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Esquema
Introducción; Antecedentes; El Compromiso de 1867; El auge del sistema: 1867-1895; La crisis en el interior y la pasividad en el exterior: 1895-1906; La amenaza exterior: 1906-1914; La I Guerra Mundial y la desaparición del Imperio Austro-Húngaro: 1914-1918
Imperio Austro-Húngaro, también denominado Monarquía Dual o, simplemente, Austria-Hungría, nombre que recibió el Imperio Austriaco ejercido por la Casa de Habsburgo a partir de su reorganización en conformidad con el Compromiso (Ausgleich) de marzo de 1867, hasta su desaparición en noviembre de 1918.
Una vez concluidas las Guerras Napoleónicas en 1815, el conjunto de territorios gobernados por la Casa de Habsburgo (hasta 1806 Sacro Imperio Romano Germánico e Imperio Austriaco desde 1804), volvió a recuperar su posición de gran potencia europea y tuvo que hacer frente a una serie de amenazas: en el interior, los diversos grupos nacionalistas de los territorios que conformaban el Imperio y los liberales insatisfechos con el régimen absolutista y centralizado desafiaban al poder; en el exterior, estados como los reinos de Piamonte-Cerdeña y Prusia se mostraban recelosos de la posición dominante que el Imperio había alcanzado en la península Itálica y en Alemania gracias al Congreso de Viena de 1815. Los gobernantes de la Casa de Habsburgo consiguieron hacer frente a estas presiones durante casi medio siglo con la ayuda del Ejército, la Iglesia católica y la burocracia, y con la tolerancia benevolente —y en ocasiones el apoyo armado— de Gran Bretaña y Rusia, dos de las grandes potencias con las que estuvieron aliados en la coalición antinapoleónica. De este modo, Austria-Hungría emergió en medio de la confusión creada por los experimentos constitucionales, los conflictos políticos y las guerras provocadas por las revoluciones que tuvieron lugar en Europa central en 1848 y 1849. En marzo de 1848, una revuelta liberal en Viena que acabó con el régimen centralista y conservador del canciller austriaco Klemens Metternich y que pronto se extendió por diversos territorios del Imperio que reivindicaban mayor autonomía política y parecían abocados a desmembrarlo. Sin embargo, el Ejército sofocó las revueltas, aunque el emperador Fernando I abdicó en 1848 a favor de su sobrino Francisco José I, que ejerció el poder de forma absoluta hasta su fallecimiento en 1916. No obstante, existían graves complicaciones. Hacia 1859, el Imperio Austriaco, después de haber perdido el respaldo de Rusia a causa de su neutralidad durante la guerra de Crimea (1853-1856), había sido prácticamente derrotada en la península Itálica por Francia y el reino de Piamonte-Cerdeña (que amalgamaba el proceso de unificación italiana), con la consiguiente pérdida de los territorios ocupados en 1815. Además, tenía que hacer frente a la creciente oposición de Prusia a su autoridad como líder de la Confederación Germánica. La debilidad interna del Imperio agravaba estos problemas: después de la derrota ante los independentistas italianos en 1859, el emperador Francisco José I había tenido que mantener algunas fuerzas en Hungría para reprimir posibles rebeliones provocadas por el descontento del pueblo; por otro lado, la situación financiera no mejoraba debido a la resistencia de la burguesía liberal alemana a proporcionar ayuda económica a un régimen absolutista y opuesto a la unificación alemana. Por ello, los primeros años de la década de 1860 fueron testigos de diversas experiencias constitucionales destinadas a proporcionar al Imperio armonía interna y a equiparle adecuadamente para defender sus otros intereses en Europa central. En virtud de la Patente de febrero de 1861 quedaba implantado un régimen constitucional que fue bien aceptado por los súbditos de los territorios alemanes, pese a ser boicoteado por los húngaros y no contar con la aprobación de muchos eslavos (entre otras cuestiones, la lengua alemana se establecía como el idioma oficial del Imperio). Sin embargo, los intentos llevados a cabo en 1866 para alcanzar un acuerdo político con Hungría se vieron desplazados ese mismo año por la derrota del Imperio Austriaco en la Guerra Austro-prusiana, y la disolución de la Confederación Germánica.
La conmoción ocasionada por la derrota frente a Prusia dio origen en poco tiempo al Compromiso de marzo de 1867 (en alemán, Ausgleich). El acuerdo creó una Monarquía Dual, separada por el río Leitha (afluente del Danubio): al oeste se encontraba el Imperio Austriaco (Cisleithania) y al este el reino de Hungría (Transleithania). Los pactos constitucionales de 1861 siguieron teniendo validez en el resto de la Monarquía Dual —aunque con algunas modificaciones, como se explicará a continuación— hasta 1918. Austria incluía a eslovenos, checos, polacos, rutenos, italianos y alemanes; Hungría consiguió un alto grado de autonomía en la gestión de sus asuntos internos que se materializó en la creación de su propio Parlamento en Budapest, en el que la elite magiar mantenía el control sobre las minorías rumanas, croatas, serbias y eslovacas gracias a un complicado sistema de “geometría electoral”. También se estableció la lengua húngara (o magiar) como el idioma oficial del reino de Hungría. En virtud de un nuevo Compromiso (Nagodba, en Húngaro) establecido en 1868, se le otorgaba al reino de Croacia una cierta independencia dentro del reino húngaro. No obstante, Francisco José I controlaba la política exterior gracias a un ministro de Asuntos Exteriores, a un ministro de Guerra y a un ministro de Hacienda comunes (este último proporcionaba los fondos requeridos en los otros dos ministerios); además, tenía a sus órdenes al Ejército Imperial y al Ejército Real, aunque no tenía autoridad sobre las guardias nacionales, que se encontraban bajo la jurisdicción de los respectivos parlamentos de Viena y Budapest. Los asuntos económicos que concernían a las dos monarquías —los aranceles, el Banco de Austria-Hungría y la cuota aportada a los fondos comunes de las dos partes de la Monarquía Dual— estaban regulados por un compromiso comercial que debía ser revisado cada diez años. El espíritu de estos acuerdos estuvo en vigor hasta el final de la unión, en 1918. Si se considera que los repetidos fracasos del periodo comprendido entre 1848 y 1865 habían confirmado que no era posible encontrar una solución que satisficiera a los diferentes grupos étnicos de la Monarquía Dual, y que ninguna organización que no tuviera en cuenta los deseos de los magiares podía alcanzar la estabilidad, puede decirse, en defensa del Compromiso, que permitió que el Imperio Austro-Húngaro continuara ejerciendo su función de gran potencia durante los cuarenta años siguientes y demostró ser el más perdurable de todos los pactos constitucionales acordados por Francisco José I. Sin embargo, este sistema no puso fin al conflicto político: incluso en Hungría, las instituciones comunes a ambos reinos suscitaban recelos, y desde 1888 hasta 1912 fue imposible conseguir el consentimiento húngaro para aumentar las tropas del Ejército común. Estas circunstancias debilitaron la posición de Austria-Hungría como gran potencia; el mismo efecto negativo produjo el enfriamiento de las relaciones de la Monarquía Dual con rumanos y serbios, motivado por la intervención húngara en los asuntos de Croacia y la política infligida por la elite magiar a las minorías rumanas y eslavas que residían en el reino húngaro. Esta fue la razón por la que el heredero de la corona imperial, el archiduque Francisco Fernando de Habsburgo, había planeado acabar con el poder de los magiares cuando ascendiera al trono. Sin embargo, el Emperador, pese a que jamás vacilaba en entablar una confrontación cuando se trataba de defender sus prerrogativas en asuntos internacionales y militares, nunca estuvo dispuesto a arriesgar el éxito del Compromiso acordado en 1867 desafiando el poder de los magiares en Hungría. Lo cierto es que Francisco José I llegó incluso a abandonar sus proyectos de establecer reformas constitucionales en Cisleithania, tales como el plan de 1871 —destinado a apaciguar los ánimos de los checos mediante la concesión de cierta autonomía al reino de Bohemia—, porque los magiares lo consideraron como un peligroso precedente. Pese a que el Compromiso demostró ser una solución duradera a los problemas planteados hacia 1860, también se convirtió con el paso de los años en una coraza que impidió a la Monarquía Dual llevar a cabo reformas constructivas.
Austria-Hungría disfrutó de una cierta tranquilidad tanto en el interior como en el exterior durante los veinte años siguientes a 1867. La calma acabó por prevalecer en Hungría gracias al gobierno firme de Kálmán Tisza, a pesar de que su partido de liberales leales al Compromiso de 1867 continuó manteniendo una actitud hostil hacia aquellas nacionalidades del reino húngaro que se negaron a adoptar la cultura magiar. Austria atravesó un periodo de reformas y prosperidad bajo los gobiernos liberales “alemanes” (1867-1879), que fueron seguidos del “anillo de hierro”, como se conoció a una coalición compuesta por eslavos y sectores conservadores, aristocráticos y radicales, encabezada por el amigo personal de Francisco José I, el conde Eduard Taaffe (1879-1893), que luchó con cierto éxito para mantener a los nacionalistas “en un estado moderado de insatisfacción”. Hacia 1871, los problemas de la Monarquía Dual en política exterior se habían simplificado tras la retirada del Imperio de las regiones que ocuparon el recién unificado reino de Italia y el flamante II Imperio Alemán. Su principal interés a partir de entonces se centró en mantener su situación económica, conservar su posición como gran potencia en la región de los Balcanes y, sobre todo, evitar que algunos estados (como Serbia o Rumania) rebasaran sus fronteras y reclamaran la anexión de los territorios rumanos y eslavos dominados por ella. Es obvio que este peligro sólo se haría efectivo en el caso de que tales estados consiguieran el apoyo de una gran potencia. La dinastía Habsburgo, en su afán por anticiparse a esta fatal combinación, mostró un alto grado de flexibilidad e ingenio al adaptarse a la cambiante situación internacional durante los cuarenta años siguientes a la proclamación del Compromiso. La guerra no resultaba una opción deseable en modo alguno si se tenía en cuenta la relativa debilidad de la Monarquía Dual y las derrotas que había sufrido Francisco José I en las décadas de 1850 y 1870; además, los magiares, los súbditos más belicosos y antirrusos, nunca consiguieron influir en la política exterior de Austria-Hungría. Los ministros de Asuntos Exteriores de Francisco José I manejaron acertadamente las distintas opciones posibles durante las décadas de 1870 y 1880; siempre en alianza con la Alemania gobernada por el canciller Otto von Bismarck consiguieron resistir los intentos rusos por ampliar sus territorios en los Balcanes: también lograron el apoyo de Gran Bretaña en el Congreso de Berlín (1878), en el que el Imperio Austro-Húngaro consiguió impedir la formación de un gran Estado serbio en su frontera meridional, encargándose de la administración de Bosnia-Herzegovina; y pactaron con Gran Bretaña e Italia la Entente Mediterránea de 1887, acuerdo apoyado por Alemania a pesar de la caída del cauteloso Bismarck en 1890. Los representantes del Imperio establecieron pactos defensivos (con el II Imperio Alemán en 1879 y con Rumania en 1883) ante el temor de un ataque directo por parte de Rusia; firmaron acuerdos para neutralizar y controlar a las naciones susceptibles de crear conflictos (con Serbia en 1881; con Italia —que se unió al pacto firmado con Alemania, formando la Triple Alianza— en 1882, y con Rumania en 1883); llegaron incluso a negociar tratados con Rusia, aunque presionados por Bismarck, interesado en estabilizar la situación de los Balcanes durante varios años: se formó así la Liga de los Tres Emperadores (1872-1878), que agrupó a los imperios Ruso, Alemán y Austro-Húngaro y se transformó en la Alianza de los Tres Emperadores (1881-1887). Todas estas gestiones permitieron a la Monarquía Dual salvaguardar su integridad sin llegar a la guerra.
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