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Resultados en Windows Live® Fenciclidina (PCP), anestésico general que se ha convertido en una droga de gran consumo debido a la potencia de sus efectos psicológicos y sobre la conducta. El PCP fue introducido en la década de 1950 como anestésico, relativamente poco tóxico, para animales. Los estudios clínicos en seres humanos se suspendieron en 1962 debido a que el PCP producía, con bastante frecuencia, delirio postoperatorio con alucinaciones. Se clasificó como un anestésico disociativo. A finales de la década de 1960 hace su aparición en el mercado ilegal como una droga con fines recreativos. En la década de 1970 la fenciclidina se hizo popular entre los adolescentes bajo nombres como ‘polvo de ángel’, ‘píldora de la paz’ o ‘barco del amor’. Pronto adquirió la reputación de ser una droga peligrosa por sus reacciones adversas. Primero se utilizó por vía oral y después en una variante fumable que permitía un mejor control de la dosis. Por lo general, se presenta en forma de un polvo blanco que se disuelve en agua u otras bebidas y que tiene un sabor amargo característico. También se puede esnifar, inhalar o inyectar. Sus efectos difieren de los de otros alucinógenos. El PCP produce distanciamiento y aislamiento emocional, alteraciones de la percepción de la imagen corporal, del tiempo y del espacio, trastornos del pensamiento, comportamiento agresivo y disminución de la sensibilidad para el dolor. En ocasiones, produce un cuadro clínico que recuerda a un brote esquizofrénico con delirios, alucinaciones, paranoia y catatonia. La combinación de este brote con la indiferencia al dolor conduce a alteraciones del pensamiento que pueden traducirse en comportamientos destructivos violentos. Los efectos anestésicos aumentan con la dosificación y puede sobrevenir estupor y coma. A dosis bajas produce un ligero aumento de la tensión arterial, la frecuencia respiratoria, el ritmo cardiaco y, además, se altera la coordinación muscular. A dosis más elevadas la tensión arterial, el ritmo cardiaco y la frecuencia respiratoria disminuyen y se producen náuseas, vómitos, convulsiones, coma e incluso la muerte (en muchos casos como consecuencia de las lesiones accidentales o por suicidio). El consumo prolongado origina alteraciones del lenguaje y del pensamiento, pérdida de memoria y trastornos emocionales. Estos síntomas pueden persistir meses después de abandonar su consumo.
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