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Monarquía Hispánica

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Alegoría de la monarquíaAlegoría de la monarquía
Esquema
1

Introducción

Monarquía Hispánica, entidad política formada por el conjunto de los territorios pertenecientes a los soberanos españoles de la Casa de Habsburgo, cuya existencia se prolongó desde 1516 hasta 1700. Llamada asimismo Monarquía de los Austrias (por ser éste el nombre con el que se conoce también a los Habsburgo españoles), Católica, Castellana y de España o Española.

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Ámbito territorial

Sus orígenes se hallan en el reinado de los Reyes Católicos, que dio comienzo en lo que se refiere a Castilla en 1474, en tanto que su final definitivo suele ser puesto en relación con la firma de los Tratados de Utrecht, acordados entre 1713 y 1715, cuando ya la Casa de Borbón había sucedido a la de Habsburgo en el trono hispano. El matrimonio en 1469 de Isabel y Fernando, futuros reyes de Castilla y Aragón, sentó las bases para que las dos grandes coronas —o conjuntos de reinos, esto es la Corona de Castilla y la Corona de Aragón— de la entidad política que habría de denominarse España pasaran a manos de un único rey, el heredero de ambos, que recibiría también los reinos y territorios conquistados o adquiridos por ellos: Granada, Nápoles y Navarra, además de las islas Canarias, una serie de plazas en el norte de África y los amplios espacios americanos avistados desde 1492 por Cristóbal Colón, la mayor parte de los cuales estaba aún por descubrir y conquistar.

La Monarquía Hispánica se convirtió en un formidable conjunto territorial como consecuencia de la confluencia, en parte fortuita, en la persona del emperador Carlos V (Carlos I de España) de cuatro grandes líneas dinásticas: la castellana con las Indias (heredada de su abuela materna, Isabel I la Católica), la aragonesa con sus posesiones mediterráneas (proveniente de su abuelo materno, Fernando II el Católico), la de Borgoña y los Países Bajos (de su abuela paterna, María de Borgoña), y la de la Casa de Habsburgo con el Sacro Imperio Romano Germánico (herencia de su abuelo paterno, el emperador Maximiliano I, título imperial al que Carlos accedió por elección en 1519). Otro gran incremento territorial, añadido al que en 1540 supuso la anexión del Milanesado efectuada por el Emperador, se produjo en 1580, cuando el hijo de Carlos V, Felipe II, incorporó Portugal y su Imperio ultramarino, que permanecieron en el seno de la Monarquía hasta mediados del siglo XVII.

3

Características

Se constituyó así una realidad política que no sólo se asentaba sobre amplias zonas de Europa, sino que tenía a su vez súbditos en varios continentes. Sin embargo, tal como ocurriera con los Reyes Católicos, y de acuerdo con la tradición política federal de la Corona de Aragón, cada uno de los reinos y territorios mantuvo sus instituciones, leyes y privilegios así como su moneda y aduanas. No se produjo, por tanto, ningún proceso de integración o fusión dentro del conglomerado que fue dado en llamar Imperio español.

Pese a que el título imperial no llegó a ser heredado por los sucesores españoles de Carlos V, la Monarquía Hispánica fue, por sus características, un auténtico Imperio, en el que, sin embargo, la autoridad superior del soberano apenas fue mas allá de la que se le reconoció en cada uno de los reinos y territorios.

La naturaleza de las relaciones entre el monarca y sus súbditos era enormemente heterogénea. En la Corona de Castilla, la capacidad de acción de la instancia real era muy superior a la que el rey tenía en cada uno de los territorios integrantes de la Corona de Aragón, en Navarra, los territorios italianos o Flandes, en la mayoría de los cuales el modelo político se basaba en un pactismo entre el rey y los estamentos del reino, que limitaba fuertemente la autoridad real.

En la Monarquía coexistían diferentes naciones, múltiples tradiciones políticas y varias lenguas. La lealtad al rey era, en principio, el único elemento de cohesión. Por ello, se hizo necesario dotar a la Monarquía de un sustrato ideológico que le proporcionase una mayor unidad y que le identificara, y este elemento no fue otro que la religión católica.

Mas allá del hecho dinástico, el catolicismo permitió entroncar con la tradición de la Reconquista medieval y con la idea imperial. Carlos V, al igual que sus antecesores en el Sacro Imperio, actuó como el brazo armado de la cristiandad, pero también como el defensor de la ortodoxia católica frente a la ruptura de la Iglesia a partir de la Reforma protestante. La Monarquía iniciaba así un camino hacia la ideologización católica que se completó en tiempos de Felipe II, después del Concilio de Trento (1545-1563), y que la alejaba de la vía iniciada por Fernando II el Católico hacia un modelo de Estado nacional, similar a otros estados europeos de comienzos de la edad moderna.

La Monarquía, denominada Hispánica por tener su centro en España, resultó ser, en realidad, mucho mas castellana que hispana. La mayor riqueza demográfica y económica de la Corona de Castilla, y la fuerza en ella de la autoridad regia la convirtieron, ya desde la monarquía dual de los Reyes Católicos, en la base territorial, el núcleo desde el que se gobernaba, y en el que se creaba la ideología, pero también la principal fuente material (de dinero y de recursos humanos) para la política conjunta. Los cargos, honores y puestos políticos y administrativos recayeron preferentemente en manos de castellanos, lo que contribuyó a que las clases dirigentes de otros territorios hispánicos —y no sólo en la península Ibérica— vieran en ocasiones a la Monarquía como algo ajeno. Tal fenómeno de extrañamiento, que no fue exclusivo de las clases dirigentes, se vio reforzado por hechos como la progresiva expansión del castellano como lengua dominante, o el avance del absolutismo monárquico, que provocaron roces y tensiones constitucionales.

A pesar de todas estas dificultades, la organización burocrático-administrativa de esta realidad política tan compleja resultó modélica. Los consejos que con carácter consultivo actuaron en la corte en apoyo regio fueron la manifestación visible de la compleja maquinaria política utilizada por la Casa de Habsburgo hispana. Pero el gran problema de la Monarquía era su difícil viabilidad en un mundo en el que el ideal de cruzada y la idea imperial se iban debilitando lentamente en favor de unos estados que tendían a identificarse con el hecho nacional. El fracaso del Imperio hispano de los Austrias y el cuño claramente castellano de la idea de España desarrollada durante los siglos XVI y XVII dieron paso a un siglo XVIII en el que, perdidas todas las posesiones europeas exteriores a la península Ibérica, tras la firma de los Tratados de Utrecht (que comenzaron a acordarse en 1713), no se había resuelto aún la cuestión básica de la vertebración política de España. La solución centralista y uniformadora, impuesta por la nueva dinastía de la Casa de Borbón, no serviría más que para aplazar y enconar los problemas.

Los reyes que se sucedieron hereditariamente para gobernar la Monarquía Hispánica fueron: Carlos I, que lo hizo desde que en 1516 su entronización supusiera el relevo de la Casa de Trastámara por la nueva Casa de Habsburgo hasta que en 1556 abdicó en su hijo, Felipe II, quien reinó a partir de ese año y hasta su fallecimiento, acaecido en 1598; Felipe III, durante cuya estancia en el trono (1598-1621) comenzó la pérdida de la hegemonía europea de España y se produjo la introducción de la figura del valido; Felipe IV, el cual asistió entre 1621 y 1665 a la más evidente decadencia del poder de su dinastía, con el inicio en 1640 de la separación del reino de Portugal y la definitiva pérdida de las Provincias Unidas en los Países Bajos tras la firma del Tratado de Münster en 1648; y Carlos II, el último de los Austrias, cuyo fallecimiento en 1700 sin descendencia originó la guerra de Sucesión española y la sustitución de la Casa de Habsburgo por la Casa de Borbón en el trono hispano.

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