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Toreras

Artículo de la enciclopedia
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Conchita CintrónConchita Cintrón
Esquema
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Introducción

Toreras, mujeres que torean o han toreado novillos o toros, ya sea a pie o a caballo.

La presencia de la mujer en los tendidos nunca o casi nunca ha sido discutida —hasta el punto incluso de afirmar que “si el torero torea es para que la mujer le mire”—, pero no ocurre lo mismo en cuanto pisa, y más si pretende hacerlo vestida de luces, el ruedo. Este asunto ha ocasionado, tanto como la fiesta misma, con sus defensores y detractores, las opiniones más opuestas.

De hecho, la mayor parte de los diccionarios de tauromaquia ni siquiera recogen la voz torera, sino que las definen casi siempre —con absoluto desprecio a sus distintas inscripciones en el Registro Civil— como ‘señoritas toreras’.

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Torear el machismo

La oposición a que las mujeres toreen, más estricta aún en el caso del toreo a pie, procede, fundamentalmente, del machismo propio del mundillo taurino y, por extensión, del que predomina y ha predominado endémicamente en la sociedad hispana. Prueba de ello podría ser el hecho de que, por ejemplo, Rafael Guerra, Guerrita no torease nunca en plaza alguna donde lo hubiera hecho antes Ignacia Fernández, la Guerrita, o que María Salomé, la Reverte, quizás la torera con más cartel a principios del siglo XX, fuera tildada de marimacho, se dudara de su condición de mujer e, incluso, se viera obligada a anunciarse con el nombre de Agustín Rodríguez.

El 2 de julio de 1908, el gobierno de Antonio Maura prohibió que las mujeres toreasen a pie en las plazas españolas. No pudieron volver a hacerlo hasta la proclamación de la II República, que, sin permitirlo, pues permanecía vigente el Reglamento de 1930, no lo perseguía; hubo, no obstante, una nueva persecución durante el primer año del bienio negro.

El 10 de agosto de 1974, después de años de lucha y sinsabores de muchas mujeres, y especialmente de Ángela Hernández, fue finalmente derogado el artículo 49 párrafo C del Reglamento taurino de 1962, que prohibía a las mujeres torear. Hasta entonces, las que quisieron torear (no muchas, claro está) debieron hacerlo en América, especialmente en México, en cuya historia taurina se cuentan cuando menos 150 toreras.

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Breve semblanza histórica

De entre las primeras toreras que se tiene noticia, consta Nicolasa Escamilla, Pajuelera —apodo que proviene de su oficio, vendedora de pajuelas de azufre—, a la que retrató Goya, picando un toro, en el grabado nº 22 de su Tauromaquia con el título de: “Valor varonil de la célebre Pajuelera en la (plaza) de Zaragoza”.

Durante la primera mitad del siglo XIX, coincidiendo con la liberalidad de costumbres propiciada por el afrancesamiento, se sabe de bastantes mujeres que toreaban, interviniendo, eso sí, como alma de espectáculos populares, como las mojigangas. De ellas surgieron algunas figuras conocidas, como Martina García, o la más famosa de su época, Dolores Sánchez, la Fragosa.

En los últimos años de la década de 1870, Gustave Doré, quizás más por amores que por sus gestas toreras, realizó un retrato de Teresa Bolsi en el que ésta, más vestida de bailaora que de torera, se había deshecho de un enemigo astifino y monumental.

A pesar de las prohibiciones expresas o tácitas de que las mujeres tomasen parte activa en los espectáculos taurinos, en la década de 1930 muchas lo hicieron. De cuantas toreras aparecieron entonces, la figura más señera es, sin lugar a dudas, Juanita Cruz, cuya calidad y cuyos triunfos pusieron en más de un brete a sus compañeros y que contribuyó decisivamente a la abolición que se produjo en 1934. La Guerra Civil española rompió su carrera, y el triunfo de las fuerzas fascistas y la represión de los derechos civiles alentada durante la posguerra civil decidió, una vez más, la condición desigual de la mujer. Su dolor, su generosidad y su torería quedan perfectamente expresadas en la inscripción que reza en la lápida de su tumba en el cementerio de La Almudena, de Madrid, y que dice así: “A pesar del daño que me hicieron en mi patria, los responsables de la mediocridad del toreo de los años 1940 y 1950... ¡Brindo por España!”.

Caso excepcional —que, por otro lado, y si se atiende a su árbol genealógico, que mezcla etnias y procedencias, con exclusión de la española, y extiende sus actividades a Irlanda, Norteamérica, Perú y Chile, no sólo discute la supremacía del hombre frente al toro, sino incluso la inherencia del toreo con lo español— es el de Conchita Cintrón, seguramente la mejor torera que hayan visto los tiempos, pero que los españoles casi únicamente pudieron ver como rejoneadora.

Ángela Hernández (Alicante, 1946- ), sobrina y prima de toreros, además de pelear en los despachos y ministerios para que se derogara el artículo 49 párrafo C del Reglamento taurino de 1962, que prohibía torear a las mujeres, concilió su verdadera vocación, el toreo a pie, con el rejoneo compartiendo cartel con los principales caballeros de su época— y su dedicación al cine. El 15 de septiembre de 1974, poco más de un mes después de la derogación del artículo citado, Ángela Hernández hacía el paseíllo como novillera. No tuvo mucha suerte ni con los accidentes fuera del ruedo ni con las cogidas, pero, pese a ello, toreó, a lo largo de su vida profesional, más de 300 novilladas.

Otras toreras que compartieron aquella época fueron Blanca Inés Macías, Rosarito de Colombia; la vedette Alicia Tomás, que por torear abandonó los escenarios, y la que más fama logró, Maribel Atiénzar (Albacete, 1959- ), que toreó en las Ventas y tomó la alternativa como matadora en México, el 28 de noviembre de 1981. No pudo, sin embargo, alternar en España con sus renuentes colegas masculinos.

La aparición y el auge de las Escuelas de Tauromaquia han cambiado el panorama del aprendizaje del toro en los últimos años de 1980 y en los de 1990, y aunque ello no ha deparado la aparición de demasiadas toreras nuevas, sí una excepcional, Cristina Sánchez, hija del banderillero Antonio Sánchez, discípula de Juan Antonio Alcoba, Macareno, la primera mujer que ha abierto, como novillera, la Puerta Grande de las Ventas, y que ha sido incluida en la Feria de San Isidro. Tomó la alternativa en Nimes, el 25 de mayo de 1996, de manos, ni más ni menos, que de Curro Romero y actuó de padrino José Mari Manzanares.

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