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Periodo Edo

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Japón bajo el dominio de los TokugawaJapón bajo el dominio de los Tokugawa
Esquema
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Introducción

Periodo Edo, época de la historia de Japón que abarca desde 1600 hasta 1868, en la que gobernó la dinastía Tokugawa y que recibió este nombre en honor de la ciudad de Edo (Tokio en la actualidad), la capital Tokugawa. El sogunado Tokugawa comenzó realmente en 1603, con la designación de Tokugawa Ieyasu como sogún, y concluyó en 1867, con la retirada de Tokugawa Yoshinobu; si bien la supremacía de esta dinastía empezó con la batalla de Sekigahara (21 de octubre de 1600) y se prolongó hasta el triunfo de las fuerzas que apoyaban al emperador (micado) en 1868, cuya consecuencia fue la Restauración Meiji. Después de siglos de guerra civil, el periodo Edo brindó 250 años de paz, prosperidad y progreso a Japón, que, pese a ello, permaneció cerrado al exterior y mantuvo una rígida jerarquía feudal.

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Fundación del gobierno Edo

Las bases del Japón Edo fueron establecidas por los tres primeros sogunes Tokugawa: Tokugawa Ieyasu, Tokugawa Hidetada (1579-1632; sogún desde 1605 hasta 1623) y Tokugawa Iemitsu. Ellos completaron la obra de Oda Nobunaga y Toyotomi Hideyoshi, al poner fin a las luchas entre clanes daimios que habían dividido a Japón durante el periodo Muromachi (1333-1568) y el periodo Azuchi-Momoyama (1568-1600) e implantar un gobierno centralizado. Instalado en el pueblo pesquero de Edo en 1590 a instancias de Hideyoshi, su señor, Ieyasu hizo de este lugar el núcleo de su bakufu (‘gobierno militar’). Tras la batalla de Sekigahara, Edo se convirtió en la capital nacional: todos los daimios lucharon en la batalla y, posteriormente, Ieyasu destruyó más de 85 clanes daimios, reubicó a más de 40 y creó aproximadamente 70 nuevos entre sus seguidores. La confiscación de las propiedades de los derrotados y de la familia Hideyoshi proporcionó a Ieyasu y sus vasallos un cuarto de las tierras cultivables de Japón. Asimismo, éste obligó a los daimios supervivientes a jurarle lealtad entre 1611 y 1612.

Ieyasu venció en Sekigahara como jefe de una coalición de daimios; a continuación, se sirvió de ellos, en lugar de sustituirlos, otorgándoles cierto poder y autonomía. El gobierno Tokugawa evolucionó entonces hacia el sistema bakuhan: el bakufu Tokugawa que dominaba en los han (feudos) daimios. Tras su nombramiento como sogún en 1603, Ieyasu modificó la legislación sobre la propiedad de los han, asemejándola al sistema feudal europeo: los daimios, en lugar de heredar sus han como ocurría anteriormente, los recibían del sogún, que custodiaba todas las tierras en nombre del Emperador. Los cortesanos que acompañaban a éste apoyaron durante un tiempo al oponente de Ieyasu, el joven heredero de Hideyoshi. Por este motivo, las leyes bakufu dictadas en 1615 establecieron que la capital se asentara permanentemente en Kioto, sometida a estrecha vigilancia, mientras el sogún pasaba a ser el depositario de la soberanía imperial. En virtud de esta obligada delegación del Emperador, los daimios podían ser legítimamente desposeídos de sus bienes en caso de rebelión, conducta impropia, incapacidad para dar un heredero o simplemente para mantener la supremacía Tokugawa: el sogunado derrocó a 110 clanes daimios más a comienzos del siglo XVIII. La fortaleza del gobierno militar obligó a los daimios a obedecer. Los vasallos directos de Tokugawa, aquellos que portaban sus propios estandartes, formaron una fuerza permanente y lista para el ataque en Edo, y cientos de miles de samuráis constituyeron un segundo grupo de leales seguidores.

Los Tokugawa dividieron a los daimios en tres grupos: los shimpan (la rama de la dinastía Tokugawa), los fudai (linajes creados por los Tokugawa) y los tozama (independientes desde antes de 1600). Estos últimos eran considerados como la peor amenaza y su número quedó reducido a 117 clanes (de un total de 195 daimios) tras la batalla de Sekigahara, y a 98 (de 266) en 1795; muchos fueron enviados a distintos lugares o desposeídos parcialmente de sus bienes. Los tres grupos estaban sometidos a las Buke Shohatto (Leyes de Casas Militares), promulgadas en 1615 y ampliadas posteriormente, por las que se les prohibía construir fortificaciones, acoger a fugitivos o contraer matrimonio sin el permiso necesario. El peculiar sistema conocido como sankin kotai (‘servidumbre alterna’) —introducido para los tozama en 1635 y aplicado a los restantes daimios desde 1642— les exigía dejar a sus herederos y familias como rehenes en Edo (en enormes y lujosas mansiones) y servir al sogún en su gran castillo de Edo cada dos años. Estaban obligados a someter sus disputas al arbitraje del tribunal del sogún. Sólo se les permitía tener un castillo en sus dominios (los restantes eran demolidos) y tenían que colaborar en los grandes proyectos del sogún, como en el caso de la reconstrucción de Edo después del incendio de 1657. El sogunado se arrogaba el derecho de regular las relaciones con el exterior, los caminos públicos y la religión.

A pesar del férreo control del sogunado, los daimios no tardaron en asentarse en el régimen Edo. El gobierno Tokugawa les protegía de las mutuas agresiones, eran prácticamente los jefes supremos de sus feudos y no pagaban impuestos de forma directa. La mayoría debía su posición al favor de los Tokugawa y carecía de alicientes para desafiar su supremacía. En la década de 1650, casi todos los daimios habían sido nombrados por los Tokugawa, por lo que no albergaban deseos independentistas. Muchos de ellos siguieron las prerrogativas de los sogunes en la administración de sus feudos, de manera que la legislación y las instituciones se homogeneizaron considerablemente en todo Japón, teniendo en cuenta que aproximadamente el 75% del país era gobernado por señores con escaso poder. El sogunado nunca fue lo suficientemente fuerte para derrotar ninguna gran alianza entre los daimios, pero los dividió y gobernó confiando en el apoyo de los daimios fudai y en la mutua desconfianza entre ellos. Los fudai, entre los que se nombraba a los consejeros del sogunado y a otros altos funcionarios, tenían múltiples razones para utilizar el sistema en su propio provecho contra los tozama. En consecuencia, cuando falleció Iemitsu en 1651, el sistema bakuhan disfrutaba de suficiente estabilidad para mantener la paz durante un largo periodo de regencia, mientras los consejeros daimios gobernaban en nombre de su joven hijo Ietsuna (sogún desde 1651 hasta 1680). Puede decirse, pues, que los daimios nunca supusieron una seria amenaza para la hegemonía Tokugawa.

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La formación de la sociedad Edo

Los legisladores Tokugawa prestaron también una gran atención a las clases sociales inferiores a la formada por los daimios. Siguiendo las prácticas iniciadas por Hideyoshi y las doctrinas neoconfucianas propias de los consejeros de Ieyasu, la sociedad quedó dividida en cuatro grupos con diferente rango: los samuráis, los campesinos, los artesanos y los comerciantes. Un quinto grupo formado por curtidores, carniceros y otros oficios condenados por el budismo quedaron relegados como parias. La clase más importante desde el punto de vista político, la compuesta por los samuráis, mantuvo el derecho a portar espada (e inicialmente a quitar la vida a cualquier persona de rango inferior que les causara algún motivo de enojo). No obstante, salvo en algunos feudos apartados, a todos ellos se les obligó a abandonar los pueblos en los que tradicionalmente habían vivido a costa del campesinado y fueron asignados a los castillos habitados por los señores daimios. Recibían un salario en arroz y eran empleados en la administración bakuhan como funcionarios de distinto nivel o simplemente como secretarios o guardias, supeditados siempre a la disciplina del código bushido. Los castillos no tardaron en perder su función militar y se convirtieron en centros de gobierno y comercio, mientras que importantes ciudades como Nagoya y Osaka permanecieron bajo el control directo del sogún. A los campesinos, que en la jerarquía social eran el grupo que seguía a los samuráis, se les prohibió llevar armas y abandonar sus tierras; debían vivir frugalmente y cultivar los campos para alimentar a sus superiores. En realidad, el traslado de los samuráis supuso una liberación para los campesinos y les permitió organizar la vida rural en función de sus necesidades; el jefe del pueblo solía ser el único que estaba en contacto con las clases superiores. Los artesanos y los comerciantes constituían el chonin (‘población de las ciudades’) y suministraban bienes a los daimios y samuráis de Edo y de los castillos.

Los Tokugawa insistieron en regular la vida religiosa de sus súbditos por temor a la subversión, especialmente por parte de los cristianos. Los unificadores de Japón del siglo XVI habían luchado para subyugar a las sectas de campesinos que profesaban el budismo de la Tierra Pura. El cristianismo, que había sido introducido por misioneros europeos, era temido como un credo extranjero y fue consecuentemente prohibido. Se obligaba a todas las familias japonesas a inscribirse en un templo budista y demostrar que no eran cristianas. Esta persecución provocó la rebelión Shimabara, un levantamiento cristiano que tuvo lugar entre 1637 y 1638, en el que 37.000 hombres, mujeres y niños consiguieron rechazar a un ejército del sogún en un castillo de la península de Shimabara (Kyūshū), aunque perecieron posteriormente cuando el castillo fue tomado. Cabe señalar que muchos de los rebeldes eran samuráis sin señor al que servir que habían perdido su posición en la pacífica sociedad Edo. Lo cierto es que los cristianos apenas representaban una amenaza para el sistema Tokugawa, pero mantuvieron su fe en secreto ante el peligro constante de ser ejecutados.

El cristianismo fue una de las principales razones que llevaron a los Tokugawa a mantener Japón cerrado a la influencia de otras culturas. El sogunado temía el contacto con civilizaciones extranjeras porque podía poner en peligro la estabilidad nacional y la supremacía de su régimen. La prohibición de construir grandes barcos que pudieran surcar el océano impidió a los daimios desarrollar una fuerza naval o el comercio exterior. En 1635, se prohibió oficialmente viajar al extranjero a todos los japoneses y se cortó por completo la comunicación con las comunidades de comerciantes japoneses de las islas Filipinas y otros lugares. En 1639, el Imperio portugués perdió el derecho a comerciar con Japón: sólo se permitía la presencia de comerciantes holandeses, confinados en una isla artificial creada en el puerto de Nagasaki. El comercio con Corea y China prosiguió, pero generalmente a través de naves extranjeras y bajo estricta supervisión.

El comercio interior japonés se vio estimulado por la mejora de las vías de comunicación, entre las que se contaba la conocida Tokaido, red radial que partía de Edo y que era mantenida por los pueblos situados a lo largo de su recorrido. El sogunado emitió monedas de oro y plata desde 1601 y tomó el control de las minas de Japón, especialmente de las minas de plata de la isla de Sado, para acuñar monedas y llenar sus arcas: en vida de Ieyasu se habían abierto aproximadamente 50 nuevas minas de oro y plata. El uso de monedas y el nuevo sistema de pesos y medidas del sogunado favorecieron el comercio, pero también realzaron la legitimidad de los Tokugawa. Su supremacía quedó plasmada en la construcción (1634-1636) del gran panteón familiar, el Toshogu, en Nikkō, donde los restos mortales de Ieyasu descansan en una vistosa e imponente cámara que reúne una compleja mezcla de símbolos del sintoísmo, budismo y confucianismo chino.

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La edad dorada del periodo Edo

A mediados del siglo XVII, la política de los Tokugawa, a pesar de su carácter autocrático, había traído a Japón más paz y estabilidad de la que había disfrutado el país en siglos: la consecuencia fue una eclosión demográfica y económica. La población pasó de unos 12 millones en 1600 a aproximadamente 31 millones en 1720, y Edo, que comenzó siendo una pequeña aldea con 200 habitantes, se transformó en una metrópoli con más de un millón de residentes. Aunque no se dispone de cifras fiables, la economía creció a gran velocidad: la construcción de castillos y los proyectos oficiales de los Tokugawa crearon nuevos empleos, y la urbanización promovió nuevos hábitos de consumo en una economía de mercado en ascenso favorecida por la paz, la construcción de nuevas vías, la estandarización de las unidades de medida y la acuñación de moneda. La constante movilidad de los daimios y sus séquitos según el sistema sankin kotai y sus lujosas posesiones en Edo crearon una nueva fuente de demanda económica.

El nuevo periodo de riqueza y paz alumbró también un florecimiento cultural. Las prácticas tradicionales del arte japonés, originales de Honami Koetsu, se desarrollaron en la escuela Rimpa, representada por Korin Ogata. En el campo de la literatura, el nuevo tipo de composición poética breve, el haiku, fue perfeccionado por el poeta errante Matsuo Basho; Ihara Saikaku y Chikamatsu Monzaemon escribieron novelas y obras de teatro kabuki para una audiencia urbana. El ritual de la ceremonia del té se enseñaba en varias escuelas, y se crearon soberbias cerámicas, como las del estilo raku, para complementarlo. La arquitectura tradicional se perpetuó en el maravilloso palacio de Katsura, finalizado en 1662. Los locales autorizados (como el Yoshiwara de Edo), en los que la prostitución se regulaba oficialmente, se convirtieron en centros de moda, lugares de exhibición y actividades artísticas; en tanto que los comerciantes arribistas acudían a ellos para hacer alarde de su fortuna y sofisticación ante los cultos cortesanos y las geishas, inmortalizados en láminas de madera Ukiyo-e.

Estas manifestaciones representan lo que más tarde se ha considerado como la edad dorada de Edo, la era Genroku (1688-1704). Con todo, la prosperidad y el crecimiento creaban tensiones en la rígida sociedad Tokugawa. Los chonin, teóricamente el estamento más bajo de la jerarquía social, prosperaron a expensas de los daimios y los samuráis, siempre dispuestos a cambiar su salario de arroz por dinero, pero vulnerables ante las fluctuaciones de la producción y los precios agrícolas. La geografía económica de Japón basculaba en favor de Edo y en contra de Kioto, aunque Osaka seguía siendo un centro mercantil de gran importancia para la venta del arroz de los daimios y los samuráis. Las jerarquías sociales se vieron amenazadas por las innovaciones del mercado masivo, por ejemplo, los grandes comercios con descuentos y pago en moneda de Edo. Los daimios exploraron nuevas tierras y técnicas agrícolas para incrementar sus ingresos y saldar sus deudas, pero también obligaron a sus campesinos a cultivar productos como el algodón y el tabaco, que se pagaban en dinero. Con la creciente comercialización de la vida rural, los agricultores adinerados aprovecharon las nuevas oportunidades económicas para distanciarse de los pequeños propietarios, que a menudo acababan trabajando como jornaleros o se trasladaban a las ciudades. Los samuráis tampoco disfrutaban de una situación económica favorable, atrapados entre los codiciosos comerciantes y los poco generosos daimios, por lo que muchos renunciaron a su posición social y se dedicaron al comercio, a la medicina, al estudio o alguna otra profesión remunerada. El Japón del periodo Edo desbordaba las simples estructuras confucianas de los días de Ieyasu.

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