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Fauna abisal, conjunto de los animales que viven en aguas entre los 2.000 y 11.000 m de profundidad; comprende pocos individuos, lo que se materializa en una biomasa muy reducida, pero en ella hay representadas especies de casi todos los grupos del reino Animal. En general, el número de especies empieza a escasear de manera significativa a partir de los 4.500 m de profundidad. El medio abisal, notablemente constante en cuanto a presión, temperatura e intensidad luminosa, está poblado por una fauna, también uniforme, compuesta por especies con formas de adaptación similares, independientemente del océano en que viven. Esta fauna es la más pobre de todas las que pueblan las distintas regiones del océano, aunque ello se compensa por su rareza y por sus curiosas formas de adaptación. El medio abisal cobija cierto número de ‘fósiles vivientes’ (como el molusco monoplacóforo Neopilina, cuyos congéneres se extinguieron en su mayoría en la era paleozoica).
Las peculiares condiciones de las grandes profundidades han favorecido el desarrollo de una fauna totalmente distinta a la de aguas más superficiales. Ante todo, la luz solar no penetra más allá de unos pocos cientos de metros; sólo el azul y el verde llegan hasta los 500 o 600 m de profundidad; por debajo de este nivel, la oscuridad es completa. Entre 1.000 m de profundidad y el fondo la temperatura es constante: 2 ºC. Además, la presión que reina en estos abismos es muy alta, pues aumenta en una atmósfera cada 10 metros. La falta de luz impide la fotosíntesis y, por tanto, el desarrollo vegetal; la única fuente de nutrientes de que disponen los animales está formada por los cadáveres de otros animales o la materia vegetal muerta que caen desde la superficie, partículas orgánicas, excrementos, animales pelágicos (que viven en alta mar) que migran hacia aguas profundas y animales presentes en el fondo. En cualquier caso, la materia orgánica es tanto más escasa cuanto mayor es la profundidad.
La fauna de las grandes profundidades se distribuye en dos categorías: pelágica (animales que flotan) y bentónica (animales que viven en el fondo).
La fauna pelágica comprende el zooplancton (animales que se dejan arrastrar y no tienen verdadera actividad motriz) y el necton (animales que nadan activamente). El zooplancton, que agrupa pequeñas medusas y moluscos, gusanos de tamaño reducido, crustáceos y huevos y larvas de estos animales, tiende a hacerse más escaso con la profundidad. El necton abisal está formado por organismos cuya talla varía entre unos pocos y más de 60 cm. Entre ellos hay pequeños calamares, crustáceos rojos o anaranjados y numerosos peces, muchos de los cuales son totalmente negros y de formas extravagantes y algunos son luminescentes. Entre las aproximadamente 30.000 especies abisales comunes hay cerca de 3.000 peces (que se reducen a un centenar de especies por debajo de los 3.000 o 4.000 m). Como a estas profundidades no hay corrientes, estos peces no tienen forma hidrodinámica, sino, por el contrario, exuberante y hasta monstruosa, con mandíbulas desproporcionadas (las presas son raras y no conviene que su tamaño sea un factor limitante), dientes gigantescos y, si no son ciegos, ojos enormes. Casi todos son pequeños, y bastantes de ellos no sobrepasan los 10 cm de longitud. Los animales pelágicos de los grandes fondos tienen la propiedad de emitir luz (véase Bioluminiscencia). Es una adaptación a la oscuridad que se encuentra tanto entre las medusas como entre los peces. La luz, emitida por toda la superficie del cuerpo o por órganos especializados, suele ser azul verdosa, aunque hay excepciones, como los pirosómidos (ciertos tunicados), que emiten a veces una luminosidad anaranjada o roja, o ciertos calamares, cuya luz cambia de color con regularidad. Esta propiedad les permite atraer a algunas presas (aunque, a cambio, los hace más visibles para sus depredadores) y facilita los encuentros entre compañeros sexuales de la misma especie.
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