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Resultados en Windows Live® Ciencia bíblicaArtículo de la enciclopedia
Esquema
Ciencia bíblica, estudio de la Biblia en el que se aplican todos los recursos del conocimiento contemporáneo que puedan contribuir a la comprensión de su significado exacto. Se diferencia de otros enfoques de la Biblia, como el de los devotos o el que se centra en exclusiva en su apreciación literaria. A diferencia de la literatura de otras religiones, la Biblia ha estado sujeta, en cierta medida, a críticas y correcciones por parte de las personas instruidas. Es indudable que esta crítica surgió porque tanto el judaísmo como el cristianismo conciben la religión como un elemento histórico, es decir, el producto de acontecimientos históricos auténticos. Aunque la gran mayoría de los escritos del Antiguo y del Nuevo Testamento son de hecho anónimos, siempre fueron atribuidos, de uno u otro modo, a un autor humano. Por ello se ha considerado legítimo que otros seres humanos los evalúen. Nunca han sido considerados tan sólo como una literatura transmitida por vía directa desde los cielos o tan remota y distante de la condición humana contemporánea como para considerarlos inmunes al estudio crítico. En esto contrastan, por ejemplo, con las escrituras del hinduismo o el islam. Sin embargo, la noción del estudio crítico de la Biblia ha cambiado de una forma radical en el transcurso de los siglos.
A los antiguos eruditos bíblicos judíos y cristianos les preocupaba reconciliar las disparidades provocadas por los autores humanos con sus convicciones de que la Biblia era un producto de la inspiración divina: dictada en persona por Dios al autor humano o sugerida al autor a través de sueños, visiones y otras presentaciones indirectas. Tendía a hacerse hincapié en el elemento divino a expensas del humano. Los primeros rabinos de Palestina y Babilonia (200-500 d.C.), cuyas discusiones se conservan en las tradiciones judías recopiladas en el Talmud, pretendían alcanzar una coherencia entre las muchas aseveraciones de la Biblia y entre la Biblia y el propio judaísmo, que consideraban una interpretación del Antiguo Testamento inspirada por Dios. Para lograr esta coherencia se realizaron tipos de razonamiento que, a la luz de las normas modernas de la explicación textual, parecen con frecuencia retorcidos y arbitrarios (véase Mishná). En el mundo helénico, el erudito judío Filón de Alejandría hizo esfuerzos similares para demostrar la correspondencia del Antiguo Testamento con la concepción del mundo de filósofos y científicos griegos. Para lograr esta reconciliación, recurrió al alegorismo (véase Alegoría), el proceso interpretativo en el que se descarta el significado superficial o literal de un texto en favor de un significado más profundo (divino, en este caso) que subyace en el mismo y que sólo puede ser percibido por los iniciados. La mayoría de los primeros padres de la Iglesia utilizaron el mismo método. Estaban convencidos de que el significado real del Antiguo Testamento era lo que había llegado a desembocar en el Nuevo Testamento y en las interpretaciones cristianas posteriores. Los primeros intérpretes del Nuevo Testamento tendían a tratar la totalidad del Antiguo Testamento como libro cristiano, en el que todo lo que se hace o se dice tiene un significado sólo en la medida en que simboliza o augura lo que más tarde se cumplirá en Cristo y en su Iglesia (véase Apócrifos del Nuevo Testamento). En la actualidad, algunos comentaristas cristianos siguen pensando en el Antiguo Testamento sobre todo en términos de su relevancia para la Iglesia cristiana, tal y como lo hizo el Concilio Vaticano II, al menos en algunas partes de su doctrina con relación a las Escrituras. Esta posición genera ciertas tensiones respecto a lo que ha llegado a conocerse como método histórico-crítico, que contempla y estudia la Biblia como una obra literaria escrita por un autor humano, conformada por los estilos y convenciones literarias de su época.
Ya en la antigüedad se produjeron algunas tentativas de aplicar el método histórico-literario. Aun cuando prevalecía el alegorismo, algunos comentaristas consideraban que existían mejores métodos para explicar la literatura inspirada en la divinidad que la simple presunción de que había sido dictada por Dios a un autor humano. De hecho, el alegorismo de Filón era, en parte, fruto de su convicción de que algunas secciones de las Escrituras no podían reflejar una verdad literal tal y como se afirmaba. Por tanto, la interacción entre Dios y la humanidad para la producción de las Escrituras podía adoptar formas más sutiles de las que, por lo general, supuso Filón, es decir, la revelación que hace Dios, sirviéndose de una persona poseída por Él, a la manera de los oráculos griegos (véase Oráculo). Entre los cristianos, san Agustín de Hipona en su comentario acerca del significado literal del Génesis (De Genesi ad Litteram, 401-415), se muestra muy prudente acerca de la supuesta discrepancia entre la concepción del mundo científico de su época y la de los autores bíblicos. Por ello reconoció la necesidad de analizar, desde una actitud crítica, la concepción bíblica. En Oriente, el sabio Teodoro de Mopsuesto fue aún más lejos. Intentó diferenciar entre el “espíritu profético” (es decir, la revelación divina), responsable de gran parte de la Biblia, y el “espíritu de la sabiduría”, que influyó en algunos escritores bíblicos (como por ejemplo el autor de Eclesiastés), a los que según Teodoro, les preocupaban asuntos de opinión o de observación reducidas a la esfera humana. A pesar de estas y de otras iniciativas similares, no fue sino hasta la Ilustración, en los siglos XVII y XVIII, cuando la Biblia comenzó a ser examinada de forma crítica. La Reforma protestante había reinstaurado el estudio serio de la Biblia tras siglos de abandono, y muy pronto los nuevos métodos que en este periodo evolucionaron hasta convertirse en una ciencia histórica y literaria comenzaron a aplicarse a los textos bíblicos. Entre los primeros críticos de la Biblia pueden mencionarse a Thomas Hobbes, Baruch Spinoza y Richard Simon.
Cualquiera que intente examinar el texto de la Biblia debe asegurarse primero de que el texto, tal y como ha llegado a sus manos, es el más exacto posible; en segundo lugar, ha de cobrar conciencia de que la traducción es una forma de interpretación, en la que debe determinarse el significado del texto antes de poder expresarlo en otras palabras. Los críticos, incluso en el periodo precristiano, trabajaban con material traducido, y tanto ellos como los especialistas posteriores comprendieron la necesidad de remontarse a las formas más antiguas posibles de los textos para fijar su significado original. Por ello, gran parte de la primera crítica de los textos estuvo dedicada a la determinación de un texto exacto. Los reformadores protestantes deseaban ver la Biblia en manos de los laicos, y los traductores de los siglos XVI y XVII se aplicaron en la búsqueda de textos que garantizaran las mejores traducciones posibles. A partir de sus investigaciones y de manuscritos descubiertos en el siglo XVIII se desarrollaron los métodos de la crítica de textos.
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