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Ciencia bíblicaArtículo de la enciclopedia
Esquema
La crítica pretende establecer qué se escribió en los textos originales, con independencia de su significado o relevancia. La crítica textual se sirve para ello de dos métodos: los criterios externos e internos. Los criterios externos consisten en las propiedades físicas de los propios manuscritos, su material, antigüedad y estilo de escritura, y en la historia de los manuscritos. (No se ha hallado ningún texto autógrafo de ningún autor bíblico, y es muy poco probable que algo así suceda alguna vez). Los manuscritos rescatados del Antiguo Testamento datan sólo de los tiempos cristianos, siglos después de la fecha de su composición primigenia. Sin embargo, la evidencia de las antiguas versiones (la Septuaginta griega y la Vulgata latina) y de fragmentos pre-masoréticos (véase Masora), sugieren que el texto normativo en hebreo que ha llegado hasta nuestros días ha sido mantenido con extraordinaria fidelidad. Por otra parte, el Nuevo Testamento es el texto antiguo mejor autentificado que se ha conservado en cualquier tradición. Los manuscritos completos y casi completos del Nuevo Testamento datan del siglo IV y numerosos fragmentos existentes fueron al parecer copiados a lo largo del siglo siguiente a la fecha original de su composición. Aunque entre estos manuscritos pueden hallarse, en la práctica, miles de lecturas distintas, en el 90% de los casos se trata de cuestiones incidentales (como por ejemplo, la sustitución de un sinónimo por otro) y presentan problemas que el estudio textual puede resolver con relativa facilidad. En cualquier caso, el crítico siempre tendrá que fijar sus propios criterios de análisis para determinar si un manuscrito es válido o no. Se trata sólo de principios de sentido común, según los cuales, una determinada lectura se considera que tiene más probabilidades de ser el original que otra. Así, una versión más corta suele considerarse por lo general más válida que una más larga, por la sencilla razón de que un copista tiende a ampliar el texto (por explicar un término que haya caído en desuso o por otras razones) que a comprimirlo. De igual modo, se supone que, entre dos textos, el más difícil es el que tiene mayores probabilidades de ser original, ya que la tendencia del escriba habrá sido explicar o resolver problemas de interpretación, en lugar de crearlos.
En los siglos XVIII y XIX, y sobre todo en Alemania, la crítica evolucionó hacia un estadio superior. Hacia finales del siglo XIX había despertado una tremenda oposición entre quienes lo consideraban un ataque contra la fiabilidad de las Escrituras. En cierta medida, esta oposición todavía no ha desaparecido, aunque la gran mayoría de los especialistas bíblicos consideran que esta evolución es el único método aceptable para determinar el auténtico significado bíblico. El método histórico-literario pone el acento en la formulación de cuestiones de interpretación y de relevancia, ya que le preocupan problemas como, por ejemplo, quién escribió el libro, sobre en qué fuentes se basó el autor, en qué medida se trataba de fuentes fiables, qué les ocurrió durante el proceso de transmisión y edición, y cómo se ha alterado el mensaje de la palabra bíblica en el transcurso de este proceso. En síntesis, este método plantea los mismos interrogantes sobre fiabilidad y validez que formularía cualquiera que intentara determinar la credibilidad de cualquier afirmación oral o escrita procedente del pasado. La crítica histórico-literaria ha molestado a diversos sectores del pensamiento cristiano porque dejó en evidencia que algunas afirmaciones de la Biblia no pueden constituirse como una verdad literal si se las juzga con pruebas históricas o factuales, y que varios escritos bíblicos no pueden ser obra de aquéllos a quienes se los ha atribuido la tradición. Resulta una paradoja que este método crítico es hoy objeto de ataques por parte de quienes consideran que la vitalidad del material bíblico estudiado queda a menudo en segundo plano durante un examen académico.
Otra dimensión del método histórico-literario es la crítica formal. Este concepto se basa en la hipótesis de que un texto literario puede expresarse de diversos modos. El mismo acontecimiento o suceso puede relatarse con un estilo poético o limitarse a dar cuenta de los hechos. Cada forma lingüística literaria tiene su propia validez. Por tanto, la existencia de una amplia variedad formal en la Biblia ayuda a defender la “verdad” bíblica contra las objeciones de que su texto se aparta de una aseveración uniforme de hechos sencillos y sin adornos. Una vez identificado el texto, el crítico debe evaluar la situación histórica o Sitz im Leben (‘situación de vida’) que dio lugar a determinadas formas. Esta técnica fue aplicada por primera vez al Antiguo Testamento, de forma muy destacada por el pionero alemán de la ciencia bíblica, Hermann Gunkel. Intentó agrupar los relatos del Génesis en narraciones etiológicas, es decir, historias que en su opinión fueron creadas para explicar el origen de las características de una tradición existente. Por ejemplo, Gunkel creía que Génesis 9,20-27 explicaba por qué los cananeos estaban sometidos a los israelitas. Otros pasajes fueron incluidos en el Génesis para explicar los nombres, Gén. 25,26 donde se describe el origen del nombre de Jacob. Gunkel consideraba que los versículos como Gén. 28,10-19 eran explicaciones de las leyendas del culto atribuidas a lugares sagrados como Betel. Véase también Mitología. En la exégesis del Nuevo Testamento se han aplicado los mismos principios al estudio de la formación de los Evangelios en la Iglesia primitiva. También los relatos de cada evangelio son narraciones aisladas (denominadas historias de “conflicto”, de “pronunciamiento” o “milagrosas” que tienen a Jesús como protagonista). Por ello los especialistas examinan el motivo original por el que se escribieron estos relatos, intentando descubrir qué revelan acerca de la Iglesia que los generó.
Otro aspecto del método histórico-literario que ha pasado desde el criticismo del Antiguo Testamento al del Nuevo es el análisis estilístico, que tiene que ver con el papel de los copistas que trabajaron con un texto durante uno u otro periodo, y que analiza sus procedimientos y motivaciones. Desde hace mucho tiempo se acepta que la Torá, Profetas e incluso los Hagiográficos (en especial Salmos y Proverbios) no son obra de un único autor, sino de varios cuyas obras fueron unificadas por exegetas posteriores. Se ha demostrado que ése es el caso de los Evangelios. Obras, que en otro tiempos se consideraban producto de un único individuo identificable (Mateo, Marcos, Lucas o Juan), son hoy reconocidas como el resultado final de una escuela, una iglesia, una comunidad o una persona que trabajaba para ésta, que se legó a la tradición común existente y la adaptó a sus necesidades. La crítica estilística se limita a afirmar que el significado bíblico se desarrolló en las diversas fases de la historia de la comunidad de la fe que generó el texto bíblico. La tarea del intérprete consiste en decidir a qué fase de desarrollo debe asignarse el sentido último del texto. Por ejemplo, ¿debe buscarse el texto profético en las palabras de Amós en la medida en que pueden reconstruirse a partir de la obra editada que hoy existe en la Biblia, o tomar el libro de Amós tal como es en la actualidad, una profecía de salvación (Am. 9,11-15) en lugar de la predicción de una calamidad inexorable? La mayoría de los comentaristas prefiere analizar Amós en su forma antigua, no editada. Por otra parte, suele darse por supuesto que el sentido de los Evangelios es lo que sus redactores hicieron que significase, en lugar de mantener el significado de la tradición original sobre la que se basaban. En cuanto al Antiguo Testamento surge un problema especial —al menos para los cristianos— como consecuencia del ulterior desarrollo de las escrituras hebreas en la Septuaginta griega, que se convirtió en la Biblia del Nuevo Testamento y de la Iglesia primitiva. Incluso los traductores e intérpretes cristianos de la Biblia de nuestros días prefieren utilizar, casi sin excepción, el hebreo, no sólo como punto de partida para la reconstrucción del texto bíblico sino también para determinar su significado.
Evolución reciente en la crítica literaria, el estructuralismo hace hincapié en el texto en su forma final y acabada, desviándose así de su historia. Estudia también la correspondencia de la Biblia con las literaturas de otras culturas, tal como queda en evidencia a partir de las estructuras comunes que asumieron al relatar historias semejantes de una forma similar. Su relevancia para la interpretación es significativa, ya que intenta llegar a una psicología humana universal, por lo que sugiere que un texto puede tener un significado que está más allá de la comprensión de su autor.
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