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Iconoclasia

Artículo de la enciclopedia

Iconoclasia (del griego, eikon, 'imagen'; kloein, 'romper'), cualquier movimiento contra el uso religioso de imágenes, de modo muy particular el que agitó el Imperio bizantino en los siglos VIII y IX. En los años 726 y 730 el emperador León III el Isaurio, promulgó un decreto prohibiendo la veneración de imágenes. Esta decisión fue condenada por el Papa, pero la doctrina iconoclasta fue impuesta con rigor en Constantinopla por León, y aún más por su hijo y sucesor Constantino V, que había condenado la veneración de imágenes como idolatría en el Conciliábulo de Hiereia (754). El acceso al poder de la emperatriz Irene dio lugar a un cambio en la política, y los iconoclastas fueron condenados a su vez en el II Concilio de Nicea (787). Se inauguró un segundo periodo de iconoclasia bajo auspicios imperiales en la primera mitad del siglo IX; concluyó con la condena final de la iconoclasia en el Concilio de Ortodoxia, celebrado en el año 843 con el patrocinio de la emperatriz Teodora II.

El argumento más serio contra la iconoclasia, formulado por el teólogo sirio y padre de la Iglesia san Juan Damasceno, era que ésta negaba la doctrina de la encarnación, uno de los dogmas fundamentales de la fe cristiana. Según los defensores de las imágenes, el nacimiento humano de Cristo hizo posible sus representaciones, que en cierto sentido participaban en la dignidad de su prototipo. El rechazo de estas imágenes, por lo tanto, conducía de modo automático al repudio de su causa.

Junto a sus aspectos teológicos, el movimiento iconoclasta afectó gravemente al arte bizantino. Además, el movimiento debilitó la posición del imperio, favoreció los enfrentamientos internos y exacerbó las diferencias con el papado, que comenzó a abandonar su lealtad a Bizancio para buscar la alianza con los francos. A pesar de su victoria en la esfera teológica, la Iglesia oriental no tuvo éxito en su desafío a la autoridad imperial, incluso con la afirmación de san Juan Damasceno de que el emperador no tenía derecho a interferir en materias de fe. Tanto la introducción de la iconoclasia como su condena en los concilios de los años 787 y 843 fueron al fin consecuencia de las decisiones de los monarcas más que de la voluntad eclesiástica, ya que los concilios se reunían sólo por decisión imperial. En consecuencia, la autoridad del emperador, tanto en la esfera espiritual como en la secular, y su control de la Iglesia, salieron de la polémica reforzados con claridad.

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