Castillo
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Castillo, vivienda fortificada del rey o de un señor feudal y de los miembros de su corte, habitual durante toda la edad media. Durante este periodo, Europa se encontraba en constante pie de guerra, de modo que se hizo necesaria una construcción capaz de resistir los ataques y los asedios (véase Fortificaciones). Además de servir de refugio para el rey o el señor y sus gentes, los castillos también cumplían otros cometidos, como prisión, custodia de riquezas, arsenales de armamento y máquinas de guerra o centros de administración local.
Los castillos más primitivos consistían tan sólo en una torre de madera construida sobre un terreno elevado y rodeada de una zanja. Al nivel del suelo se construía un montículo escarpado llamado mota. Como los métodos de asedio a los castillos se fueron perfeccionando, se hicieron necesarios uno o varios recintos de murallas o empalizadas, situados a cierta distancia de la mota. El espacio contenido dentro de estos recintos se conoce con el nombre de bastida o patio de armas. Hasta el siglo XI el sistema de defensa de mota y bastida fue el habitual en la mayoría de los castillos. Los muros exteriores se fueron haciendo cada vez más gruesos y se coronaron con galerías almenadas desde las que los defensores podían arrojar flechas o lanzar otro tipo de proyectiles.
El siguiente paso en la evolución de las fortificaciones fue la inclusión de la torre del homenaje dentro del patio de armas. Se trataba de una construcción fortificada, que se convirtió en el reducto central del castillo: si el enemigo conseguía romper la línea de defensa de las murallas exteriores, los habitantes del castillo se refugiaban en la torre. Esta edificación solía alcanzar los 12 o 15 m de altura y estaba rodeada por un grueso muro al que tan sólo se abrían saeteras (pequeños vanos abiertos en el muro desde donde se lanzaban flechas). La introducción de la torre del homenaje se asocia con los castillos normandos. Al principio ésta se levantaba sobre una planta rectangular, pero evolucionó hacia una planta circular cuando se comprobó que estas construcciones eran más sencillas de defender.
Las pequeñas trincheras o zanjas que servían como primera defensa de los castillos primitivos se reemplazaron con el tiempo por fosos más anchos y profundos, que en ocasiones se llenaban de agua. Un puente levadizo, que se podía bajar o subir desde el interior del castillo, franqueaba el paso por encima del foso. El punto débil del muro que ocasionaba el acceso a través del puente se defendía mediante un rastrillo, que consistía en una compuerta o reja de hierro que al subirse se alojaba en el muro y podía bajarse rápidamente para bloquear la entrada.
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