Selección del equipo editorial
Bibliografía sobre el tema que estás buscando, Sudamérica, seleccionada por los editores de Encarta
Buscar en Encarta

Resultados en Windows Live®

Mira los resultados de la búsqueda en
Resultados en Windows Live®
Página 6 de 6

Sudamérica

Artículo de la enciclopedia
Multimedia
SudaméricaSudamérica
Esquema
5.2

Exploración del interior

Paradójicamente, la exploración y la conquista sistemática del interior de Sudamérica fue iniciada por los alemanes. En 1529, Bartolomé Welser recibió del emperador Carlos V de España un inmenso territorio en pago de los empréstitos que le había concedido. Welser envió inmediatamente una expedición a aquel territorio, que comprendía lo que es la actual Venezuela. Pero diecisiete años más tarde la concesión a Welser fue revocada, en gran medida por la extrema brutalidad que emplearon los colonizadores alemanes con las poblaciones indígenas.

El primer europeo que penetró con éxito hacia el interior del subcontinente fue el conquistador español Francisco Pizarro. En 1531, descendiendo hacia el sur desde Panamá, conquistó el rico Imperio de los incas. En el lapso de cinco años, mediante el uso de las armas y la traición, Pizarro llegó a obtener el control de aquél, que comprendía los territorios de los actuales Perú, Chile, Bolivia, Ecuador, sur de Colombia y norte de Argentina. Diego de Almagro, uno de los hombres de Pizarro, conquistó Chile. En 1534, Sebastián de Belalcázar, lugarteniente de Pizarro, tomó posesión del reino de Quito. La conquista y colonización de la región que bordea el Río de la Plata fue iniciada por Pedro de Mendoza en 1535. Fundó un asentamiento con el nombre de Santa María del Buen Aire en 1536. Entre 1536 y 1538, Gonzalo Jiménez de Quesada sometió a los chibchas y fundó Santafé de Bogotá, capital de la actual Colombia. En 1539, Gonzalo Pizarro, hermano de Francisco, fue en busca de la ruta de la canela, atravesó los Andes y llegó a la cabecera del río Amazonas. Uno de sus compañeros, Francisco de Orellana, navegó en 1541 río abajo hasta su desembocadura en el océano Atlántico. El año anterior, por orden de Francisco Pizarro, Pedro de Valdivia había continuado la conquista de Chile, tratando de vencer la resistencia de los indios araucanos (los pobladores del sur de Chile). Valdivia fundó Santiago en 1541. Alrededor de 1530, los portugueses habían empezado a establecer poblaciones en la costa oriental de Sudamérica. Ocuparon provisionalmente todo el territorio que sería el Brasil de hoy.

5.3

Del siglo XVI al XVIII

En 1600 numerosos colonizadores españoles se habían establecido de forma definitiva en Sudamérica. El virreinato del Perú, creado en 1542, y las diversas audiencias, o divisiones territoriales, en que fue dividido el resto de la América española, tuvieron posibilidad de desarrollarse como poderosas y ricas colonias. Además de los yacimientos de minerales inmensamente productivos, sobre todo las minas de plata de Perú, había otros recursos naturales, como las maderas y tierras cultivables, que eran abundantes en las posesiones hispanas. La agricultura y la crianza de ganado fueron actividades florecientes, y la población indígena y los esclavos negros representaron una mano de obra disponible para los ricos colonizadores.

En la primera mitad del siglo XVI, impulsados por la búsqueda de nuevas tierras ricas, por la aventura o por el interés cristiano de propagar el evangelio entre los indígenas, decenas de miles de inmigrantes españoles y portugueses llegaron en masa a los dominios del continente americano. España y Portugal, las nuevas potencias, recibieron el apoyo de la Iglesia católica para consolidar sus respectivos imperios coloniales. El catolicismo fue la única religión admitida en las colonias, pero la política eclesiástica era determinada y controlada por la Corona. La Iglesia y varias de sus órdenes religiosas obtuvieron muchos privilegios y enormes extensiones de tierras en retribución por los servicios prestados en la cristianización, educación y pacificación de los indígenas.

A finales del siglo XVII, España y Portugal ejercían el dominio en toda Sudamérica, excepto la Guayana, que había sido invadida y dividida entre Gran Bretaña, Francia y Países Bajos. Sin embargo, las guerras que se habían producido en el curso del siglo habían debilitado seriamente la fuerza naval de las potencias ibéricas, y tanto sus posesiones costeras en el Nuevo Mundo como sus barcos mercantes sufrían los frecuentes ataques de los corsarios y piratas ingleses, franceses y holandeses.

Una de las consecuencias de la pérdida de los tesoros reales españoles y portugueses fue la imposición de impuestos opresivos sobre las colonias. Las dos metrópolis, que habían monopolizado desde el principio el comercio en sus colonias, también imponían cada vez más severas restricciones sobre las economías coloniales, y esto agravó las dificultades y provocó el descontento de los habitantes de las colonias.

A lo largo del siglo XVIII, el malestar popular en las colonias españolas desembocó en numerosas ocasiones en revueltas, especialmente en Paraguay, de 1721 a 1735, en Perú, de 1780 a 1782, y en Nueva Granada, en 1781.

Las desigualdades sociales constituían otra causa de descontento entre la población de las colonias españolas y portuguesas. Los peninsulares nacidos en la metrópoli, cuando eran enviados a las colonias ocupaban los cargos públicos más altos. Normalmente pertenecían a la nobleza, mantenían una actitud despectiva con otros grupos sociales y su máximo interés era sólo acumular riqueza en las colonias y regresar a Europa. El grupo social que se situaba por debajo de los peninsulares era el compuesto por los criollos, hijos de españoles nacidos en América. Aunque a los criollos la ley les daba derecho a las mismas prerrogativas de las que gozaban los peninsulares, en la práctica estos derechos se incumplían, y la mayor parte de los criollos eran excluidos de los altos cargos civiles y eclesiásticos. El odio a los peninsulares hizo que los criollos se unieran a los mestizos y mulatos.

5.4

Las guerras de independencia

Después de tres siglos de explotación económica e injusticia social y política, las colonias sudamericanas fueron convulsionadas por un poderoso movimiento revolucionario. Éste, que fue dirigido por los criollos y era básicamente de carácter liberal, se vio estimulado por el éxito que había logrado la rebelión de las colonias británicas en el norte del continente y por la Revolución Francesa.

En general, la lucha por la libertad política en la América española puede dividirse en dos fases. Durante la primera, comprendida entre 1810 y 1816, el virreinato del Río de La Plata (las actuales repúblicas de Argentina, Uruguay y Paraguay) logró la independencia de forma parcial; en la segunda fase, de 1816 a 1825, las colonias se independizaron totalmente de España. Entre los personajes más sobresalientes de la lucha por la libertad y la independencia estaban el prócer Francisco de Miranda y el libertador Simón Bolívar, ambos venezolanos, y el también libertador argentino José de San Martín.

El 25 de mayo de 1810 los criollos de Buenos Aires depusieron al virrey español y constituyeron un consejo de administración provisional para las Provincias Unidas del Río de La Plata. Aunque este consejo se constituyó en nombre del rey, no sería restaurada la autoridad ni la legitimidad española. El 14 de agosto de 1811, los paraguayos, que habían rechazado la ayuda de Buenos Aires, proclamaron su independencia de España y, en 1813, constituyeron también su gobierno provisional. En 1814, José de San Martín empezó a organizar un Ejército de patriotas en el occidente de Argentina, cuya misión sería liberar Chile, y luego continuar por mar hacia Perú, que era el verdadero centro del poder español en el continente. En su triunfal campaña de 1817-1818 para liberar Chile, San Martín recibió la valiosa ayuda del patriota revolucionario Bernardo O’Higgins. El 12 de febrero de 1817 el Ejército Libertador de San Martín derrotó al español en la batalla de Chacabuco, y ese mismo día se declaró la independencia de Chile. A San Martín se le ofreció la jefatura del nuevo gobierno, pero él renunció a favor de O’Higgins. Con la derrota de las tropas españolas en Maipú, el 5 de abril de 1818, la independencia de Chile quedó asegurada y San Martín empezó a prepararse para atacar Perú.

La siguiente gran victoria de las guerras de independencia se logró en Colombia. Bolívar, a la cabeza de un Ejército de patriotas y de soldados a sueldo reclutados en Inglaterra, derrotó a las tropas realistas el 7 de agosto de 1819, en la batalla de Boyacá. Mientras la lucha continuaba todavía, en Angostura (actual Ciudad Bolívar) se reunió un congreso para organizar el estado que debía llamarse la Gran Colombia, y que comprendería la audiencia de Nueva Granada (que entonces también incluía Panamá) y, después de su liberación, Venezuela y Quito (Ecuador). Más tarde, Bolívar llegó a ser presidente y gobernador militar. Aunque la independencia de Venezuela había sido declarada el 7 de julio de 1811, la colonia fue retomada por los realistas. El 24 de junio de 1821 Bolívar derrotó al Ejército español en la batalla de Carabobo, asegurando definitivamente la independencia de Venezuela. Antonio José de Sucre, lugarteniente de Bolívar, dirigió el Ejército Libertador que venció a las fuerzas realistas en la batalla de Pichincha, el 24 de mayo de 1822, sellando la independencia de Ecuador.

En septiembre de 1820 el Ejército de San Martín, compuesto por 6.000 hombres, desembarcó en Pisco, en la costa sur de Perú, y el 9 de julio de 1821 entró en la capital, Lima. La independencia de Perú se proclamó el 28 de julio de ese mismo año, pero las fuerzas realistas mantenían todavía el control de gran parte del país. Por esta circunstancia, tras la batalla de Pichincha, Bolívar y Sucre empezaron a preparar una expedición militar para apoyar a los patriotas sitiados en Perú. Un contingente de avanzada de este Ejército fue derrotado en 1823, pero Bolívar y Sucre salieron victoriosos en la batalla de Junín, el 6 de agosto de 1824, y Sucre venció el 9 de diciembre de ese mismo año en la decisiva batalla de Ayacucho. Aunque las últimas fuerzas realistas no fueron expulsadas de Perú hasta enero de 1826, la batalla de Ayacucho fue el combate más importante y el final de la lucha por la independencia de las colonias de España. El Alto Perú proclamó su independencia el 5 de enero de 1825, y el 25 de agosto de ese mismo año tomó el nombre de Bolivia en honor de su libertador.

Brasil había logrado la independencia de Portugal el 12 de octubre de 1822, pero mantuvo la monarquía hasta 1889, año en que se estableció la república. Ver Emancipación de América Latina.

5.5

Los problemas del siglo XIX

Al final de las guerras de independencia, los nuevos estados independientes surgidos en Sudamérica eran la República de la Gran Colombia, Perú, Chile, las Provincias Unidas del Río de La Plata (más tarde Argentina), Paraguay y Bolivia. Entre 1830 y 1832, la Gran Colombia se dividió en los estados soberanos de Venezuela, Ecuador y Nueva Granada. Hasta 1903 Nueva Granada, que más tarde se convertiría en Colombia, incluía Panamá. Este territorio fue desmembrado por maniobras desestabilizadoras promovidas por Estados Unidos al encontrar resistencia por parte de Colombia para la construcción del canal de Panamá. Uruguay, tras algunos periodos de control portugués y brasileño, alcanzó la soberanía como estado en 1828.

A pesar de la estrecha cooperación durante el periodo revolucionario, las colonias españolas de Sudamérica no consiguieron el ideal de Bolívar de formar una confederación de naciones, principalmente por diferencias regionales, la desmesurada extensión geográfica, comunicaciones insuficientes, ambiciones personales y la inexperiencia política de muchos de sus dirigentes, así como la falta de tradiciones democráticas.

Estas dos últimas características contribuirían decisivamente también a la inestabilidad política de las nuevas repúblicas. La riqueza y el poder político se encontraban todavía en manos de la Iglesia y en un puñado de familias criollas. Los grupos políticos conservadores y liberales se combatían unos a otros al igual que criollos y peninsulares durante la época colonial. Las revoluciones fueron muy frecuentes, y algunos países estuvieron sometidos a dictaduras militares por largos periodos. Como consecuencia, el desarrollo social y económico de Sudamérica se estancó durante el siglo XIX. A partir de 1900 el avance fue más rápido, sobre todo en Argentina, Brasil y Chile.

Los problemas limítrofes fueron a menudo causa de amargas disputas entre las distintas naciones, que a veces las llevaron a la guerra. Entre éstas cabe mencionar la guerra de la Triple Alianza (Argentina, Brasil y Uruguay) contra Paraguay, entre 1865 y 1870, una de las más crueles que han tenido lugar en el continente americano. La población de Paraguay quedó tan diezmada que tardó más de un siglo en recuperarse. Otra importante guerra sudamericana fue la guerra del Pacífico, que enfrentó a Chile contra Perú y Bolivia, en la que estos últimos perdieron territorios en la costa del Pacífico, como Tacna y Arica. La guerra del Chaco se libró entre Paraguay y Bolivia de 1932 a 1935, como culminación de una larga disputa territorial entre ambos países.

La Doctrina Monroe, promulgada por Estados Unidos en 1823, desempeñó un importante papel en el continente durante el siglo XIX; en teoría, esta doctrina fue desarrollada en prevención de la intervención europea en Sudamérica, pero en la práctica lo que le permitió a este país fue ejercer cada vez más influencia sobre las nuevas repúblicas, en sustitución del Imperio español, sobre todo en el control político y económico.

5.6

El siglo XX o el intervencionismo de Estados Unidos

En ocasiones, durante la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, el gobierno de Estados Unidos intervino activamente en los asuntos sudamericanos. Se basaba en la teoría de que Estados Unidos, como la nación más poderosa del continente, poseía un ‘destino manifiesto’ para regular el destino de las inestables repúblicas del sur. Tal política despertó el rechazo y el antagonismo de los países de América Latina. Para calificar esta etapa de la diplomacia estadounidense se utilizaron diversos calificativos, como ‘diplomacia del dólar’ y ‘política del gran garrote’.

En 1933 el presidente Franklin Delano Roosevelt anunció que Estados Unidos deseaba ser un ‘buen vecino’ de los países de América, iniciándose así la nueva diplomacia estadounidense de amistad y cooperación conocida como ‘política de buena vecindad’. En ambas guerras, la mayoría de las naciones del continente cooperaron decisivamente con Estados Unidos. Durante la II Guerra Mundial se desarrolló tanto la cooperación militar como la económica.

En 1960, seis países sudamericanos y México firmaron un tratado que creaba la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC). Al año siguiente, el presidente John F. Kennedy dio un nuevo enfoque a la ayuda económica para América Latina con la creación de la Alianza para el Progreso. Era un programa que prometía realizar reformas económicas y sociales en las repúblicas americanas. En abril de 1967 los países miembros de la Alianza se reunieron en Punta del Este, Uruguay, para evaluar los avances y reafirmar su compromiso con el programa suscrito. El punto más importante que se acordó fue la creación de un Mercado Común Latinoamericano, que reemplazaría a la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio.

Hacia 1971, diez años después de la creación de la Alianza, surgieron problemas por los decepcionantes resultados, debidos al inesperado aumento de la población, el creciente desempleo y la persistente distribución desigual de la riqueza y de la tierra. A principios de la década de 1980 estos problemas se agravaron en la mayoría de los países sudamericanos a causa de la recesión económica internacional, y la carga de una deuda externa en continuo aumento agotó la vitalidad económica de la región durante el resto de la década.

En la década de 1990 las perspectivas mejoraron para la mayoría de los países de Sudamérica. El promedio del producto nacional bruto (PNB) aumentó más del 3% en la primera mitad de la década, y el alto nivel de inflación previsto empezó a ser controlado. En 1995, la creación de la organización comercial Mercosur (integrada por Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay, si bien Chile y Bolivia adquirieron en 1997 la condición de miembros asociados) intentó ayudar a las economías del subcontinente a lograr la autosuficiencia. Sin embargo, quizá el rasgo más prometedor sea el rechazo de los países de Sudamérica a las dictaduras militares y el impulso en favor de gobiernos democráticos.

Para más información sobre la historia política de los diversos países de Sudamérica, ver los artículos individuales de cada uno de ellos. Véase también Organización de Estados Americanos (OEA); Panamericanismo; Unión Panamericana.

Atrás
| | | | |
Siguiente
Buscar en esta página
Ver página para imprimir
Enviar




© 2008 Microsoft