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Guerra de Separación de Portugal

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Juan IV el AfortunadoJuan IV el Afortunado

Guerra de Separación de Portugal, conflicto iniciado en 1640, que finalizó en 1668 con la independencia definitiva del reino de Portugal de la Monarquía Hispánica.

La política del conde-duque de Olivares supuso la culminación del progresivo descontento político vivido en Portugal por la falta de respeto y reconocimiento hacia el reino y hacia lo acordado por Felipe II en 1579, en los artículos de Lisboa. El derecho de exclusivismo, calificado también como 'indigenato', debería haber garantizado para los portugueses todos los cargos del aparato estatal, militares y de defensa metropolitana e imperial, pero los castellanos los fueron copando. Asimismo, se incumplió lo estipulado con respecto a las formas de gobierno delegado en caso de absentismo real, que debía circunscribirse al virreinato de sangre y a la gobernación integrada por naturales. Aunque en ese momento la Corona estaba representada por Margarita de Saboya, prima de Felipe IV, en realidad era asesorada por castellanos.

El descontento se agravaba porque a la negativa coyuntura económica (pérdida del monopolio comercial, incremento de los ataques holandeses y escasez cerealista), se sumaba la subida de la tributación extraordinaria y la desnaturalización del fisco lusitano. Todo ello produjo alteraciones en 1637 en Évora, Alentejo y Algarve. En marzo del siguiente año se había vencido la oposición y se proclamó un perdón general. La existencia de un descendiente directo al trono, don João (Juan) de Braganza —el futuro Juan IV de Portugal—, permitió que este descontento se encauzara hacia la separación de los Austrias (Habsburgos españoles). Si bien, aunque en estas alteraciones don João había sido aclamado como rey de Portugal, se mantuvo en la retaguardia hasta los últimos meses.

La situación para Felipe IV, con la balanza inclinada en su contra en la guerra de los Treinta Años y la exigencia del conde-duque de Olivares a la nobleza portuguesa de que se uniera a la campaña militar contra los catalanes —que en 1640 habían iniciado una rebelión contra su política—, fueron determinantes en los apoyos al movimiento separatista.

El 1 de diciembre de 1640, con gran secreto se tomó el pazo (casa de campo) donde residía la virreina, se dio muerte a Miguel de Vasconcellos, secretario del Consejo del Reino, se consiguió la rendición del gobernador del castillo de San Jorge y la de las naves castellanas fondeadas en el Tajo. Pronto el nuevo reino tuvo apoyo internacional, salvo de la Santa Sede que junto con España no asumió la separación hasta el Tratado de Lisboa (1668). En estos años el enfrentamiento militar se limitó a acciones fronterizas puesto que las tropas de Felipe IV se encontraban en Cataluña y en Centroeuropa.

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