar al disparar. Este problema se mantuvo hasta finales del siglo XIX, cuando la fundición de cañones ganó en eficacia y la artillería conquistó protagonismo en los principales ejércitos. El desarrollo de la artillería modificó por completo la táctica y estrategia militares. Los primeros cañones y morteros se utilizaron sobre todo en el asedio de ciudades fortificadas, ya que el gran peso de la artillería impedía su utilización en una guerra de movimientos. A finales del siglo XIV los franceses utilizaron, ya con eficacia, cañones dotados de ruedas que permitían su transporte. La artillería siguió unida a las fuerzas de tierra durante casi otros tres siglos. A comienzos del siglo XIX la artillería era ya por sí misma una fuerza de apoyo móvil. Utilizada en baterías de muchos cañones, su fuego masivo se empleó para destruir fuerzas de ataque enemigas o desbaratar las fuerzas de defensa antes de lanzar la ofensiva con la infantería. La artillería móvil a caballo podía trasladarse de un punto a otro del campo de batalla. Durante la I Guerra Mundial (1914-1918) el bombardeo artillero restringió en ambos bandos la capacidad de maniobra de sus fuerzas, lo que condujo a una guerra de trincheras. La II Guerra Mundial supuso el retorno a la táctica de maniobras con la aparición de los carros blindados y el transporte motorizado de la tropa, aunque la artillería continuó siendo la fuerza con mayor capacidad destructiva en el campo de batalla. En conflictos recientes, como la guerra de Corea (1950-1953) o la guerra de Vietnam (1959-1975), la artillería ha dispensado desde la retaguardia la mayor parte de la cobertura de fuego necesitada por la infantería y demás fuerzas de tierra, con proyectiles convencionales o con proyectiles guiados por láser, capaces de destruir carros blindados en movimiento. Los proyectiles Beehive (colmena) son botes llenos de cientos de dardos pequeños que se utilizan contra masas de personas a corta distancia. Los obuses de tipo medio del Ejército de Estados Unidos tienen capacidad para disparar municiones químicas y nucleares con minas de dispersión. Gracias a los recientes avances de las computadoras llevadas a bordo y de los instrumentos de localización, los cañones y lanzacohetes modernos se pueden desplazar con autonomía por el campo de batalla, deteniéndose para disparar y trasladándose después con rapidez a una nueva posición de fuego. Algunos cañones y lanzadores modernos pueden disparar una munición denominada ‘inteligente’: son proyectiles y cargas que pueden localizar y alcanzar blancos fijos o móviles mediante refinados sensores y rastreadores. Ese tipo de munición recibe también el nombre de ‘dispara y olvida’ porque su trayectoria no tiene que ser corregida en vuelo.
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