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Introducción; El sistema político Heian; La economía y la sociedad Heian; La cultura Heian; La religión Heian
Periodo Heian, época de la historia de Japón que abarca desde el establecimiento de la nueva capital imperial en Heian-kyo (en la actualidad, Kioto), en el 794 —acontecimiento que puso fin al periodo Nara—, hasta el triunfo militar de Minamoto Yoritomo en 1185, con el que se inició el periodo Kamakura. La era Heian fue una etapa predominantemente pacífica, considerada en épocas posteriores como la era clásica de la historia de Japón, en la que se desarrolló una sofisticada cultura. Oficialmente, el poder del emperador era absoluto; sin embargo, en la práctica, eran las poderosas familias de la aristocracia, concretamente los Fujiwara y otros grupos influyentes, quienes controlaban el gobierno. A pesar de que fue un periodo de paz, el régimen establecido favoreció la aparición de los clanes militares de las provincias (los daimios y sus seguidores, los samuráis), fenómeno que finalmente provocó una cruenta guerra civil.
El periodo Heian se inició cuando el emperador Kammu (781-806) fundó una nueva capital, Heian-kyo (‘Capital de la Paz y la Tranquilidad’), en el 794. Esta ciudad se erigió según el modelo chino de estructura en cuadrícula, similar al de Chang’an (en la actualidad Xi’an), capital de la dinastía Tang. El Emperador decidió abandonar Nara para alejarse de la influencia del poderoso clero budista y de las distintas facciones de la corte, y buscó un nuevo emplazamiento para la capital en el 784; no obstante, ésta volvió a trasladarse diez años después. La historia política Heian puede dividirse en los siguientes periodos: la primera época, que se extiende desde el 794 hasta el 894; el periodo medio o el Heian Fujiwara, que abarca desde la ruptura de las relaciones con China en el 894 hasta el 1068; el auge del gobierno insei (llamado ‘gobierno enclaustrado’ porque los emperadores vivían apartados del poder), que se inició con el ascenso de Go-Sanjo, el primer emperador en un siglo cuya madre no pertenecía a la familia Fujiwara; y, por último, las tres décadas en las que aumentó el poder de los daimios, desde los tumultos Hogen, de 1156, hasta el 1185. Durante este tiempo, Japón era gobernado, en principio, de acuerdo con la Constitución de inspiración china ritsu-ryo, implantada por el emperador Tenchi Tenno durante la reforma Taika del 645 y 646. Sin embargo, la práctica política fue alejándose cada vez más de este modelo, muchas de cuyas normas jamás llegaron a arraigar en Japón, y el sistema llegó a su fin en 1185.
Los comienzos del primer periodo, que abarca desde la fundación de Heian-kyo en el 794 hasta el fin de las embajadas en China en el 894, estuvieron marcados por el dominio de la Casa imperial, pero el poder efectivo fue recayendo progresivamente en la familia Fujiwara. El emperador Kammu, que había ordenado el traslado de la capital a Heian-kyo, reformó la administración y redujo la influencia del clero budista en la política. Fue el más activo y poderoso emperador que había reinado en Japón en varios siglos, pero había ascendido al trono gracias a su suegro, un miembro de la familia Fujiwara, por lo que ésta intentó posteriormente aumentar su influjo sobre la casa imperial. En el 857, Fujiwara Yoshifusa (804-872), que había contraído matrimonio con un miembro de la familia imperial y había organizado unas nupcias similares para su hermana, fue nombrado gran ministro de Estado, un cargo de relevancia que había permanecido vacante durante mucho tiempo. En el 858, consiguió que su nieto ascendiera al trono —el emperador Seiwa— y él mismo fue nombrado sessho (‘regente’), el primero de la historia de Japón que no pertenecía a la dinastía imperial. Su sobrino, Fujiwara Mototsune (836-891), después de servir como regente, pasó a ser el primer kampaku (‘canciller’) en el 884, y otorgó plenos poderes de regencia a su tío incluso cuando el Emperador se hallara en edad de gobernar. El emperador Uda (867-931, emperador desde el 887 hasta el 897), que no tenía lazos de sangre con los Fujiwara, intentó acaparar el poder prescindiendo del cargo de kampaku tras la muerte de Mototsune (891), y sirviéndose de consejeros de la corte menos poderosos. Uno de éstos fue Sugawara Michizane, gobernador provincial y estudioso del confucianismo chino, que decidió poner fin al envío de embajadas a China en el 894 debido al caos que produjo la caída de la dinastía Tang. La familia Fujiwara no tardó en consolidar definitivamente su posición cuando se inició en Japón la etapa aislacionista. Uda abdicó en el 897 en favor del emperador Daigo (885-930, emperador desde el 897 hasta el 930), que también gobernó sin nombrar kampaku. Éste intentó revitalizar el código ritsu-ryo, realizó nuevas compilaciones de los procedimientos burocráticos y fue un gran mecenas del arte y la literatura. Las generaciones posteriores consideraron su reinado como una época dorada, pero el Emperador no consiguió poner cotas al poder de los Fujiwara. En el 899, la corte imperial consiguió que Michizane fuera nombrado para desempeñar el segundo cargo más importante del gobierno, pero se vio obligada a aceptar que Fujiwara Tokihira pasara a ejercer un puesto político similar. Al cabo de dos años, Tokihira acusó de traición a Michizane y le forzó a exiliarse en Kyūshū, donde falleció en el 903. De este modo, el dominio de los Fujiwara pasó a ser completo. La posición de Michizane como sabio del confucianismo era relevante, puesto que él representaba la última esperanza de mantener un sistema de gobierno similar al de China —basado en el poder del emperador, asesorado por los mandarines confucianos—, implantado originalmente en Japón tras las reformas Taika. Después de su destitución, la tradición aristocrática japonesa triunfó sobre las reformas procedentes del exterior. El problema consistía en que la familia imperial, a pesar de ser en sus orígenes una dinastía de la aristocracia, había perdido la capacidad para actuar de forma independiente; por este motivo, cuando surgieron nuevos focos de poder al margen del sistema burocrático, se encontraron en desventaja ante las familias influyentes. Se había decretado que las ramas secundarias de la dinastía imperial, como los clanes militares de los Taira y los Minamoto, no tuvieran derechos de sucesión al trono para evitar un excesivo número de príncipes. Por este motivo, evolucionaron como familias independientes una vez que quedaron apartadas del aparato estatal.
El sucesor de Tokihira, Fujiwara Tadahira (880-949), fue nombrado kampaku en el 930 y, desde el 967, la familia conservó este puesto prácticamente sin interrupción hasta casi el final del periodo Heian. Los miembros de la familia Fujiwara ocupaban los altos cargos y dirigían el gobierno, en tanto que sus hijas contraían matrimonio con los sucesivos emperadores, lo que les permitía mantener a la dinastía imperial bajo su tutela. Los Fujiwara y otras grandes familias concedieron títulos a sus consejeros particulares y a sus súbditos de provincias, de modo que éstos pasaron a ser vasallos supeditados a sus señores por los vínculos de la lealtad feudal: estas obligaciones se convirtieron en la base del poder de las grandes familias en las provincias. Tan consolidada era la posición de Fujiwara Michinaga, quien representó la cima del poder Fujiwara después de alcanzar el puesto de jefe de su clan en el 995, que no mostró interés alguno en ser nombrado kampaku: el grupo constituido por sus funcionarios particulares (mandokoro) se encargaba de todos los asuntos de Estado importantes y sus hijas contrajeron matrimonio con los sucesivos emperadores. Un factor fundamental para el enriquecimiento de la familia Fujiwara y el colapso del sistema ritsu-ryo fue la aparición de las shoen (‘haciendas particulares’). Estas fincas surgieron a raíz de la pretendida distribución igualitaria de las tierras recogida en el sistema ritsu-ryo. Las tierras estatales asignadas originalmente a los altos funcionarios como fuente de ingresos tendieron a convertirse en posesiones hereditarias, al igual que los propios cargos oficiales; del mismo modo, los campesinos pasaron a ser los propietarios de las parcelas que se les concedían. A partir del 743, la labor de recuperación de tierras para el cultivo implicó el derecho a apropiarse de éstas (la palabra shoen se refería originariamente al almacén para un proyecto de rescate de terrenos), y este nuevo criterio de propiedad fue contraproducente para el objetivo original del ritsu-ryo, que la propiedad de las tierras recayera exclusivamente en el Estado. Las primeras shoen eran en su mayoría terrenos que se habían acondicionado para el cultivo, pero, con el tiempo, pasaron a ser posesiones particulares. Asimismo, quedaron exentos progresivamente de las obligaciones del ritsu-ryo con respecto al pago de impuestos y la mano de obra obligatoria, exenciones justificadas por el gasto y el trabajo necesarios para explotar las tierras. Los templos quedaron libres de tales cargas desde el primer momento en virtud de los códigos ritsu-ryo. Una vez establecidas, estas exenciones se fueron ampliando a medida que se recuperaron o adquirieron nuevas tierras. Desde el comienzo del siglo X, nuevas tierras quedaron fuera del dominio estatal según el principio de la encomienda. De acuerdo con esta práctica, los propietarios de haciendas transferían sus títulos legales a cortesanos o templos más poderosos; éstos actuaban como administradores, percibían un porcentaje fijo del rendimiento de la tierra y utilizaban su influencia política para conseguir o ampliar las exenciones sobre estos bienes (se trataba de derechos de usufructo, puesto que las haciendas, en teoría, seguían siendo propiedad del Estado). Las transacciones se realizaban a título particular, es decir, quedaban fuera del ámbito del sistema ritsu-ryo. Los nuevos propietarios nominales de las tierras podían pasar sus recién adquiridos títulos incluso a miembros de una clase social superior para consolidar la relación de lealtad feudal o para obtener mayor influencia política a costa de sus tierras. A nivel local, los campesinos no estaban obligados a pagar impuestos ni a trabajar como mano de obra forzosa. En lo que respecta a la situación de los administradores de las propiedades, cabe señalar que los funcionarios públicos no estaban autorizados a intervenir en sus asuntos; es más, a comienzos del siglo XI, no se les permitía la entrada en algunas haciendas, ni siquiera a la guardia imperial. No obstante, el auge del sistema shoen reflejaba el colapso de las autoridades provinciales. Mientras que los Fujiwara concentraban su poder en la capital, había nuevas fuerzas en movimiento en las provincias. Una gran parte del norte de Japón había sido ocupada anteriormente por tribus denominadas ezo —emparentadas quizás con los actuales ainus de Hokkaidō—, y la pacificación de estas regiones había requerido grandes campañas militares. La presencia militar en la zona estaba formada por varios grupos: las bandas de guerreros (los primeros samuráis), empleados por la nobleza y sus vasallos para proteger sus propiedades y dirimir las disputas locales, y por los poderosas clanes militares (los primeros daimios), a menudo líneas secundarias de la dinastía imperial o aristócratas que buscaban nuevas oportunidades fuera de la capital, donde el dominio de los Fujiwara era completo. Por este motivo, los levantamientos armados suponían una amenaza constante. Taira Masakado, un miembro de la dinastía imperial, y Fujiwara Sumitomo, un pirata renegado, se rebelaron en las regiones del este y el oeste de Japón respectivamente en la década del 930; la guerra de los Nueve años (1051-1062) y la posterior guerra de los Tres Años (1083-1087) dieron lugar a campañas de pacificación en las lejanas tierras septentrionales de Honshū que proporcionaron grandes conquistas territoriales a la familia Minamoto, descendientes del emperador Seiwa, al que Fujiwara Yoshifusa controlaba a su antojo. Estas rebeliones nunca supusieron una amenaza para la capital, pero desacreditaban a la autoridad principal y ofrecían a los clanes militares la posibilidad de resolver sus diferencias. Asimismo, las familias militares, capaces de proporcionar protección a la par que influencia política, ofrecían una tutela preferible a la de los Fujiwara como garantes del sistema shoen, quedando así minada la base de la riqueza Fujiwara.
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