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Imperio españolArtículo de la enciclopedia
Esquema
Introducción; Orígenes del Imperio; Hispanoamérica; Las colonias españolas en Asia y el Pacífico; Las posesiones africanas; La repercusión y el legado del Imperio
Tras la muerte del rey Fernando II en 1516, su nieto Carlos I heredó el trono castellano y aragonés, así como sus colonias americanas y parte del territorio italiano. Carlos también era el heredero de las posesiones de la Casa de Habsburgo en lo que actualmente son Bélgica, Países Bajos, Alemania y Austria. En 1519 fue proclamado emperador del Sacro Imperio Romano Germánico como Carlos V y comenzó a gobernar el dominio más vasto de Occidente desde el Imperio romano. Cuando Carlos V abdicó en favor de su hijo, Felipe II, en 1556, el Imperio colonial español incluía también los virreinatos de Nueva España y del Perú, establecidos respectivamente en 1535 y 1542. No obstante, antes de abandonar el poder, Carlos dividió sus posesiones entre su hermano, Fernando I de Habsburgo, y su hijo Felipe. Felipe II conservó España, las posesiones en Italia, los Países Bajos y las Indias españolas, en tanto que el nuevo emperador pasó a ejercer el poder sobre los territorios propios del Sacro Imperio. España intentó monopolizar el comercio con sus colonias, pero en la década de 1520 los navíos de las más poderosas naciones del norte de Europa (Inglaterra, Francia y los Países Bajos) comenzaron a comerciar y a practicar la piratería en las aguas del Caribe. Cuando fallecían las poblaciones nativas, algunas de estas naciones suministraban esclavos africanos a las colonias españolas. No obstante, otros estados europeos intentaron establecer colonias propias en América durante más de un siglo.
En América, la población indígena era gobernada por un grupo relativamente pequeño de españoles. Éstos, para hacerse con el control de la mano de obra indígena, introdujeron las encomiendas, una concesión oficial que les otorgaba jurisdicción sobre una o varias comunidades de indígenas. Esta práctica se justificaba alegando que los españoles se ocupaban de instruir en el cristianismo a los nativos y que gobernaban respetando sus jerarquías y a sus jefes. Los colonos españoles solían establecerse en las zonas en las que la población nativa era más numerosa. Generalmente se trataba de zonas urbanas y, en muchos casos, los españoles levantaban sus propios emplazamientos sobre ciudades ya existentes. Cortés sentó las bases de esta práctica cuando construyó la ciudad de México sobre la capital azteca, Tenochtitlan. Introdujo allí numerosos cultivos, tales como el azúcar, el trigo y el algodón, y promovió actividades como la tejedura de seda y la ganadería, habituales para los españoles; también organizó la explotación de yacimientos de oro y plata y el comercio de esclavos. Hacia la década de 1550, los asentamientos españoles se extendían desde Chile hasta el norte de México. Otros exploradores se habían adentrado en Florida, California y en la región suroccidental del actual Estados Unidos. Con el tiempo, una cadena de 250 ciudades recorría el continente. Aproximadamente unas 2.000 personas al año se embarcaban para México y el Perú desde Sevilla, el único puerto español desde el que estaba permitido zarpar rumbo a América. A mediados del siglo XVI, las colonias estaban divididas en dos grandes regiones administrativas denominadas virreinatos. El de Nueva España comprendía México, la mayor parte de Centroamérica y los territorios españoles del Caribe; en tanto que el virreinato del Perú incluía lo que hoy es Panamá y las posesiones españolas en Sudamérica.
Estos virreinatos eran gobernados por los representantes del rey a los se llamaba virreyes. No obstante, los representantes directos de las autoridades españolas en las zonas rurales eran los sacerdotes y los frailes, máximos responsables de la evangelización de las comunidades nativas. El clero era quien mantenía un contacto constante con los indígenas puesto que les instruían en el cristianismo y las costumbres europeas. Algunos de estos frailes, como Bartolomé de Las Casas, fueron grandes defensores de los pueblos nativos y otros han sido acusados de infligir malos tratos a los indios. Su presencia, así como su devoción por la fe cristiana y el rey de España, fortaleció el control de Imperio en todas las capas de la sociedad colonial. La Iglesia católica desempeñó un papel fundamental en las colonias españolas. Realizaba las funciones de banco, de centro de beneficencia y de organización educativa. El clero español fomentó el estudio de las ciencias naturales y de la historia natural. Sus miembros aprendieron las lenguas de los indígenas, elaboraron diccionarios, estudiaron sus sociedades y enseñaron a los nativos a escribir en sus propias lenguas. También llevaron a cabo un registro de las poblaciones nativas, de los elementos culturales españoles que eran asimilados por éstas y de los recursos de los nativos para adaptarse a la cultura española. Los pueblos indígenas americanos se vieron obligados a adaptar las costumbres de los colonizadores a su propia cultura por medio de un evidente proceso de aculturación. Incluso después de entrar en contacto con los europeos, los nativos continuaban considerándose autónomos y mantenían sus propios territorios y tradiciones. Al igual que en el pasado, concebían a los gobernantes y a los dioses como la encarnación del pueblo en su totalidad, pero tras la llegada de los españoles, el emperador resultó ser un español y los dioses cambiaron de nombres. El pensamiento religioso de las sociedades indígenas estaba intrínsecamente relacionado con su cultura, gobierno y orden social. Además, su religión recogía su concepción del cosmos, del origen del hombre, del destino, del orden social y de su posición en el universo. Les ayudaba también a aceptar lo desconocido. Los misioneros católicos tuvieron más éxito en su cometido cuando descubrieron ritos o símbolos similares a los del cristianismo europeo.
El sistema agrícola colonial cambió a mediados del siglo XVI, cuando las encomiendas comenzaron a ser sustituidas por grandes propiedades denominadas haciendas en las que la mayor parte del trabajo era realizado por esclavos africanos. Éstos eran llevados a las colonias para reemplazar a las poblaciones indígenas que habían fallecido en gran número tras la llegada de los europeos. En las islas del Caribe, estas plantaciones se dedicaban principalmente al cultivo de la caña de azúcar. En un primer momento, la mayoría de los africanos trasladados a América procedían del mercado de esclavos de Sevilla, aunque después fueron importados directamente de África y enviados principalmente al Caribe y a las costas tropicales del continente. Muchos eran llevados a América en barcos de otras naciones europeas. La población esclavizada realizaba una gran variedad de actividades; podían trabajar como vigilantes, artesanos, pastores, granjeros, porteadores, mineros o sirvientes. También recogían la caña de azúcar y construían molinos para el azúcar. Algunos huían para regresar con su comunidad. No todos los esclavos eran africanos, también había musulmanes y judíos procedentes de España, mujeres en su mayor parte. Aunque había numerosos esclavos en las colonias, muchos fueron liberados; en la Hispanoamérica del siglo XVIII era mayor el colectivo de negros libres que el de esclavos. Las colonias de América suministraban a España importantes cantidades de oro y plata extraída de minas en las que trabajaba mano de obra forzosa. Junto con la agricultura, era la explotación minera la que sustentaba el Imperio español en América. Las minas de plata más famosas se encontraban en Zacatecas y Potosí (en la actualidad pertenecientes respectivamente a México y Bolivia). Allí, los nativos trabajaban en las minas bajo duras condiciones y sometidos a un sistema de trabajos forzados. Los metales preciosos (oro y principalmente plata) representaron una revolución en la economía europea. La banca prosperó, el comercio se expandió y los precios se dispararon. España, sin embargo, no era más que un lugar de tránsito para estas riquezas. El gobierno destinaba grandes cantidades a financiar las costosas guerras, las campañas contra los herejes, los lujos de los monarcas y los nobles, y los gastos administrativos de todo el Imperio. Además, la recesión europea que se inició en la década de 1620 afectó a España especialmente.
A finales del siglo XVII, los territorios americanos se habían convertido en un foco de rivalidad para las potencias europeas en lo que respecta al comercio y al equilibrio de poder internacional. Todos los barcos mercantes que viajaban desde las colonias hasta España se detenían en el Caribe, donde eran el blanco de corsarios ingleses, holandeses y franceses. Los piratas asaltaban las flotas que portaban tesoros, atacaban puertos, traficaban con mercancías y, ocasionalmente, se instalaban en islas con clima y tierras propicios para el cultivo de la caña de azúcar y se dedicaban al contrabando. De este modo, los ingleses se hicieron con el control de Jamaica durante la segunda mitad del siglo XVII, y la isla se convirtió en el cuartel general de criminales, piratas y contrabandistas. A principios de 1638, los ingleses establecieron una colonia en buena parte del territorio que en la actualidad pertenece a Belice. En el siglo XVII, marinos ingleses, holandeses y franceses se instalaron en Guayana (en la actualidad, esencialmente, Surinam, Guayana Francesa y Guyana). Aun así, otras potencias coloniales preferían enriquecerse indirectamente a través de las colonias de España en América. Durante el siglo XVII, España acusó la recesión general europea a la vez que se enfrentaba a una crisis nacional, y a partir de 1620 perdió gran parte del control económico y comercial de su Imperio. Disminuyó el contacto con América, continente sobre el que cada vez era menor su autoridad e influencia. La guerra de los Treinta Años (1618-1648) y otros conflictos agotaron las arcas del Estado, y las hambrunas y la escasez de recursos esenciales acabaron por llevar a la Monarquía Hispánica a la crisis. Por este motivo, España perdió la mayor parte de sus riquezas y se vio obligada a reducir el contacto con las colonias.
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