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    El período Edo (江戸時代, Edo jidai?) es una división de la historia de Japón, que se extiende de 1603 a 1867. El periodo delimita el gobierno del shogunato Tokugawa o Edo ...

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Periodo Edo

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Japón bajo el dominio de los TokugawaJapón bajo el dominio de los Tokugawa
Esquema
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Inestabilidad y oposición

El poder Tokugawa se debilitó tras la muerte de Tokugawa Iemitsu en 1651. Su hijo Ietsuna dependía de sus consejeros, que decidieron no aminorar la presión sobre sus compañeros daimios. De gran importancia fue el hecho de que a partir de 1651 se permitiera a los daimios sin descendencia nombrar a sus herederos con independencia del bakufu, lo que eliminó un significativo medio de control de los Tokugawa. Los daimios comenzaron a ignorar los edictos bakufu cuando éstos no convenían a sus intereses. Los sogunes posteriores reaccionaron ante estos cambios en lugar de apoyarlos, en un intento de que la vida en Japón volviera a su cauce anterior.

La inestabilidad social empeoró durante el siglo XVIII, cuando la demanda de la población, que había aumentado durante los prósperos años del comienzo del periodo Edo, sobrepasó la limitada oferta de tierras de cultivo de Japón. En el norte del país, se explotó el cultivo del arroz hasta el límite de las posibilidades climáticas y, así, grandes áreas quedaron expuestas en un determinado momento a un verano con bajas temperaturas. A partir de 1700, la situación social apenas experimentó cambios, puesto que los campesinos, e incluso los samuráis, recurrieron al infanticidio y a métodos de control de natalidad para disminuir el número de bocas que alimentar. El factor que contribuyó en mayor medida a la disminución de la población no fue otro que las prolongadas hambrunas, especialmente la de Tenmei de 1783 y 1784, que siguió a la erupción del volcán Asama: las cenizas volcánicas cubrieron campos y ríos, lo que provocó la pérdida del 90% de las cosechas en algunas áreas. Estos acontecimientos tuvieron una doble repercusión política porque, de acuerdo con la ideología neoconfuciana Tokugawa, los desastres naturales eran enviados por Dios para advertir a los gobernantes injustos de que su mandato no tardaría en concluir. Las revueltas campesinas, poco habituales a comienzos de este periodo, comenzaron a proliferar: este estamento social nunca había llevado a cabo una auténtica revolución, pero se sublevó para obligar a sus superiores a reducir los impuestos (después de algunas ejecuciones ejemplares), apoyándose en que el sogunado podía desposeer de sus bienes a los señores de los feudos mal gobernados y rebeldes. Una revuelta que tuvo lugar en 1764 obligó al bakufu a cancelar una peregrinación prevista al panteón ancestral de Nikkō porque los campesinos, indignados por los impuestos que se les aplicaban, amenazaron la capital hasta conseguir un aplazamiento de las medidas de recaudación.

La respuesta del sistema bakufu al cambio social y la crisis económica osciló entre la represión y la apelación a la buena voluntad. Tokugawa Tsunayoshi (1646-1709; sogún desde 1680 hasta 1709), el quinto sogún, perdió prestigio y respeto por imponer reformas radicales de inspiración budista, tales como la construcción de refugios para perros extraviados. Entre las medidas que aplicó, se cuenta la reacuñación de la moneda de 1695, que enriqueció temporalmente al sogunado pero provocó una inflación generalizada. Las reformas Kyoho, iniciadas por el octavo sogún, el competente Tokugawa Yoshimune (1684-1751; sogún desde 1716 hasta 1745), estaban destinadas inicialmente a resolver el empobrecimiento de los bakufu, daimios y samuráis; para aliviar su situación, cerró los tribunales del sogunado a los comerciantes que demandaban a los samuráis por las deudas contraídas y redujo temporalmente las obligaciones de sankin kotai a los daimios a cambio de un impuesto sin precedentes sobre su arroz. Yoshimune intentó también disminuir el efecto del cambio económico en la vida rural: rebajó los intereses de los préstamos a los campesinos, evitó la división de las fincas familiares e incluso instaló un buzón de sugerencias en las puertas del castillo de Edo para recibir las quejas y propuestas. No obstante, hacia el final de su vida se vio implicado en la falsificación de moneda y en la oferta de monopolios a los comerciantes acaudalados a cambio de sus donaciones y apoyo. Después de la terrible hambruna de la década de 1780, que provocó repetidas sublevaciones en la propia Edo, los consejeros del sogunado llevaron a cabo las denominadas reformas Kansei: realizaron cambios en el sistema financiero y administrativo, aumentaron las reservas de alimentos, mejoraron el sistema fiscal e intentaron en vano que los campesinos que habían huido a las ciudades regresaran a sus pueblos. El régimen Tokugawa finalizó el siglo XVIII con relativa solvencia y estabilidad, aunque incapaz de recuperar su anterior preeminencia.

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Desarrollo cultural y nuevas ideologías

A pesar de las crisis periódicas y el sentimiento generalizado de que los grandes días de la era Genroku habían concluido, el avance cultural prosiguió a lo largo del siglo XVIII. Harunobu Suzuki empleó nuevas técnicas polícromas en las pinturas sobre láminas de madera que culminaron la gran época de Ukiyo-e con deliciosas obras creadas desde 1765 hasta su muerte, ocurrida en 1770. Sus grandes sucesores, particularmente Utamaro Kitagawa y Toshusai Sharaku, perfeccionaron sus innovaciones del Ukiyo-e, tan en boga en la época. Desde la década de 1760, el poeta Buson revivió la herencia de Basho en su poesía y pinturas líricas. Posteriormente, Issa aproximó la corriente haiku a la vida cotidiana. Hiraga Gennai combinó la literatura con su original investigación científica e histórica.

El sogunado no consiguió controlar la proliferación de nuevas ideas e ideologías debido a que los estudiosos de todas las clases sociales, pero especialmente del débil grupo formado por los samuráis, centraron su atención en la historia, la ciencia, la filosofía y la literatura. El bakufu había reclutado inicialmente a sabios confucianos como Hayashi Razan para elaborar las bases del sistema bakuhan. Cuando el sogunado relajó su control sobre la política y la vida del país, los estudiosos confucianos ampliaron sus perspectivas: del interés inicial por adaptar este credo chino a Japón pasaron al estudio de los textos de los grandes autores y a la creación de un pensamiento original.

La escuela Razan se convirtió en la doctrina ortodoxa del Estado Tokugawa, pero también surgieron otras corrientes. A partir de 1720, año en el que se levantó la prohibición sobre la importación de libros extranjeros, la escuela Rangaku (la escuela holandesa) se dedicó al estudio de textos de autores occidentales (la mayoría de ellos en holandés) y de artefactos procedentes del puesto comercial holandés establecido en Nagasaki, e introdujo la medicina occidental y nuevas perspectivas artísticas en el arte japonés. La escuela Kokugaku (aprendizaje nacional) se centró en la tradición y literatura nacionales y en el sintoísmo. Su gran representante, Motoori Norinaga, llevó a cabo brillantes estudios sobre la obra maestra de la nación, La historia de Genji, de Murasaki Shikibu, y realizó excelentes aportaciones en otros campos del saber. No obstante, movido por su devoción a la tradición japonesa, exaltó los valores de su país frente a los de la antigua China y elogió la ininterrumpida línea de los emperadores japoneses, descendientes directos de Amaterasu, la diosa del Sol sintoísta. Estos eruditos encarnaban la esencia nacional ancestral protegida por el sogunado, que por ende tenía el deber de protegerlos del mal y de la influencia de ideas del exterior.

Hirata Atsutane, el sucesor de Norinaga, añadió a esta floreciente ideología un tono aún más nacionalista y elitista: criticó el confucianismo y el budismo y creó una nueva cosmología sintoísta en la que Japón pasaba a estar dotado de una naturaleza divina, encarnada en el emperador, superior a la de cualquier otra nación. Esta doctrina se complementó con el desarrollo de la escuela Mito, originalmente un grupo de investigación histórico confuciano que más tarde evolucionó como un organismo proimperial patriótico que fomentaba el kokutai (‘la esencia nacional’). A finales del siglo XVIII, la dinastía imperial, manipulada por los Tokugawa y otros gobernantes durante los siglos XVI y XVII, era defendida y promovida como un foco de la unidad nacional capaz de cuestionar el derecho a gobernar del propio sogunado.

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La colonización extranjera y la crisis nacional

A comienzos del siglo XIX, el imperialismo colonial occidental comenzó a cobrar fuerza, lo que supuso una creciente amenaza para el tradicional aislacionismo japonés. Rusia iniciaba su expansión en la Siberia oriental y el noroeste del océano Pacífico. Un grupo de mercenarios rusos destruyó una colonia japonesa establecida en la remota isla de Sajalín en 1806, hecho contemplado como un augurio de los acontecimientos venideros.

El siglo XIX brindó al Japón Edo una nueva etapa de estabilidad y crecimiento, en la que se obtuvieron grandes cosechas gracias a unas condiciones climatológicas favorables y a los nuevos métodos de agricultura intensiva. Hacia 1800, Edo era la ciudad más grande del mundo y disfrutaba de un floreciente comercio. No obstante, este periodo de prosperidad concluyó con una terrible hambruna —la hambruna Tempo, que se inició en 1833— que provocó una revuelta popular en Osaka liderada por Oshio Heihachiro, un funcionario desleal del sogunado, y con el denominado incidente Morrison, en el que se abrió fuego contra un navío mercante estadounidense para impedir que atracara en Japón. El sogunado y los daimios reaccionaron ante esta situación promulgando las reformas Tempo, en un decidido aunque inútil intento por mejorar la administración, el sistema fiscal, los valores morales, las defensas costeras y la formación militar de los samuráis. El desarrollo de la cultura Edo prosiguió a través de las obras literarias de Jippensha Ikku y Ryokan, así como del arte de Hokusai Katsushika e Hiroshige (que utilizaban un pigmento azul importado de Occidente), pero la pacífica y estable sociedad descrita en estas obras se hallaba en realidad sometida a una creciente tensión. A partir de la década iniciada en 1820, los ideólogos de la escuela Mito desarrollaron el principio de sonno joi (‘venerar al emperador y expulsar a los bárbaros’) en su afán por proteger la esencia del espíritu japonés, encarnado por el emperador, de la nociva influencia de los misioneros cristianos, los exploradores imperialistas y demás amenazas del mundo occidental.

Las relaciones internacionales alcanzaron un punto crítico en 1853, cuando el comodoro Matthew Calbraith Perry dirigió una expedición naval en la bahía de Edo que puso fin al aislacionismo de Japón. Esta política fue seguida por otras potencias occidentales, y hacia 1858 Japón se vio obligada a mantener relaciones diplomáticas y comerciales con Occidente. La incapacidad para evitar la firma de un tratado con Estados Unidos en 1854 debilitó profundamente la posición del sogunado: en primer lugar, al perder su control exclusivo sobre la política exterior pidiendo sugerencias a los han daimios sobre el modo de hacer frente a la amenaza extranjera; en segundo lugar, al firmar un tratado desfavorable con Estados Unidos en 1858 sin la sanción imperial. Los nacionalistas defensores del Imperio habían reforzado su poder militar debido al interés de los Tokugawa por crear una fuerza de defensa nacional. La dura represión ejercida en 1858 por el consejero del sogunado Ii Naosuke, que llevó a cabo una cruenta purga de activistas proimperiales e intentó emparentar a los Tokugawa con la familia imperial acordando el matrimonio del sogún con la hermana del emperador, culminó con su asesinato en el corazón de Edo, en 1860. La violencia política se convirtió en una constante cuando las facciones rivales, formadas por los llamados “hombres de honor”, comenzaron a atentar contra funcionarios del sogunado, rivales directos, destacados líderes nacionalistas y estudiosos de la cultura occidental. En 1864, el han Mito, sede de la escuela Mito, se vio afectado por una disputa interna que sólo pudo ser aplastada con la ayuda de las fuerzas del sogunado y otro han. A la generalizada violencia contra los extranjeros se unieron los desórdenes internos. En 1862, Charles Richardson, un comerciante británico, fue asesinado por ofender al daimio del han Satsuma por atravesar un camino de sus propiedades: en represalia, Kagoshima, la capital Satsuma, fue asediada por buques de guerra británicos y sufrió grandes daños y pérdidas. Esta acción hizo pensar a todos los líderes, salvo a los ultranacionalistas, que Japón debía reformar su sistema de gobierno y fortalecerse como nación antes de enfrentarse con las potencias occidentales.

Tanto el sogunado como los daimios importaron armas para hacer frente a la amenaza del imperialismo occidental. Asimismo, el sogunado estableció una academia naval en 1855 y contrató a marinos holandeses como instructores de los oficiales japoneses de la nueva flota. Se enviaron emisarios a Occidente. Inicialmente, su misión era negociar los términos de tratados; posteriormente, en 1865 y 1867, su objetivo fue adquirir conocimientos, lo que dejaba de lado la tradicional prohibición sobre los viajes al extranjero. Durante este tiempo, el han tozama de Choshu, establecido en el extremo occidental de Honshū, comenzó a organizar levas de campesinos a los que armó e instruyó militarmente al estilo occidental, apartándose del tradicional monopolio militar de los samuráis.

El sogunado buscaba nuevas alternativas ante el fracaso del sistema bakuhan y competía con los daimios nacionalistas por el favor de la cada vez más influyente corte imperial. El objetivo de este “Movimiento en favor de la unión de la corte y el sogunado” era compaginar el dominio del sogunado y la soberanía imperial, pero los sectores radicales de Japón, especialmente los destacados han occidentales de Choshu y Satsuma, deseaban una restauración completa de la perdida supremacía del emperador, sin tener en cuenta al sogunado y sus aliados. En 1862, Kido Takayoshi y otros samuráis proimperiales y defensores acérrimos de la corte imperial de Kioto, en colaboración con nobles afines a su causa, convencieron al Emperador para que ordenara la expulsión de todos los extranjeros asentados en Japón a mediados de 1863. Todos los han ignoraron la orden excepto Choshu, que abrió fuego contra los navíos extranjeros; sin embargo, los sectores moderados de Satsuma y otros lugares persiguieron a los grupos radicales de Kioto. Después de que éstos intentaran asaltar Kioto en 1864, una fuerza armada del sogunado con mandato imperial acudió para subyugarlos. Finalmente, el sector moderado dominó la situación, pidió la paz y los soldados del sogún se retiraron. No obstante, hacia 1865 la facción extremista de Choshu había retomado el control del han, por lo que el sogún envió una nueva expedición contra ellos en 1866. Durante este tiempo, Choshu había establecido con Satsuma un pacto secreto contra los Tokugawa; asimismo, otros han negaron su ayuda al sogunado. Por este motivo, la mortal enfermedad de Tokugawa Iemochi se convirtió en un perfecto pretexto para la retirada de las fuerzas del sogunado en 1866. La preeminencia política del sogunado Tokugawa se había basado desde sus comienzos en su supremacía militar sobre los han de los daimios, por lo que esta humillación debilitó enormemente su prestigio y legitimidad.

Los campesinos y el pueblo llano de Edo adoptaron una actitud pasiva ante el derrumbamiento de su mundo. Los grupos radicales proimperiales estaban integrados generalmente por jóvenes samuráis procedentes de regiones pobres y remotas; los daimios no estaban tan motivados como para modificar el statu quo. A excepción de la milicia Choshu, pocos miembros del pueblo llano contaban con la formación militar necesaria para las batallas decisivas que pondrían fin al periodo Edo. Se limitaron a tomar parte en reuniones amistosas, bailes y procesiones basados en tradiciones populares para festejar la llegada del nuevo milenio, actitudes que proliferaron en las ciudades y en el campo como una fría respuesta a los levantamientos políticos.

El nuevo sogún, Tokugawa Yoshinobu, y sus consejeros, conscientes del paso del tiempo, se afanaron por reformar el sogunado y promover cambios que mantuvieran cierta continuidad con el sistema bakuhan. Como parte del plan, Yoshinobu dimitió oficialmente de su cargo en favor del emperador el 9 de noviembre de 1867: este acto puso fin al sogunado Tokugawa, pero Yoshinobu seguía conservando sus posesiones y se perpetuaba en el poder como máximo líder de un nuevo consejo de daimios. Alarmadas por este desafío a su sueño de un Estado basado en la figura del emperador, las fuerzas de Satsuma y Choshu, lideradas por Saigo Takamori, Kido Takayoshi y Okubo Toshimichi, tomaron el palacio imperial el 3 de enero de 1868 y proclamaron la restauración. Los súbditos leales a los Tokugawa fueron derrotados en sus primeros intentos por dominar al nuevo Ejército imperial. Durante la posterior guerra civil Boshin, la mayoría permaneció neutral, excepto algunos vasallos incondicionales de los Tokugawa. Los combates esporádicos concluyeron finalmente a mediados de 1869, pero el sogún ya había aceptado los términos de una retirada honorable propuestos por los nuevos gobernantes imperiales, con la rendición pacífica de Edo a los nuevos señores. Así comenzó una nueva época denominada Meiji, en honor del joven emperador Meiji Tenno, en la que los líderes de la restauración imperial procedieron a transformar Japón, y en la que Edo pasó a llamarse Tokio.

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Legado y valoración del periodo Edo

Las autoridades Meiji persiguieron a los escasos defensores del antiguo sistema Edo, pero el periodo mismo quedó estigmatizado por la ideología y el sistema educativo como una época de oscuridad feudal que concluyó en 1868 con el despertar a la civilización, la ilustración y un gobierno legítimo. Es preciso señalar que, en el nuevo régimen Meiji, los campesinos seguían ocupando el nivel inferior de la escala social y soportaban una mayor carga fiscal necesaria para la modernización y los programas militares, mientras que los industriales disfrutaban de generosas concesiones. A pesar del ímpetu desatado en 1868, la restauración simplemente supuso el traspaso del poder de unas manos a otras en lo que concernía a la Casa imperial. Durante este tiempo, todos los sectores radicales tomaron conciencia de que, en lo referente a ideas procedentes del exterior, como la democracia o el socialismo, la oligarquía Meiji apenas era más tolerante que el sogunado Tokugawa.

El rápido y satisfactorio proceso de modernización militar e industrial del Japón Meiji, que permitió contar con infraestructura suficiente para afrontar la Guerra Ruso-japonesa iniciada en 1904, fue producto del periodo Edo en mayor medida de lo que los líderes Meiji hubieran admitido. Tanto el sogunado como los daimios realizaban estudios sobre armamento y fundición al estilo occidental antes de 1868, y la rápida expansión comercial que siguió a la apertura de Japón al exterior se basaba en los avances económicos promovidos por la paz de los Tokugawa. Asimismo, sólo gracias al desarrollo cultural de Edo pudieron los estudiosos nacionalistas redescubrir la supuestamente perdida tradición del gobierno directo del emperador y alentar una ideología que fortaleciera a Japón frente al colonialismo occidental.

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