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Almanaque (del árabe al-manaj, que a su vez procede del latín manachus, ‘círculo de los meses’), tabla o libro que contiene un calendario, junto con datos astronómicos o náuticos y, a menudo, fiestas religiosas, comentarios históricos, proverbios e indicaciones astrológicas o agrícolas. Los almanaques, de las más variadas formas, provienen de la antigüedad y, en muchos países, fueron probablemente las primeras formas de literatura escrita. Los antiguos almanaques se tallaban en bastones de madera —que los sacerdotes egipcios denominaban dedos del sol—, así como en bloques de piedra. Los almanaques medievales, desde comienzos del siglo XII, se realizaron en pergamino. El más antiguo de los almanaques que se conserva es el del matemático y astrónomo alemán Regiomontano (de nombre original Johannes Müller), cuyo Kalendarium novum, ilustrado y de 12 páginas, se imprimió en Venecia en 1476, en colores rojo (para los días de suerte) y negro, y que fue el primero que se conoció en España. En 1487, Bernardo de Granollarch publicó uno parecido en Barcelona.
Desde sus comienzos, los almanaques contuvieron predicciones del futuro basadas en la posición de los cuerpos celestes y, durante los siglos XV y XVI, el pronóstico del futuro a través de la astrología se convirtió en el tema central de todos ellos. Algunas de las predicciones llegaron a ser tan escalofriantes (algunos llegaban a informar, incluso, de que la muerte del monarca se produciría ese mismo año), que el rey Enrique III de Francia prohibió expresamente que aparecieran predicciones del futuro, del género que fuesen. Los almanaques del siglo XVI llamados filomatemáticos (porque en sus portadas aparecía esta palabra, que significa amante del conocimiento), servían como calendarios, atlas, consejeros médicos y agrícolas y libros de texto. A pesar de que, por entonces, la astrología estaba considerada como una ciencia a la altura de todas las demás, los editores de almanaques solían advertir a los lectores que “las predicciones astrológicas sirven solamente para divertir y decepcionar al vulgo”.
Desde los comienzos de la astronomía, en épocas muy primitivas, siempre habían existido calendarios de uno u otro tipo. Tanto los pueblos mesoamericanos (aztecas y mayas) como los incas, conocieron formas muy elaboradas de calendarios. El calendario inca era mucho más parecido al occidental, ya que en su composición se incluían doce periodos, apoyados sobre los dos solsticios de verano y de invierno. En el mundo maya el tiempo era una obsesión permanente, cargado de motivaciones religiosas, lo que les llevó a la elaboración de un calendario muy complejo, que combinaba series solares y lunares, y que permitía realizar cálculos de tiempo de gran exactitud. El calendario azteca era el núcleo fundamental de la religión y consistía en una sucesión ritual de los días, y el calendario solar estaba dividido en dieciocho meses de 20 días y un periodo complementario de 5 días. La combinación de los dos sistemas permitía numerar los años, que se contaban en unidades cíclicas de 52 años. Se conoce la existencia de tonalámatl, especie de almanaques, libros de referencia para guía de los sacerdotes, hechos de papel amate (corteza de árbol), que solían consistir en largas tiras de papel preparado para pintar sobre él y posteriormente se doblaba, en forma de biombo, para facilitar su lectura. A cada semana se le dedicaba una o dos páginas. A partir del siglo XVI empezaron a difundirse por Europa los almanaques propiamente dichos que los editores vendían, con gran éxito, en las librerías. En España y Latinoamérica, al igual que en otros países europeos, el almanaque constituyó un medio de transmisión de cultura entre las clases populares. Parte de su enorme éxito residía en el hecho de que, aparte de datos sobre fechas, acontecimientos astrológicos y fiestas religiosas (santoral), ofrecía predicciones del tiempo para todo el año, consejos para agricultores y ganaderos, citas y proverbios, pequeñas historias didácticas y moralistas en rima, anécdotas humorísticas y parodias satíricas particularmente irreverentes con el poder, entre otros muchos añadidos. En realidad, y bajo muchos aspectos, el almanaque fue un eficaz transmisor de ideas liberales durante la época del absolutismo, pues constituía prácticamente el único acercamiento a la lectura por parte de las clases medias y bajas de la población, muy receptivas al lenguaje figurado y sentencioso y al alto contenido en imágenes de las publicaciones del momento. A partir del año 1502, su publicación comenzó a sufrir la censura impuesta por los reyes, en concordancia con la Iglesia, sobre toda la producción literaria. Durante el siglo XVIII aparecieron los piscatores (almanaques predictorios meteorológicos) de Torres y Villaroel en Salamanca (España) que anunciaron, 25 años antes, la Revolución Francesa. Otros piscatores célebres fueron los de Oxford y Cambridge, así como los realizados por Goethe y Schiller en Alemania.
Durante todo el siglo XIX se publicó una gran variedad de almanaques temáticos: políticos, antimasónicos, humorísticos y médicos, entre muchos otros tipos. Aún hoy en día continúan publicándose, aunque, por lo general, su temática ha retornado a la seriedad que inspiró los filomatemáticos. En 1961, un programa científico estadounidense, denominado The Planetary Ephemeris Program (Relación de efemérides planetarias), confeccionó, para uso de los científicos, uno de los más avanzados almanaques astronómicos o efemérides. Se trata de un enorme cuerpo de datos generados por ordenador que recopila todas las observaciones astronómicas llevadas a cabo desde el año 1750 hasta nuestros días, y que constituye, quizá, el punto culminante de 8.000 años de calendarios cósmicos.
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