Durante la dinastía Tokugawa (1603-1867) los feudos, controlados directamente por la familia Tokugawa, o indirectamente a través de daimios aliados o afines, formaron la base del dominio de Japón. A los daimios menos fieles se les daban feudos alejados y eran sometidos a estrecha vigilancia. Cada daimio era libre para gobernar el feudo familiar pero podía ser depuesto por el sogún, al que tenían que visitar cada dos años en Edo (actual Tokio). El sogunado Tokugawa proporcionó a Japón 250 años de paz y estabilidad hasta su finalización con la restauración Meiji.