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Califato

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UtmánUtmán
Esquema
1

Introducción

Califato, territorio bajo jurisdicción del califa, considerado dirigente supremo de la comunidad musulmana y sucesor del profeta Mahoma. Bajo Mahoma, el Estado musulmán era una teocracia que tenía como base jurídica la sharia, conjunto legislativo fundamentado en los principios religiosos y morales del islam. Los califas, sucesores de Mahoma, eran jefes seculares y religiosos. Sin embargo, no tenían poder para formular dogma alguno, porque se pensaba que la revelación divina fue manifestada en su totalidad a través del profeta.

Los suníes (seguidores de la Sunna, cuerpo de la ley islámica basada en los ejemplos del profeta), que constituyen el grupo más numeroso del mundo musulmán, conceptúan el periodo de los cuatro primeros califas como la edad de oro del islam. Sin embargo, otros grupos como los chiitas consideran este periodo de forma diferente. Esta distinta valoración del califato ha producido duros enfrentamientos a lo largo del tiempo entre chiitas y suníes. La cuestión del califato ha suscitado en la historia islámica más discordia que cualquier otro artículo de fe.

Basándose como modelo en el ejemplo que supusieron los primeros cuatro califas sucesores de Mahoma (los llamados rashidun, ‘bien guiados’), los suníes formularon los siguientes requisitos para acceder al califato: el califa debe ser un árabe de la tribu quraysh, a la que pertenecía Mahoma; su elección para la dignidad califal debe ser aprobada por un consejo de ancianos que representen a la comunidad islámica; y debe responsabilizarse del reforzamiento de la ley divina y de la difusión del islam por cualquier medio que se estime necesario, incluido el yihad (guerra santa). No obstante, en la historia del califato no siempre se cumplieron todos estos requisitos.

Por el contrario, los chiitas, considerando que el propio Mahoma había designado a su yerno, Alí ibn Abi Talib, como su sucesor temporal y espiritual, aceptaron sólo a los descendientes de Alí y Fátima (hija de Mahoma) como legítimos pretendientes al califato.

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Los sucesores de Mahoma

Mahoma murió en el año 632, sin dejar ninguna instrucción explícita sobre el futuro gobierno de la comunidad musulmana. Un grupo de líderes islámicos se reunieron en Medina (hoy en Arabia Saudí), la capital del mundo islámico en ese momento, y eligieron a Abu Bakr al-Siddiq, suegro de Mahoma, para dirigir la comunidad. Abu Bakr se autoconcedió el título de jalifat Rasul Allah (‘sucesor del enviado de Dios’), del que terminó derivando el término califa (del árabe jalifa, ‘sucesor’).

Umar I se convirtió en el segundo califa en el año 634. En su lecho de muerte, Abu Bakr le había designado como su sucesor y todos los notables de la comunidad musulmana aceptaron de inmediato dicha sucesión. Bajo su liderazgo, tuvo lugar la primera gran expansión del islam fuera de Arabia. Egipto, Siria, Irak y la parte norte de Mesopotamia se convirtieron en territorios islámicos y los ejércitos del Imperio persa fueron derrotados varias veces. Umar añadió el título de amir al-muminin (‘jefe de los creyentes’) al de califa.

Tras la muerte de Umar en el año 644, Utmán ibn Affan, yerno de Mahoma y uno de sus primeros conversos, fue proclamado tercer califa por un consejo de seis miembros, elegidos entre los mejores compañeros de Mahoma, según la tradición. Aunque era ya anciano, continuó la política de expansión territorial de Umar. Sin embargo, al final, Utmán se ganó la enemistad de muchos de sus súbditos, que se quejaban de que favorecía a la aristocracia de La Meca en asuntos políticos y comerciales. Utmán también protagonizó una gran rivalidad con los predicadores islámicos, al publicar un texto oficial del Corán y ordenar la destrucción de todas las demás versiones existentes. Las tropas musulmanas rebeldes de Kufa (Irak) y Egipto asediaron a Utmán en Medina y le asesinaron en el año 656.

Alí, primo y yerno de Mahoma, fue reconocido como cuarto califa por los habitantes de Medina y las tropas musulmanas insurgentes. El gobernador de Siria, Muawiya, más tarde Muawiya I, primer califa de la familia Omeya, se negó a reconocer a Alí como califa y quiso vengar la muerte de su pariente Utmán. En el año 657, los dos grupos rivales se encontraron en la llanura de Siffin (en el norte de Siria), cerca del emplazamiento de la moderna ciudad de Raqqa. Allí, tras una batalla que finalizó con un incierto resultado, llegaron a un acuerdo para, mediante un arbitraje, poner fin a su disputa. Airado por esta concesión de Alí, al haberse doblegado a una posible solución de compromiso, un grupo de sus seguidores, más tarde conocidos como jariyíes, desertaron y decidieron matar a Alí y a Muawiya. Sólo culminaron su propósito con el primero. El hijo de Alí, Hassan, reclamó entonces (661) el todavía disputado califato, pero abdicó a los pocos meses debido a la presión ejercida por parte de los seguidores de Muawiya, quienes superaban en número a los seguidores de Alí, ya denominados chiitas.

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La dinastía Omeya (661-750)

Procedente de una familia de comerciantes aristócratas, los Omeya, Muawiya estabilizó durante su reinado la situación de la comunidad musulmana tras el asesinato de Alí. Trasladó la capital de Medina a Damasco, poniendo a los gobernantes musulmanes en contacto con las tradiciones culturales y administrativas más avanzadas del Imperio bizantino. Muawiya también estableció el principio de sucesión califal, designando como heredero indiscutible a su hijo Yazid y haciendo prometer al consejo de ancianos que apoyarían al heredero designado. La práctica de la sucesión hereditaria continuó durante todo el califato Omeya, al igual que en las siguientes dinastías. No obstante, muchos musulmanes negaron más tarde su aprobación, por considerar esa práctica una desviación de la naturaleza esencial del islam.

Yazid I (cuyo mandato abarcó los años 680-683) sucedió a su padre pero se vio enfrentado, de forma inmediata, a dos rebeliones, cada una de las cuales apoyaba a un rival aspirante al califato. Los chiitas de Kufa reconocieron al segundo hijo de Alí (y nieto de Mahoma), Husayn, como califa. Husayn, animado por esto, partió de Medina para dirigirse a Kufa, a pesar de las advertencias de que las tropas de Yazid habían sofocado el alzamiento. En la llanura de Karbalā' (en Irak), él y su pequeña escolta fueron interceptados y asesinados. Este acontecimiento, más que ningún otro, marcó el verdadero comienzo del cisma chiita. Una segunda rebelión, protagonizada por los chiitas de La Meca, fue también sofocada durante el califato de Abd al-Malik (685-705), tercer sucesor de Yazid.

Los chiitas, jariyíes y otros grupos religiosos de musulmanes y conversos no árabes (en árabe, mawali) se rebelaron a menudo contra los Omeyas. Los mawali acusaban a los Omeyas de relajamiento religioso e indiferencia a sus demandas para convertir a la comunidad islámica en una fraternidad total. A pesar de todo, los califas Omeyas expandieron en gran medida el imperio musulmán y crearon una burocracia capaz de administrarlo. Bajo esta dinastía, los ejércitos musulmanes se extendieron hacia el este hasta las fronteras de India y China, al oeste por el norte de África hasta el océano Atlántico, ocupando la península Ibérica, excepto el norte cantábrico, e incluso penetraron en el reino de los francos, donde Carlos Martel los detuvo cerca de Poitiers en el año 732.

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La dinastía Abasí (750-1258)

Los Omeyas fueron derrotados por una coalición de chiitas, iraníes y otras comunidades musulmanas y no musulmanas insatisfechas con su régimen. Los rebeldes fueron dirigidos por la familia Abasí, descendiente de un tío de Mahoma, Abbas, de donde procede su nombre. Desde el 718 los Abasíes habían conspirado para apoderarse del califato, enviando agentes a diversas partes del imperio musulmán para minar el prestigio de los Omeyas. Hacia el año 747 se habían asegurado el apoyo suficiente para organizar una insurrección en el norte de Irán, que condujo a la caída del califato Omeya tres años más tarde. Los Abasíes ejecutaron a la mayoría de los miembros del antiguo clan dirigente, trasladaron la capital del imperio a Bagdad e imitaron en su corte gran parte de la pompa y ceremonia de la anterior monarquía persa.

Cuando Abu al-Abbas accedió al califato en el 750, la dinastía Abasí inició un periodo de gobierno que se prolongaría durante cinco siglos. Los Abasíes se convirtieron en grandes mecenas del conocimiento y estimularon el cumplimiento de la disciplina religiosa. Fueron los primeros gobernadores musulmanes que se comportaron como auténticos dirigentes de una civilización islámica y protectores de una religión, más que como meros aristócratas árabes que imponían su cultura en los territorios ocupados. Bajo su califato, Bagdad reemplazó a Medina como centro de la actividad teológica y política, la industria y el comercio se desarrollaron en gran medida y el imperio islámico alcanzó su máximo auge material e intelectual.

Los califas de los siglos VIII y IX, Harun al-Rashid y su hijo Abdullah al-Mamun, adquirieron especial renombre por el impulso que dieron a la vida intelectual y por el esplendor de sus respectivas cortes. Durante sus reinados invitaron a eruditos a palacio para debatir diversos temas y promovieron traducciones de obras griegas, persas y sirias. Mantuvieron relaciones con Occidente y, en este sentido, intercambiaron embajadores con el emperador Carlomagno.

A finales del siglo IX, los califas Abasíes empezaron a delegar responsabilidades administrativas en ministros y otros funcionarios gubernamentales, perdiendo control sobre sus guardias personales en Bagdad. A medida que disminuía su poder político y personal, los califas dieron mayor importancia a su papel como protectores de la fe. Resultado de esta evolución fue la creciente persecución de los herejes y de los no musulmanes. En esa misma época, varias revueltas triunfantes acaecidas en las provincias orientales del califato condujeron al surgimiento de principados independientes y, en último extremo, al establecimiento de califatos autónomos en el norte de África y la península Ibérica. El poder de los Abasíes quedó pronto reducido a Bagdad y sus proximidades y, a mediados del siglo X, había declinado tanto que los califas quedaron a merced de sus jefes militares. El final de la dinastía Abasí llegó desde fuera del mundo musulmán, cuando al-Mustasim fue ejecutado por los invasores mongoles dirigidos por un nieto de Gengis Kan, Hulagu Kan.

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