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Introducción; Tipos de encaje; Los primeros encajes y sus antecedentes; Siglos XVII y XVIII; Siglos XIX y XX
Encaje, tejido ornamental que consiste en un calado decorativo de hilos finos (metal, seda, algodón u otros) que se tornean, anudan o entretejen para formar un diseño sin que otro tejido o red independiente le sirva de apoyo. Según esta definición se diferencia de las telas de tejido abierto, como la gasa; del calado anudado, como la malla y el macramé; del encaje de lanzadera, que se hace con un hilo similar al del encaje de ganchillo anudado con una lanzadera pequeña; y del ganchillo y el punto (que se realizan anudando una sola hebra para convertirla en un tejido, por medio de un ganchillo en el primer caso, o de unas agujas largas en el segundo). Sin embargo, todas estas técnicas sirven para realizar tejidos delicados parecidos al encaje que, por lo general, suelen agruparse junto a los auténticos encajes. Más cercanos aún se encuentran ciertos tipos de bordado como el filet, el buratto o el de bastidor de tambor, que se hacen sobre una malla soporte, y, en especial, el calado deshilado y el cortado. El calado deshilado se consigue sacando los hilos del tejido, y el cortado cortando pequeños trozos de la tela. En ambos casos, con los hilos que se dejan se forman los motivos bordados y los espacios se rellenan tejiendo el encaje.
Existen dos tipos de encaje auténtico: el encaje a la aguja y el encaje de bolillos. Es difícil trazar una línea entre los bordados que se asemejan a los encajes y los propios encajes; de hecho, los primeros encajes a la aguja parecen derivados de las técnicas utilizadas en Italia para la elaboración del calado deshilado y el cortado. Sin embargo, el encaje de bolillos deriva en parte del macramé y de las técnicas de torneado utilizadas en la realización de borlas decorativas como remate de telas. Para hacer encaje a la aguja —tarea extremadamente difícil y que no suelen emprender los simples aficionados— se utiliza aguja, hilo y un pedazo de pergamino o papel. Después de dibujado el diseño sobre el pergamino, éste se une a la tela con unas puntadas iniciales que delinean el borde y, a veces, el dibujo esencial del encaje. A partir de entonces todos los puntos que se dan se sujetan a las puntadas iniciales, sin perforar el pergamino ni la tela. Una vez acabado el encaje, se retira el fondo, cortando las puntadas iniciales. Para unir los diseños y reforzar el encaje suelen darse unos puntos de sujeción, llamados puntos de brida o barrita, que pueden presentar también un diseño decorativo elaborado de tal forma que los dibujos del encaje queden unidos por una malla. Dicha malla se llama fondo o réseau. El encaje de bolillos se hace utilizando unos carretes llamados bolillos (pueden llegar a utilizarse hasta 1.200 en las piezas más complejas) y una almohadilla denominada mundillo. Sobre éste se sujeta con alfileres un patrón de papel o pergamino en el que está dibujado el diseño. Luego se cogen las puntas de los hilos enrollados en los bolillos y se entrecruzan y anudan alrededor de los alfileres que la artesana encajera va clavando sobre el patrón. Después, los hilos de los bolillos se van pasando unos por encima de otros trenzándose, entrecruzándose y torneándose a voluntad. Los diseños se conectan entre sí mediante unas bridas o un réseau. Tradicionalmente la mayoría de los encajes se hacían de lino blanco o, después de 1800, de algodón, aunque de vez en cuando se utilizaran hilos de seda o metálicos. En algunas ciudades se hicieron encajes negros, aunque los tintes podían dañar el hilo. Las máquinas para la fabricación de encajes aparecieron a mediados del siglo XVIII y su uso se extendió durante el siglo XIX, aunque no llegaron a dominar la producción hasta 1910. En el siglo XX la mayoría de los encajes hechos a máquina se elaboran con fibras sintéticas, como el rayón, y en una gran variedad de colores.
Hasta nosotros han llegado telas parecidas a los encajes, como la gasa y el tul bordados, o labores de calado deshilado y cortado, provenientes del antiguo Egipto y de Perú, así como bordados multicolores sobre malla de la Europa medieval. Sin embargo, el encaje auténtico no aparece hasta el renacimiento; es entonces cuando surgen el encaje a la aguja, que se cree originario de Italia, y el encaje de bolillos, probablemente originario de Flandes. Ambos datan de mediados del siglo XVI. Al parecer los encajes españoles son de origen árabe. Los primeros se hicieron a la aguja, técnica que pasaron a los Países Bajos durante la dominación española; a cambio aprendieron de los holandeses la técnica del encaje de bolillos. En el siglo XVI España ya era un centro exportador de encajes, destacando el llamado punto de España. Se cree que estos bellos encajes polícromos ya se fabricaban en las juderías de Toledo en los siglos XII al XV. Con la expulsión de los judíos el mercado de encajes sufrió una fuerte recesión y empezaron a comprarse en el extranjero. Por ello se dictó una ley que prohibía la importación de encajes excepto los necesarios para el culto. En algunas ocasiones los encajes antiguos se denominan punto in aria (punto en el aire). Los tipos de encaje más famosos del siglo XVI estaban hechos a la aguja: el punto a fogliami (punto de hojas), con ondulantes diseños de hojas y flores, y el reticella, que presenta dibujos geométricos, especialmente cuadrados y círculos (el reticella también era un tipo de bordado calado). El encaje se convirtió en un artículo de lujo de gran demanda, en parte debido a sus diseños geométricos claramente definidos, muy al gusto renacentista. También contribuyeron razones económicas: los alfileres (que eran necesarios para la elaboración del encaje de bolillos) ya no tenían un precio prohibitivo y la mejor calidad de los jabones hacía más fácil el lavado de los tejidos blancos, tan delicados y caros. Durante los siglos XVII y XVIII las gorgueras, los cuellos, los adornos de encaje para zapatos, los chales, mantillas, delantales y sombreros, y las calzas de lino adornadas con puntillas que se llevaban sobre las medias, eran aderezos en la vestimenta de damas y caballeros de la nobleza y de los sacerdotes. También se comenzaron a utilizar encajes en los elementos del culto religioso y en las casas para la ropa de cama y mesa. Los libros de patrones para encajes tenían mucha aceptación. En un primer momento estuvieron destinados a la nobleza y la realeza pero, más adelante, pasaron a incluir instrucciones prácticas para un público más amplio.
Los principales centros productores de encajes durante los siglos XVII y XVIII se encontraban en Italia (sobre todo en Venecia y Milán), Francia y Flandes. Luis XIV fundó y subsidió industrias encajeras en Francia y prohibió la importación de encajes. A finales del siglo XVII los diseños simétricos del renacimiento dieron paso a elaborados diseños barrocos. Entre los tipos más importantes de encaje del siglo XVII se cuentan el gros point de Venise (punto Venecia de relieve grueso), con grandes volutas en forma de hojas, realizadas en grueso relieve y sostenidas por bridas; el punto alla rosa (punto a la rosa) de origen algo posterior, también veneciano, en el que los diseños son más pequeños y las bridas más numerosas y alargadas, y el point de France (punto de Francia), un encaje muy delicado en el que las bridas se reemplazan por el réseau. Todos ellos son encajes a la aguja, aunque los encajes de bolillos también habían alcanzado un gran desarrollo, particularmente en Génova, Milán, Flandes y Cataluña, donde existía una rica industria en muchos pueblos de la Costa Brava. Además del punto de España ya se realizaban otras variedades, destacando la blonda bordada, con la que se confeccionaban las típicas mantillas, que llegaron a ser una especialidad exclusiva de la artesanía española. Durante el siglo XVIII los encajes flamencos, más delicados y ligeros, competían en popularidad con los encajes a la aguja italianos, y Francia y Flandes pasaron a ser los centros principales en la producción de encajes. Entre los tipos más admirados se encontraban el point d’Angleterre (punto de Inglaterra), que era un encaje de bolillos con una malla de seis capas llamada vrai réseau (fondo auténtico), y otros encajes de bolillos como el de Malinas y el de Valenciennes. A partir del punto francés del siglo XVII se desarrollaron dos nuevos estilos: el Argentan, de punto apretado sobre malla muy abierta, y el Alençon, de gran delicadeza. También se establecieron otros pequeños centros de elaboración de encajes en Inglaterra y en Alemania. Los delicados dibujos de principios del siglo XVIII reflejaban el gusto rococó, pero hacia 1800 empezó a predominar un estilo caracterizado por los fondos muy finos, de malla abierta y poco ornamentados.
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