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Técnicas de grabadoArtículo de la enciclopedia
Esquema
Introducción; Procedimientos de grabado; Términos relacionados con las técnicas de grabado; Historia de las técnicas de grabado
Los artistas más destacados del siglo XIX realizaron una amplia gama de grabados, notables por la diversidad y lo atractivo de sus temas. El español Francisco de Goya, por ejemplo, combinó el aguatinta con el aguafuerte para producir visiones veraces de las locuras de la humanidad y de las atrocidades de la guerra. Su personalísimo estilo queda especialmente patente en la serie de Los caprichos (1797-1799) en la que, casi con ferocidad, arremete contra el clero y contra el gobierno por su riqueza, su corrupción y su hipocresía. Durante la guerra de la Independencia contra la ocupación francesa (1808-1814), Goya creó su segunda serie de grabados más famosa, los Desastres de la guerra (1810), con imágenes aterradoras del espantoso destino que sufren las personas atrapadas en ella. En París, la litografía constituía un medio barato para reproducir imágenes a gran escala en forma de estampas, periódicos e ilustraciones de libros. Honoré Daumier era la voz de la clase media; estaba especialmente dotado para la sátira política y el comentario social, y el reinado corrupto de Carlos X fue el abono perfecto para su fecundo cerebro. Periódicos como Le Charivari difundieron sus observaciones agudas y mordaces sobre el gobierno, la abogacía y las clases superiores, con sus numerosas debilidades. William Blake entró, en 1772, como aprendiz en el taller de un grabador y durante siete años realizó grabados para anticuarios. Durante la década de 1780 trabajó como grabador mientras investigaba los medios para estampar a la vez sus propios poemas e ilustraciones. Realizó varios libros de poesía mística acompañada de sus ilustraciones únicas y extrañas. Entre sus obras más inquietantes cabe señalar las ilustraciones para el Libro de Job (1826). Entre los artistas franceses de mediados del siglo XIX destaca el melancólico Charles Meryon. Más importante que su técnica como aguafuertista era su manera de ver su amado París, sobre todo las partes más antiguas destinadas a ser demolidas. Representó el encanto y la elegancia de esos viejos edificios con un estilo de gran dramatismo. Desde la década de 1860 hasta finales del siglo, el grabado japonés ejerció una enorme influencia sobre el arte y los artistas europeos. Se dice que el artista parisino Félix Braquemond recibió un envío de platos de porcelana de Japón, envueltos en estampas de Hokusai. Entusiasmado, enseñó éstas a sus amigos impresionistas, quienes quedaron muy sorprendidos por su composición plana, vigorosa y asimétrica. Las litografías de Edgar Degas que representan mujeres bañándose y vistiéndose, evocan este estilo japonés. El exponente más llamativo y original de este japonesismo fue quizá Henri de Toulouse-Lautrec. Tomando el cromatismo de las estampas japonesas, que va desde el tono más tenue al más brillante, así como sus imágenes características, dibujó carteles en los que captó la esencia del encanto y de la elegancia. La popularidad de la litografía en color aumentó gracias a la influencia del artista de carteles Jules Chéret. Las bellas litografías en color de Pierre Bonnard y Édouard Vuillard retratan escenas urbanas de París y las intimidades de la vida familiar. Gracias a la obra de Chéret, junto con la de Théophile Steinlen y la de Toulouse-Lautrec, el cartel se convirtió en un poderoso medio publicitario. El artista checo Alphonse Mucha puso de relieve, en sus elegantes carteles, la línea sensual y el talante decorativo que constituían la esencia del movimiento Art Nouveau de finales de siglo. El artista noruego Edvard Munch creó grabados a la fibra y litografías que se caracterizan por unas imágenes muy personales llenas de fuerza y de pasión. Sus mujeres suelen ser exuberantes y sensuales; sus hombres parecen cargados de angustia y de tensiones internas.
Desde el fauvismo, el cubismo y el expresionismo hasta el surrealismo, el expresionismo abstracto, el Op Art y el Pop Art, los numerosos movimientos artísticos que configuran la historia del arte de este siglo resultan insólitos en cuanto a su cantidad y a su diversidad, así como en cuanto a la rapidez con que se han desarrollado. Los grabadores han desempeñado un papel en cada uno de ellos. En los albores del siglo XX París seguía siendo el centro del arte occidental, incluyendo las técnicas de grabado. Henri Matisse, Georges Rouault y André Derain formaban parte del grupo de postimpresionistas que, utilizando el color de manera libre y llamativa, constituían el movimiento conocido como fauvismo. Estos jóvenes artistas utilizaban el color sin ningún tipo de contenciones y así aparece en sus grabados, excepto en la obra gráfica de Matisse cuyas estampas más importantes son litografías en blanco y negro. Para sus numerosas odaliscas (modelos posando como bellezas de un harén), Matisse eligió un fondo con dibujos, muy decorativo, mientras que la modelo lleva un traje exótico al estilo persa; con esta atmósfera rica y opulenta, en blanco y negro, consigue sugerir la intensidad de un fuerte cromatismo. El artista francés Georges Braque y el español Pablo Picasso, trabajando juntos a principios de 1909, llegaron al cubismo, que convirtió la imagen realista en forma abstracta, disolviéndola en elementos cúbicos y entrecruzando formas y planos. Los primeros grabados de Picasso (1904), que tenían como base un soberbio dibujo, denotan franqueza y compasión y evocan una naturaleza sombría y sentimental. En 1930 el editor Ambroise Vollard le encargó una serie de 100 grabados y Picasso creó la llamada Suite Vollard (editada en 1937) que constituye uno de los mayores logros gráficos del artista. Está compuesta por aguafuertes y aguatintas con temas que van desde el artista y sus modelos en el estudio hasta representaciones sensuales y conmovedoras de minotauros y retratos del propio Vollard. Braque, Jacques Villon, Juan Gris y Louis Marcoussis realizaron también importantes grabados cubistas en los que consiguieron una relación cálida y armoniosa entre la línea grabada y el cromatismo de la estampa. El surrealismo, que buscaba las imágenes que manan del inconsciente y de los sueños, dio un buen número de grabadores famosos. Cabe destacar la obra del español Joan Miró, con sus litografías en color deliciosamente fantásticas, y las obras de André Masson y de Yves Tanguy, en las que se encuentra un carácter fantástico similar con curiosas insinuaciones. En 1910, Marc Chagall llegaba a París procedente de Rusia. A lo largo de su dilatada carrera, Chagall destacó como pintor y grabador, combinando una encantadora y folclórica ingenuidad con unas imágenes abigarradas y soñadoras. Sus principales obras gráficas son la serie del principio Mi vida (1922), los 105 aguafuertes que ilustran escenas de la Biblia (1956) y los 100 aguafuertes (1948) para la novela Las almas muertas del escritor ruso Nikolái Gógol. A principios de siglo, y como reacción contra el impresionismo y el postimpresionismo, un grupo de artistas alemanes desarrollaron el expresionismo, estilo que hace hincapié en las emociones subjetivas y en las respuestas al mundo exterior. Como ocurría con el estilo gótico, el grabado a la fibra, marcado y cercano, era la técnica perfecta. Los artistas Ernst Ludwig Kirchner, Karl Schmidt-Rottluff, Erich Heckel y Otto Mueller, con base en Dresde, formaron el grupo denominado Die Brücke (‘el puente’). Sus estilos variaban desde los fuertes contrastes producidos por secciones de madera toscamente cincelada de los grabados abocetados de Schmidt-Rottluff y los desabridos retratos de Heckel, hasta las composiciones líricas de figuras femeninas de Mueller. En Munich emergió otro grupo, Der Blaue Reiter (El jinete azul) encabezado por el artista nacido en Rusia Wassily Kandinsky. Sus miembros, junto con el suizo Paul Klee, desarrollaron una abstracción refinada, dominada por el ritmo de la línea y por un sentido dramático del color y desprovista de objetos figurativos. Klee, como artista de prestigio, se separó pronto del grupo y se fue a trabajar solo a Suiza; empleaba imágenes de apariencia infantil, llenas de ingenuidad y fantasía para crear planteamientos personales muy complejos con implicaciones universales. Los aguafuertes de John Sloan y de Edward Hopper, junto con las litografías de George Bellows, fueron los primeros grabados estadounidenses que captaron todos los aspectos de la vida urbana, de la miseria a la magnificencia. Los tres artistas pertenecían a la Ash-can School, fundada en 1907, y que constituyó el primer movimiento artístico que rompió con los estilos europeos. La exposición denominada Armory Show, celebrada en 1913, llevó el modernismo a los grabadores de Estados Unidos; sus repercusiones siguieron ejerciendo influencia durante muchos años.
A partir de 1950, el grabado se ha convertido en la principal forma de expresión para los artistas de vanguardia. Entre los artistas contemporáneos que han destacado también como grabadores se encuentran los expresionistas abstractos Robert Motherwell, Robert Rauschenberg y Jasper Johns. Apartándose de la visión de los expresionistas abstractos surgieron jóvenes artistas de la cultura popular (véase Pop Art) que, combinando material de los medios de comunicación —revistas, periódicos, películas y fotografías—, obtenían imaginativas representaciones. Artistas como Andy Warhol, Roy Lichtenstein y Robert Indiana desafiaron la tradición gráfica al crear anuncios. Véase también Libro; Técnicas de impresión; Xerografía.
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