La Pietà de Miguel Ángel (1498-1500) resume las novedades escultóricas de sus predecesores durante todo el quattrocento. En este sentido, esta obra muestra un perfecto equilibrio entre las dos figuras y un alto grado de lirismo e idealismo (sobre todo en el rostro de la joven Virgen, que muestra una piadosa resignación). Destaca también el contraste entre las luces y las sombras y el perfecto acabado de la obra.