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Esquema
Introducción; Los sucesores de Mahoma; La dinastía Omeya (661-750); La dinastía Abasí (750-1258); La dinastía Abasí de El Cairo (1261-1517); La dinastía Fatimí y los Omeyas de España; Los otomanos y el periodo moderno
Cuando los mongoles saquearon Bagdad en 1258, dos miembros de la familia Abasí huyeron a Egipto, donde se refugiaron bajo la protección del sultán mameluco Baybars I, el cual nombró sucesivamente califas a ambos refugiados; se les permitió sólo asumir deberes religiosos y los herederos del segundo de ellos quedaron sometidos a los sultanes mamelucos.
Durante el siglo X se establecieron dos califatos rivales, síntoma del inicio de la decadencia del califato Abasí, uno en el norte de África y otro en la península Ibérica. El primero, regido por la dinastía Fatimí, fue fundado por Ubayd Allah, quien se proclamó a sí mismo califa de Túnez en el año 909. Los fatimíes eran chiitas, y se proclamaban descendientes de Fátima (de donde proviene su nombre), hija de Mahoma, y de su esposo Alí, a quien consideran el cuarto califa. En la cima de su poder, a mediados del siglo X, el califato Fatimí constituía una seria amenaza para los Abasíes de Bagdad. La dinastía Fatimí gobernó la mayor parte del norte de África, desde Egipto hasta la actual Argelia, además de Sicilia y Siria. El califato Fatimí proclamó su lealtad a los fundamentos chiitas, tanto dentro como fuera de sus dominios, y no reconoció nunca la autoridad Abasí. Desde su capital, localizada en El Cairo, numerosos misioneros fueron enviados al resto del mundo musulmán, para que afirmaran la infalibilidad de los califas Fatimíes, que recibían la iluminación divina directamente de Alí. La dinastía fue derrocada en 1171 por Saladino, que se proclamó sultán de Egipto. El segundo califato independiente se estableció en al-Andalus (territorios musulmanes de la península Ibérica) cuando Abd al-Rahman III se proclamó, en el 929, califa y Amir al-muminin (‘jefe de los creyentes’) con el sobrenombre de al-Nasir li din Allah (‘Defensor de la religión de Alá’). Su postura suponía culminar el proceso independentista de al-Andalus, iniciado con el príncipe Omeya Abd al-Rahman I, quien, huyendo de la matanza de su familia por los Abasíes, logró establecer en al-Andalus un Estado musulmán independiente políticamente del califato de Bagdad, conocido como emirato de Córdoba (756-929). La proclamación del califato por Abd al-Rahman III, supuso la ruptura de los lazos religiosos formales con Bagdad. Su acción vino motivada, además de por la intención de completar la independencia del emirato Omeya de Córdoba, por el temor a que la fundación del califato Fatimí en Egipto pusiera en peligro la sumisión de los territorios conquistados del norte de África, de lo que dependía el aprovisionamiento de cereales de al-Andalus. Fueron, por tanto, consideraciones políticas, y no religiosas, las que provocaron la proclamación del califato de Córdoba. Durante su reinado, Abd al-Rahman III consiguió eliminar el peligro que suponían los reinos cristianos del norte peninsular, así como las discrepancias en el interior de su territorio. Como consecuencia de ello, al-Andalus gozó entonces de su máximo apogeo político e intelectual, convirtiéndose en el más importante centro cultural de Occidente, favoreciendo la convivencia de musulmanes, judíos y cristianos. La magnificencia de la mezquita de Córdoba y los restos del palacio de Medinat al-Zahara son fiel reflejo de este esplendor. A su muerte, la figura del califa se vio debilitada, al quedar éste sometido a la voluntad del general Almanzor (940-1002), cuyos éxitos militares ante los cristianos durante la Reconquista, frenaron la caída del califato, a pesar de su autoritario gobierno. Poco después de su muerte (1002), el espacio político del califato de Córdoba se disgregó en treinta reinos de taifas (1031); la atomización de poder que esto produjo, junto al progresivo avance territorial de los reinos cristianos del norte, provocaron el inicio del fin de la presencia musulmana en la península Ibérica, hecho que se produciría de forma definitiva en 1492.
Desde el siglo XIII, algunos nobles y príncipes del mundo musulmán, en particular los sultanes del Imperio otomano, asumieron el título de califa de forma arbitraria y sin atender a los requisitos prescritos para el ejercicio del califato. El título tuvo poca importancia para los sultanes otomanos hasta que su imperio se sumió en la decadencia. En el siglo XIX, con la llegada de las potencias occidentales al Oriente Próximo, el sultán empezó a subrayar su papel de califa en un esfuerzo por obtener el apoyo de los musulmanes que vivían fuera de su reino. El Imperio otomano sufrió un golpe decisivo durante la I Guerra Mundial. Acabada la contienda, los nacionalistas turcos derrocaron al sultán, y el califato fue definitivamente abolido en 1923 por la Gran Asamblea Nacional Turca. La abolición del califato trajo consigo una gran consternación en la mayor parte del mundo islámico y surgieron infinidad de protestas en contra de la acción del gobierno turco. Con posterioridad, el rey Husayn ibn Alí del Hiyaz (Hejaz, en la actualidad parte de Arabia Saudí) reclamó el título en virtud de su descendencia directa del profeta y su control de las dos ciudades santas, La Meca y Medina. A pesar de ello, su petición tuvo muy poca repercusión fuera de Palestina, Siria, y parte de Arabia. La conquista (1925) del Hiyaz por Abdul Aziz ibn Saud, gobernante de Najd (Arabia), hizo parecer incluso más insignificante la reclamación de Husayn. En 1926 tuvo lugar en El Cairo un congreso internacional musulmán para escoger a un sucesor aceptable para el califato, pero este intento resultó fallido, desembocando sólo en una llamada a los musulmanes del mundo para trabajar juntos con el fin de restablecer un califato. Desde la II Guerra Mundial, la preocupación de los estados islámicos se ha centrado en lograr la independencia nacional y en la resolución de sus problemas económicos, siendo la restauración del califato un tema irrelevante.
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