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La historia de Inglaterra comienza con los anglosajones, que invadieron Gran Bretaña alrededor del año 449 d.C. Desplazaron a los habitantes celtas de la parte sureste de la isla y les obligaron a retirarse a Gales y a la península del suroeste. Llamaron al territorio colonizado 'tierra de los anglos' (AngleLand). En épocas anteriores, al igual que el continente europeo, Inglaterra había sido el hogar de varios pueblos desde comienzos del paleolítico.
El periodo de las glaciaciones, durante el que los hombres de Neandertal y después de Cro-Magnon habitaron el territorio, finalizó alrededor del año 8000 a.C.; el posterior aumento del nivel del mar creó el canal de la Mancha y convirtió a Gran Bretaña en una isla. Los bosques y pantanos fueron el hábitat natural de este territorio durante el paleolítico medio y el neolítico, periodo en el que comenzó la práctica de la agricultura. Durante esta época llegaron oleadas de nuevos pueblos a la isla. Hacia el año 3000 a.C. se desarrolló una cultura agrícola en el sur de Inglaterra, y alrededor del año 2500 a.C. los pastores de la cultura del vaso campaniforme se establecieron en la isla; además de su alfarería característica, destacaron por sus herramientas de bronce y sus enormes monumentos de piedra, como en Stonehenge. En el primer milenio a.C. los celtas invadieron las islas Británicas. Introdujeron el arado de hierro, cultivaron el suelo de los valles fluviales y, gracias a su superior armamento, sometieron a los habitantes indígenas de las islas. Sus sacerdotes, los druidas, dominaban su sociedad.
Britania no entró en el mundo romano hasta los años 55 y 54 a.C., cuando Julio César dirigió dos expediciones a las islas después de haber conquistado la Galia. No obstante este primer contacto no fue duradero. El emperador Claudio I invadió Britania en el año 43 d.C., pero pasaron casi dos décadas antes de que los romanos conquistaran Anglesey, el cuartel general de los druidas. El gobernador romano Cneo Julio Agrícola extendió el dominio romano hacia Escocia, aunque las tribus del norte no se sometieron fácilmente. En el 123 d.C., la muralla de Adriano, que se extendía 117 km, se convirtió en la frontera septentrional. El control de Britania exigió la presencia de numerosas tropas romanas. La romanización sólo se manifestó en algunas ciudades y en la aparición de varias villas. El resto del campo mantuvo la cultura celta. Véase también Britanos.
La decadencia del Imperio romano en los siglos III y IV tuvo sus efectos en Britania. Aunque se establecieron defensas contra las incursiones de los sajones y otros grupos a lo largo de la costa del mar del Norte, en el 409 se retiraron las últimas tropas y Roma abandonó Britania. Casi cuatro siglos de ocupación romana dejaron pocos restos permanentes: una soberbia red de carreteras, la mejor que Inglaterra tendría en 1.400 años, los emplazamientos de numerosas ciudades —Londres, York, y ciudades cuyo nombre mantienen los sufijos -cester y -caster— y el cristianismo. Los anglosajones, que ocuparon el país tras la retirada romana, ignoraron las ciudades, aislaron el cristianismo en Gales y dieron sus propios nombres, como calzada Watling, a las carreteras romanas.
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