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Imperio Austro-Húngaro

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El teatro de la Ópera, VienaEl teatro de la Ópera, Viena
Esquema
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La crisis en el interior y la pasividad en el exterior: 1895-1906

La agudización del conflicto entre los checos y los alemanes de Bohemia llevó a la paralización de la actividad de los órganos parlamentarios de Praga y Viena (ambos en la zona cisleithana) a finales de la década de 1890. El Emperador recurrió a gobiernos formados por funcionarios y los presupuestos se renovaron con regularidad mediante decretos de emergencia hasta que la reforma electoral de 1905 dio esperanzas de que los políticos de la burguesía nacional, con sus constantes disputas, se vieran superados por el ascenso de los nuevos partidos de masas socialdemócratas y socialcristianos. Mientras tanto, la llegada al poder en Hungría de sectores críticos con el Compromiso era mucho más preocupante: las negociaciones de 1897 para la renovación del acuerdo comercial se prolongaron hasta 1906; se reclamó un tratamiento especial para las tropas húngaras dentro del Ejército unificado; y en 1905, los partidarios del sistema creado en 1867 fueron derrotados en las elecciones.

Ante esta situación, Francisco José I sometió a Hungría a la ley marcial y volvió a hablarse incesantemente de la inminente ruptura de la Monarquía Dual. La crisis húngara que tuvo lugar desde 1903 hasta 1906 no fue un conflicto nacionalista en el que se demandara sólo una constitución; se trataba de un enfrentamiento entre el soberano y unos dirigentes húngaros que se consideraban miembros de una raza superior, lo que se convirtió en la crisis interna más grave de la historia del Imperio Austro-Húngaro. El problema se resolvió cuando Francisco José I amenazó con implantar en Hungría el sufragio universal directo, lo cual hubiera puesto fin a la supremacía de los magiares sobre las restantes nacionalidades. A este respecto, los grupos nacionalistas húngaros aceptaron no modificar los términos acordados en 1867 y mantener el Ejército común, después de lo cual el Emperador, por su parte, acordó la aprobación de una reforma electoral elaborada por aquéllos. Se había salvado el Compromiso, pero a costa de las nacionalidades. Francisco José I había vuelto a pactar con la elite magiar consiguiendo aumentar el descontento de los rumanos y eslavos de Hungría; mientras, los desilusionados católicos de Croacia comenzaron a aliarse con sus antiguos rivales, los serbios no ortodoxos.

Como era de esperar, esta década de convulsiones no fue testigo de grandes acontecimientos en lo que se refiere a política exterior. Mientras Alemania volvía a estrechar sus relaciones con Rusia, y Gran Bretaña y sus aliados balcánicos seguían caminos distintos, la Monarquía Dual tuvo la fortuna de que Rusia estuviera profundamente preocupada por sus intereses en el Lejano Oriente en la década precedente a la Guerra Ruso-japonesa. Austria-Hungría y Rusia firmaron un acuerdo en 1897 a fin de establecer una cooperación que evitara conflictos en los Balcanes. Este tratado contribuyó notablemente a reducir las tensiones en Europa durante los siguientes diez años.

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La amenaza exterior: 1906-1914

La reforma electoral no fue la solución definitiva en Cisleithania: los conflictos nacionalistas no tardaron en afectar a los nuevos partidos de masas, y la vida parlamentaria se encontraba de nuevo en un punto muerto hacia 1914. Aunque el sistema parlamentario de Hungría funcionaba con más eficacia, sobre todo bajo la firme presidencia de István Tisza y los denominados liberales de 1867 asumida a partir de 1913, el régimen continuaba marginando a las nacionalidades no magiares. Sin embargo, este descontento era habitual y no suponía para la Monarquía Dual una amenaza semejante a la de la crisis húngara de 1903-1906.

Por el contrario, el verdadero peligro que acechaba a la Monarquía Dual durante estos años provenía del exterior. El conflicto generado por la anexión de Bosnia-Herzegovina en 1908 puso fin al entendimiento con Rusia; la posibilidad de establecer una alianza con Gran Bretaña desapareció con la firma del Acuerdo Anglo-ruso de 1907; Alemania seguía siendo reticente a entablar una guerra con Rusia motivada por los conflictos de los Balcanes; y Austria-Hungría tuvo que hacer frente a un régimen nacionalista serbio que codiciaba abiertamente los territorios eslavos del sur, pertenecientes a la Monarquía Dual. Viena, la capital imperial, se encontraba aislada a todos los efectos y tuvo que presenciar con impotencia cómo en 1912 y 1913 los estados balcánicos desmantelaban el Imperio otomano en Europa, mientras parecía estar fraguándose una segunda Liga Balcánica, bajo los auspicios de Rusia, que pondría fin a la Monarquía Dual. Esta amenaza se convirtió en una auténtica obsesión para los dirigentes austriacos durante el verano de 1914; así pues, el Imperio, ante la provocación de los asesinatos de Sarajevo (el archiduque de Austria y príncipe heredero imperial, Francisco Fernando de Habsburgo, falleció junto a su esposa en un atentado perpetrado por un nacionalista serbio en esa ciudad bosnia en junio de ese año) y al encontrar a Alemania dispuesta a apoyarle, decidió por primera vez en cuarenta años que solamente una acción militar pondría fin al peligro que acechaba a la integridad de la Monarquía Dual y a su posición como gran potencia.

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La I Guerra Mundial y la desaparición del Imperio Austro-Húngaro: 1914-1918

Austria-Hungría formó parte de los llamados Imperios Centrales que se enfrentaron con las potencias asociadas (los estados conocidos como aliados) en la I Guerra Mundial, iniciada en julio de 1914. Por irónico que pueda parecer, la guerra que se inició para preservar la posición del Imperio Austro-Húngaro como gran potencia independiente fue la que provocó su declive, incluso antes de que tuviera lugar la derrota y la disolución de la Monarquía Dual. El Imperio, que no tenía posibilidades de entenderse con Gran Bretaña y Rusia, dependía totalmente de su alianza con Alemania, en cuyos planes de expansión en Europa no tenía cabida una Austria-Hungría independiente. Sus fracasos militares sólo incrementaron su dependencia militar y económica de su poderoso aliado; incluso las victorias —en Polonia y más tarde en los Balcanes— únicamente provocaron reñidas disputas sobre el reparto de territorios que concluían con resultados humillantes para la Monarquía Dual.

El emperador austro-húngaro Carlos I, que había sucedido en 1916 a su abuelo Francisco José I, intentó firmar una paz por separado en 1917, pero su plan fracasó a causa de las reclamaciones territoriales de Italia. Además, cuando se tuvo noticia de este hecho, se creó un profundo malestar entre los alemanes residentes en el Imperio Austro-Húngaro y fuera de él que forzó al Emperador a someterse al dominio de Alemania en casi todos los aspectos por medio del Tratado de Spa, firmado en mayo de 1918 en la ciudad homónima belga y cuartel general del emperador alemán Guillermo II. Sin embargo, hasta ese momento no parecía evidente en modo alguno que la derrota supusiera la disolución de la Monarquía Dual.

Los detractores del sistema creado en 1867 seguían limitando sus reclamaciones a la consecución de una mayor influencia en el interior, sin incluir la independencia con respecto al Imperio; además, aquellos estados que habían presentado demandas territoriales ante la Monarquía Dual fueron derrotados hacia 1917. Occidente continuaba respaldando la existencia del Imperio como un medio de controlar el poder de Alemania en la Europa de la posguerra, siempre que Austria-Hungría fuera capaz de demostrar su independencia mediante una reforma federal que pusiera fin al dominio de los alemanes y de las elites magiares que gobernaban el Estado en virtud del sistema de 1867.

Las potencias vencedoras en el conflicto mundial decidieron apoyar las demandas de los grupos nacionalistas a favor de la disolución del Imperio ante la negativa de los magiares a acometer tal reforma y su desafiante seguridad en la victoria de Alemania, con la que se preservaría el orden establecido. La derrota del Ejército Imperial en el otoño de 1918 aceleró los acontecimientos, y finalmente se produjo la disolución de la Monarquía Dual. El último emperador austriaco, Carlos I, abdicó en noviembre y, pocos días después, en Austria y en Hungría se proclamaron las respectivas repúblicas que ponían definitivo punto y final a la existencia del Imperio Austro-Húngaro.

El reconocimiento internacional llegaría poco después: por medio del Tratado de Saint-Germain-en-Laye (10 de septiembre de 1919), Austria se convertía en un Estado que vio reducidas sus posesiones territoriales de forma notable; en tanto que, según lo acordado en el Tratado de Trianón (4 de junio de 1920), Hungría pasaba a ser un Estado independiente que perdía la mayor parte de su superficie y la mitad de su población.

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