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Restauración (España), en sentido estricto, restablecimiento de la monarquía española en la persona de Alfonso XII (diciembre de 1874 o enero de 1875, según hagamos caso a su proclamación o a su coronación), perteneciente a la Casa de Borbón e hijo de la destronada Isabel II; si bien se trata de una etapa que, en puridad, abarcó el reinado del propio Alfonso XII (1874-1885) y la regencia de María Cristina de Habsburgo-Lorena (1885-1902). A partir de 1902, con la mayoría de edad de Alfonso XIII, se puede considerar el comienzo de un nuevo periodo, de carácter regeneracionista, truncado por la dictadura de Miguel Primo de Rivera (1923-1930), que desembocaría en 1931 en el comienzo de la II República. En un sentido mucho más amplio, el periodo conocido historiográficamente con el nombre de Restauración duraría los reinados completos de Alfonso XII y de Alfonso XIII, incluyendo, por supuesto, los periodos de regencia y la propia dictadura de Primo de Rivera, esto es, desde diciembre de 1874 (o enero de 1875) hasta el 14 de abril de 1931, fecha de proclamación de la II República. La Restauración nació de un pronunciamiento militar llevado a cabo por Arsenio Martínez Campos el 29 de diciembre de 1874, pero fue encauzada por la vía civilista por Antonio Cánovas del Castillo, el cual actuó de forma autoritaria durante el primer quinquenio. En este periodo, se elaboró la nueva Constitución (1876) y se pacificó el país: fin de la tercera Guerra Carlista (1876) y Paz de Zanjón en Cuba (1878).
Los dos pilares básicos del nuevo régimen fueron la Constitución y un sistema político turnista (alternancia en el poder de los dos principales partidos). La Constitución, de carácter moderado, no impidió el sufragio universal (1890) y prohibió la censura previa en los medios de comunicación. Tenía, sin embargo, dos aspectos que conviene destacar: las prerrogativas que se le otorgaban al monarca eran muchas, el rey además de reinar podía gobernar (lo que aprovechará el futuro Alfonso XIII) y, en esta misma línea, las Fuerzas Armadas pasaban a depender directamente del monarca, postergando a un secundario papel al respectivo gobierno de turno. Aspecto que llevará a la larga a vincular directamente las Fuerzas Armadas al monarca, por encima del poder civil, lo que se demostró como muy perturbador para el civilismo (poder político) en España. La Constitución de 1876 tuvo, hasta el presente, la vigencia más larga de la historia de España; que teóricamente duró hasta la llegada de la II República (1931), aunque en la práctica, se convirtió en ‘letra muerta’ con la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930). En cuanto al sistema político (canovismo) se trató de un bipartidismo turnista, pese a la existencia de otra serie de partidos comparsas. Dos fueron los partidos alternantes: el Conservador, liderado por Cánovas, y el Liberal (fusión de grupos constitucionalistas), a cuya cabeza estuvo Práxedes Mateo Sagasta. Junto a ambos partidos se encontraban, por la derecha, el carlismo, y, por la izquierda, los diversos grupos republicanos, el socialismo (el Partido Socialista Obrero Español, PSOE, y la Unión General de Trabajadores, UGT) y el anarquismo. La alternancia entre conservadores y liberales, casi con igual duración, resultaba perfecta. Sin embargo, tal regularidad escondía la presencia real de un sistema parlamentario viciado por el caciquismo, que al pervertir los resultados electorales imponía gobiernos desde arriba, de acuerdo con los intereses de una minoría oligárquica. Fueron las familias políticas (los denominados ‘amigos políticos’) las que, a través del juego de la confianza real, se turnaban en el usufructo del poder. La corrupción del sistema se denunció desde muy pronto, pero en la práctica resultó imposible de eliminar.
Se pueden distinguir dos momentos de signo bien distinto, con un epílogo desastroso: la década de 1880, que resultó claramente positiva (prosperidad), y la de 1890, que desembocó en las guerras de Cuba e Hispano-estadounidense (1895-1898) y en la pérdida colonial (1898). Los motores socioeconómicos giraron especialmente, dentro de una economía fundamentalmente rural, sobre las burguesías: textil (catalana), harinera (castellana), ferretera (vasca), vinatera (andaluza y manchega, así como la de las cuencas del Ebro y del Duero) y comerciante (mediterránea). La pérdida de las colonias (Cuba, Puerto Rico, Filipinas y las islas Marianas) perjudicó especialmente a los grupos catalanes y castellanos.
Los denominados ‘años bobos’ recibieron su denominación de la nueva clase burguesa, nuevos ricos que se hicieron presentes de forma ostentosa en la sociedad del fin de siglo. Su impronta se dejó sentir en la creación de nuevos escenarios, como teatros, casinos o ateneos; en el marco urbano, aprovechando el espacio vacío que las desamortizaciones habían liberado, se fue diseñando una nueva red de intereses: apertura de calles, transporte, uso de la electricidad (avanzada la década de 1880) y otra serie de servicios. Una burguesía que en algunos casos consiguió incluso títulos nobiliarios. Mientras, a su lado, se fue desarrollando, especialmente en las zonas más industrializadas (Cataluña o Madrid), un obrerismo cada vez más numeroso, organizado y reivindicativo. Sobresalía especialmente el anarquismo, casi siempre ilegalizado, por su cuantía y grado de agresividad, que en situaciones críticas recurrió a la propaganda ‘por el hecho’, o sea, a actos terroristas. También el socialismo —cuya principal figura era Pablo Iglesias—, a partir de 1879 consiguió establecer su primer núcleo organizativo, especialmente en el área madrileña.
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