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Esquema
Introducción; Factores determinantes de los diferentes tipos de indumentaria; Antigüedad; Historia del vestido occidental; El mundo no occidental
Los hombres llevaban calzones y calzas (pantalones cortos y medias). Las longitudes de ambos fueron variando, y a finales del gótico las calzas eran tan largas que casi eliminan a los calzones. Hasta la llegada de los tejidos de punto, prácticamente desconocidos en la edad media, las calzas eran de lino o lana cosidas para que quedaran ajustadas. Resulta increíble que pudieran adoptar el aspecto suave (conseguido posteriormente con los tejidos de punto) que se observa en las pinturas de la época. En el siglo XII las calzas llegaban a la altura de medio muslo por debajo de los calzones cortos. En una época anterior los calzones de las clases altas eran más estrechos, y los de los trabajadores, más amplios, y ambos se sujetaban normalmente por debajo de la rodilla. A principios del siglo XII la ropa era larga y la sobretúnica fue sustituida por el brial, prenda importada de Oriente. Todo, incluso las mangas, era largo, amplio y con una gran caída. A finales del siglo XII y durante el siglo XIII las prendas masculinas presentaban diferentes longitudes, amplitudes y adornos así como diferentes nombres para lo que básicamente era la misma prenda. Un cambio importante fue que la capucha pasó a ser una prenda independiente. Más tarde la capucha (con su extremo puntiagudo, el liripipe, y con una capa corta que caía sobre los hombros) se convirtió en sombrero. La abertura, destinada en principio a la cara, se echaba por detrás de la cabeza y el liripipe se pasaba alrededor de la misma a modo de turbante. Posteriormente la capucha se colgó por encima del hombro y se llevaba como emblema; su última manifestación fue la escarapela en el sombrero de librea del siglo XIX. Una derivación todavía más curiosa de la capucha es el apéndice cosido en la espalda de la toga del traje de abogado en Inglaterra, que data de la época en que los clientes dejaban caer monedas en el sombrero si pensaban que el caso podía ganarse. En el siglo XIV la túnica se estrechó y acortó hasta adquirir un aspecto más ajustado, que evolucionaría hacia la casaca. Sobre ella todavía se llevaba la antigua sobretúnica pero adornada con un cuello, que recibió el nombre de cota. La hopa y la hopalanda, una prenda exterior de cuerpo entero, larga y con mangas anchas y acampanadas, se utilizó hasta finales del siglo XIV y se mantuvo durante los siglos XV y XVI formando parte del traje de los profesionales y de los ancianos e incluso hoy día se utiliza como traje académico y de la abogacía. La casaca evolucionó hacia una prenda totalmente confeccionada, y a menudo forrada, que sobrevivió bajo diversas formas como la prenda exterior básica masculina durante mediados del siglo XVII. Su derivación moderna es el chaleco.
Las mujeres también adoptaron el brial y una capa oriental con mangas largas y amplias. El brial, confeccionado con un tejido fino fruncido o plisado, era una prenda amplia y con caída como la de los hombres. Las faldas eran largas hasta los pies, posiblemente como aislamiento del frío. Una nueva invención de esta época fue el corsé para realzar la figura femenina. Al final de esta época también surgió la moda de los vistosos tocados y velos hasta el suelo. Hasta el siglo XV las prendas de vestir femeninas, menos extravagantes que las de los hombres, eran ajustadas, con falda de campana y mangas estrechas. Por encima del vestido se llevaba una cota y encima una capa sin laterales. El cabello se ocultaba debajo de una toca, pañuelo que se envolvía alrededor de la cabeza y del cuello hasta el mentón. En tiempo frío y en actos oficiales se llevaba un amplio manto de campana o circular. Con el paso del tiempo los tocados se fueron haciendo cada vez más fantásticos y sofisticados. Al principio primó la anchura y más tarde la altura, alcanzándose resultados solo comparables a las altas pelucas y los tocados deliberadamente representativos de finales del siglo XVIII. En el siglo XIV las prendas de vestir femeninas se hicieron más ajustadas, como las de los hombres, y en el siglo XV, más complicadas y forradas. En este siglo se desarrollaron telares nuevos y más perfeccionados que dieron lugar a toda una nueva gama de tejidos, base de la rica y compleja indumentaria del renacimiento.
Las prendas típicas del renacimiento se desarrollaron en Italia, de donde, a raíz de la invasión de Carlos VIII de Francia en 1494, se extendieron al resto de Europa. No está claro por qué la moda italiana, bastante más sencilla, se desarrolló de forma independiente al resto de Europa, pero parece probable que esto se debiera a su clima más cálido. La túnica de cuello bajo y la camisa en el hombre, y las capas igual de sencillas y también de cuello bajo en la mujer (denominada capa Julieta) ejercieron un efecto breve pero intenso en la evolución del vestido europeo en general. Hacia 1620 había desaparecido la sencillez, y la línea vertical de las prendas medievales fue sustituida por la línea horizontal del traje del renacimiento. Al tiempo que se producía este rápido cambio de estilo, irrumpió en Europa la moda del ‘acuchillado’. Esta tendencia, que probablemente tuvo su origen en el sur de Alemania y que perduró hasta el siglo XVII, consistía en unas aberturas semejantes a cuchilladas en el tejido exterior que dejaban ver una tela distinta por debajo. Tal vez el desarrollo más interesante de esta época fuera la utilización, o al menos la exposición, de las camisas por parte de hombres y mujeres. Una vez que la camisa quedaba a la vista, tenía que ser adornada; los ribetes de encajes y volantes en cuello y mangas se convirtieron en menos de 50 años en gorgueras historiadas y almidonadas que estuvieron de moda durante otros 100 años. Estos cuellos, almidonados o no, evolucionaron hacia la chorrera. Durante el renacimiento el único cambio importante en la indumentaria masculina, aparte de una mayor ornamentación, fue el alargamiento de los calzones, que, como era normal, iban muy adornados por quedar a la vista. Por otra parte, la mujer fue luciendo unas prendas cada vez más restrictivas. A principios del renacimiento apareció un corsé largo y rígido en forma de cono, más largo por la parte delantera, que oprimía la anatomía de la mujer. Antes se había utilizado el corsé para realzar la figura pero nunca para distorsionar de tal manera las formas femeninas, ya que el pecho era obligado a sobresalir por encima del corsé. A partir de la Revolución Francesa (1789-1799) la moda varió enormemente pero la práctica de distorsionar la figura de la mujer persistió. Aunque la rigidez del corsé se vio algo aliviada al sustituirse las guías metálicas por huesos de ballena, la moda se hizo algo más incómoda por la costumbre de dar volumen a las faldas con la adición de armazones que podían ser desde bolsas de salvado hasta complicadas armaduras metálicas. Aunque en el renacimiento las prendas básicas siguieron siendo las mismas que las de la edad media, el estilo relativamente natural fue sustituido por formas complicadas, encajes y forros que proporcionaban un aspecto de rigidez. Esto era, en parte, consecuencia del extremado formalismo de las cortes tradicionales de los Habsburgo del Sacro Imperio Romano, especialmente de la casa de Austria en España. Los escasos intentos por eliminar esta rigidez en la moda europea no fueron seguidos por la corte española, como lo demuestran las enormes faldas armadas de los retratos de la familia real del pintor barroco Diego Velázquez.
En el siglo XVII no tuvieron lugar otros cambios en la vestimenta femenina que los producidos por los vaivenes de la moda. Se siguió llevando el corsé en forma de cono con el talle más alto o más bajo según la moda. A finales del siglo apareció el traje suelto o mantua (derivado del nombre de la ciudad del norte de Italia) anunciando un cambio que se produciría en el siglo siguiente. El atuendo masculino sufrió el cambio más radical de la historia moderna. A principios de siglo los hombres seguían llevando las prendas de finales de la edad media (casaca, calzones, calzas y capa) y una capa circular, aunque durante la primera mitad del siglo se impuso la casaca como prenda militar o de viaje. La casaca seguía siendo una capa pero constaba de dos piezas delanteras, dos piezas traseras y dos piezas para los hombros. Las partes delanteras y traseras se abotonaban para formar el cuerpo y las piezas de los hombros formaban las mangas. Este práctico invento dio lugar más tarde al tradicional traje de montar a caballo. En el siglo XVIII, después de algunos cambios, pasó a ser el traje actual y más tarde se convirtió en el chaleco. Hacia 1680 el atuendo masculino ya tenía la apariencia actual excepto en el uso de calzones en lugar de pantalones. La peluca, excentricidad que alcanzó su máximo apogeo en el siglo siguiente, fue introducida por Luis XIII para ocultar su incipiente calvicie (después de haber puesto de moda su magnífica cabellera rizada) y figuró durante más de un siglo como prenda indispensable en el guardarropa de todo caballero. La peluca, empolvada en blanco o gris, grande y aparatosa o pequeña y sencilla, sustituyó al pelo natural de los caballeros y fue utilizada en los actos sociales hasta la llegada de la Revolución Francesa, en la corte otros treinta años más y en los tribunales de justicia de Gran Bretaña hasta hoy.
A partir de 1715 surgió el estilo refinado que se conoce con el nombre de rococó, caracterizado por una estética artificiosa que en ocasiones llegaba al exceso y la frivolidad. La corte francesa marcaba la moda y las tendencias, y numerosos pintores captaron este tipo de indumentaria, como Jean-Antoine Watteau o Maurice Quentin de la Tour. En la última década del siglo las tendencias cambiaron como consecuencia del triunfo de la revolución, adoptando una nueva estética como símbolo de los nuevos valores políticos y sociales.
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