La catedral de San Miguel de Tucumán, de estilo neoclásico, con una fachada principal compuesta por columnas pareadas coronadas por un frontón con bajorrelives y flanqueada por dos torres que terminan en cúpulas rojizas bulbiformes, y con una nave central rematada por un tejado a dos aguas y una cúpula colorida en azul y blanco sobre el ábside del templo, constituye un claro testimonio del catolicismo traído por los conquistadores españoles a estas tierras. La labor evangelizadora de los jesuitas y la fundación del obispado de Tucumán, en 1570, desempeñaron un papel fundamental en la expansión del cristianismo por el noroeste del país.