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Introducción; Nacimiento de Castilla; El reino de Castilla; La economía y la sociedad castellanas; La organización política; Aspectos culturales
Condado y reino de Castilla, denominaciones sucesivas que recibieron los territorios situados al este del reino de Asturias, en la península Ibérica, nacidos durante la alta edad media. El condado surgió vinculado al proceso repoblador del valle del Duero, alcanzando su mayor extensión en el siglo X. La primera mención de Castilla aparece en un documento del año 800 relativo a la actividad colonizadora de unos eclesiásticos en el valle de Mena, al norte de Burgos. Al iniciarse la repoblación, el sector septentrional de la meseta Central (la submeseta Norte) era una “tierra de nadie” entre al-Andalus al sur y el reino asturiano al norte. Tras la salida de los bereberes asentados al norte del Duero y las campañas de saqueo del rey asturiano Alfonso I a mediados del siglo VIII, este territorio se constituyó como una amplia frontera entre los dos poderes. La escasa población asentada en el valle del Duero estaba desorganizada política y administrativamente, lo que permitiría desarrollar un intenso proceso repoblador. En el siglo X, Castilla se hallaba dividida en condados y se extendía entre el río Pisuerga al oeste, el sistema Ibérico al este, la cordillera Cantábrica al norte y el río Duero al sur.
Dentro del reino de Asturias, Castilla se configuró como una zona fronteriza expuesta a las razias que los musulmanes dirigían desde el valle del Ebro, lo que explica la existencia de abundantes fortificaciones. Frente al reino de León, surgido a principios del siglo X como consecuencia del desmembramiento del reino de Asturias, Castilla ofrecía notables singularidades. En este territorio el elemento popular tuvo una fuerza excepcional, debido al protagonismo que en su repoblación tuvieron cántabros y vascones, gentes apenas romanizadas y con peculiares formas de organización. El pasado gentilicio de los pobladores se reflejó en la importancia de las comunidades de aldea. La sociedad presentaba una menor estratificación que en el resto del reino asturleonés. La situación fronteriza desanimó a los magnates y grandes monasterios a establecerse en este territorio, en tanto que abundaron los pequeños propietarios libres y los caballeros villanos, gentes de origen popular con medios económicos para costearse caballo y armas, que sí afrontaron dicha empresa. El alejamiento de la corte impulsó a los castellanos a regirse por la costumbre y no por el Liber Iudiciorum (también conocido como Fuero Juzgo, promulgado en el 654 por el rey visigodo Recesvinto), vigente en León. En la memoria colectiva se hablaba de jueces de elección popular y, según la tradición, las copias del Liber Iudiciorum acabaron siendo quemadas. Sin duda se trataba de una leyenda, pero manifestaba la voluntad autonomista de Castilla respecto al centralismo regio. Castilla fue también innovadora en el terreno lingüístico y cultural. La lengua castellana (española) nació como herencia del latín vulgar y del influjo de las lenguas habladas en las zonas limítrofes, como la vasca. Frente a la cultura eclesiástica predominante en León, en Castilla triunfó la cultura popular. Desde el punto de vista político, a principios del siglo X, la submeseta Norte estaba dividida en condados cuyas autoridades actuaban de forma independiente bajo la soberanía del rey leonés. A lo largo de la primera mitad del siglo, sin embargo, se produjo una reunificación de los condados y se afirmó la independencia con respecto al reino de León. Su principal artífice fue Fernán González. Este personaje, perteneciente a la familia de Lara, formó un núcleo compacto al recibir del rey leonés Ramiro II los condados de Burgos, Lantarón, Álava, Lara y Cerezo. Desde el 932, Fernán González aparece en la documentación con el título de conde de Castilla, aunque tal vez desempeñara tal distinción desde dos años antes. Participó junto a Ramiro II en la batalla de Simancas, librada contra el fundador del califato de Córdoba, Abd al-Rahman III, en agosto del 939, y dirigió la repoblación de la localidad segoviana de Sepúlveda un año después. Aprovechando la crisis desatada en León a la muerte de Ramiro II, en el 951, Fernán González amplió sus dominios y afianzó la autonomía de Castilla. A su muerte, acaecida en el 970, los condados pasaron a su hijo, García I Fernández, quien actuó como señor independiente desde entonces hasta el 995, aunque al igual que su padre respetó los vínculos que le ligaban con los monarcas leoneses. Su gobierno coincidió con la ofensiva militar que el caudillo musulmán Almanzor dirigió contra los núcleos cristianos y supuso la pérdida condal de las plazas situadas al sur del Duero. Su hijo y sucesor, Sancho I García (995-1017), intervino activamente en las disputas internas del califato de Córdoba. Con su prematura muerte, el condado de Castilla pasó a García II Sánchez (1017-1029), quien fue asesinado por la familia alavesa de los Vela, por lo que el condado fue transferido a su hermana Munia, casada con el rey de Navarra Sancho III el Mayor. Algunos historiadores, como Claudio Sánchez Albornoz, han resaltado la importancia de las particularidades de Castilla para explicar la desvinculación de León. En la actualidad, sin embargo, se insiste en las similitudes de Castilla con los grandes principados del Imperio dominado por la dinastía Carolingia. De ahí que los investigadores recientes no duden en calificar a Castilla de principado feudal. Desde el punto de vista social y económico, Castilla experimentó importantes transformaciones durante los siglos IX y X. La repoblación, basada en el sistema de presura, permitió la implantación de un tipo de sociedad en la que predominaban los campesinos libres propietarios de sus tierras, organizados en comunidades de aldea. Pero el posterior avance de la gran propiedad supondría el sometimiento del campesinado a los poderosos, la desintegración de las comunidades de aldea y, en definitiva, la implantación de la sociedad feudal.
El condado de Castilla se convirtió en reino a mediados del siglo XI. Temporalmente, se vinculó al reino de Navarra, pero tras la muerte de Sancho III el Mayor en el 1035 el condado pasó a su hijo Fernando I, quien lo gobernó con el título de rey. A los pocos años, éste se enfrentó con el soberano leonés Vermudo III, al que en el 1037 derrotó y dio muerte en la batalla de Tamarón. El primer monarca castellano, casado desde el 1032 con la infanta leonesa Sancha, hermana de Vermudo III, asumió la condición regia tanto en sus dominios patrimoniales castellanos como en León. Tras la muerte en el 1065 de Fernando I, Castilla y León se separaron. Pero esta situación se modificó al poco tiempo, primero fue Sancho II (1065-1072) quien consiguió establecer su hegemonía, pero con su muerte en el cerco de Zamora, los reinos de Castilla y León quedaron bajo la soberanía de Alfonso VI desde el 1072 hasta 1109. La unión se mantuvo durante los reinados de Urraca (1109-1126) y Alfonso VII (1126-1157). Desde la muerte de Alfonso VII los reinos quedaron separados hasta 1230, fecha en la que Fernando III el Santo protagonizó una nueva fusión de Castilla y de León que resultaría definitiva. Durante los siglos XI al XIII, la actividad más importante de los núcleos cristianos fue la Reconquista y repoblación del territorio musulmán. Fernando I inició la ofensiva militar aprovechando la fragmentación política de al-Andalus tras el hundimiento del califato de Córdoba en el 1031 y el consiguiente surgimiento de los reinos de taifas. Fue, sin embargo, su hijo Alfonso VI quien dio el paso decisivo al ocupar Toledo en el 1085. Esta conquista posibilitó la repoblación del territorio situado entre el Duero y el sistema Central, conocido como las Extremaduras, donde surgieron comunidades de villa y tierra. A partir de ese momento, el avance de los castellanos y leoneses tuvo altibajos como consecuencia de la llegada a la península Ibérica de los almorávides, a finales del siglo XI, y de los almohades, una centuria más tarde. A pesar de las dificultades, los castellanos prosiguieron su expansión a lo largo y ancho de la submeseta Sur. El punto de inflexión se produjo en julio de 1212, con la victoria cristiana sobre los almohades en la batalla de las Navas de Tolosa, que dejó abierta la expansión castellana sobre las tierras del Guadalquivir. A lo largo del siglo XIII, con la constitución desde 1230 de lo que se ha dado en llamar Corona de Castilla, el reino de Castilla pasó a conformar nominalmente dicha Corona junto con el de León, Galicia, Murcia y, desde 1492, Granada.
La Reconquista debe entenderse como una manifestación más del despegue económico, social y político de Castilla durante estos siglos. La expansión económica se tradujo en el crecimiento de la producción agropecuaria y artesanal, en la intensificación de las relaciones comerciales y en el desarrollo del mundo urbano. La agricultura no experimentó cambios importantes, pero la trashumancia de la ganadería ovina progresó espectacularmente, hasta convertirse en el eje de la economía castellana. El avance militar permitió la incorporación de territorios semivacíos y con abundantes pastos, especialmente en la submeseta Sur. Aunque el mundo rural seguía siendo predominante, desde el siglo XI se observa un importante crecimiento de la vida urbana. El desarrollo de las villas y ciudades fue resultado de la expansión económica y de la creciente división del trabajo, condiciones que exigían la existencia de núcleos de población especializados en la producción de manufacturas y en la práctica del comercio. El motor por excelencia del desarrollo urbano fue el Camino de Santiago, pero el fenómeno no fue exclusivo de la ruta jacobea. Las ciudades se desarrollaron también en la fachada septentrional, en las llanuras del Duero y en las Extremaduras. La actuación de los poderes públicos fue decisiva al otorgar fueros a los nuevos núcleos y al crear en ellos ferias y mercados. En las ciudades se desempeñaban numerosos oficios cuya producción se destinaba al consumo local: carniceros, vinateros, sastres, zapateros, carpinteros o herreros. Algunas actividades sobrepasaron este marco y se orientaron al gran comercio, como las ferrerías guipuzcoanas, o la construcción naval localizada en el mar Cantábrico y en la ciudad de Sevilla, que fue reconquistada en 1248, cuando ya se había formado la Corona de Castilla. Pero la actividad industrial que consiguió mayor desarrollo fue la textil. Castilla tenía inmejorables condiciones para fomentar esta actividad al contar con una abundante materia prima, especialmente la lana. Las expectativas no se cumplieron, pero en el siglo XIII la industria textil castellana estaba en claro proceso de crecimiento. Entre las principales ciudades pañeras destacaron Soria, Segovia, Zamora, Palencia y Toledo. Los artesanos se organizaron en cofradías religiosas que fueron adquiriendo progresivamente el carácter de asociaciones de oficios. Paralelamente, el comercio experimentó un auge espectacular, debido al aumento de la producción y de la demanda. Asimismo el incremento de la circulación monetaria fue un estímulo para las transacciones comerciales. Alfonso VII acuñó maravedís de oro, pero muy pronto dejaron de acuñarse y se convirtieron en moneda de cuenta. Circulaban también monedas de plata y monedas de vellón, llamadas dineros. Al mismo tiempo, se desarrollaron diferentes tipos de mercados: permanentes, semanales y anuales o ferias. Estas instituciones estaban especialmente protegidas por los poderes públicos. Los cambios afectaron también a la organización social. Jurídicamente, la sociedad estaba dividida en tres estamentos: los defensores, los oradores y los laboratores. Cada uno de ellos desempeñaba una función: los miembros de la nobleza, la defensa del cuerpo cristiano; los eclesiásticos, la salvación eterna de los fieles; los trabajadores, el mantenimiento del cuerpo social. De acuerdo con la importancia de cada función, se derivaba la existencia o no de privilegios jurídicos y fiscales. Este esquema, elaborado por los ideólogos de la época, tenía la función de justificar y fortalecer las relaciones sociales vigentes, es decir, la preeminencia de la nobleza y de la Iglesia sobre el resto de la sociedad. Al margen de estas divisiones jurídicas, la sociedad medieval se articulaba en torno a dos clases fundamentales: los señores y los campesinos. Los señores contaban con medios económicos y extraeconómicos para obtener una parte sustanciosa de la riqueza social, mientras que los campesinos se encontraban en situación de dependencia. Esta dicotomía social tenía su reflejo en el mundo urbano entre la aristocracia y la clase popular. El origen social de la aristocracia urbana de Castilla se encontraba tanto en los caballeros militares como en los burgueses, enriquecidos con la práctica del comercio. Esta clase ostentaba el poder económico, social y político de las ciudades. Frente al patriciado urbano, el sector popular estaba compuesto por pequeños artesanos, obreros sin cualificar, comerciantes modestos y campesinos.
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