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La explosión subsiguiente a la detonación de una bomba atómica tiene efectos catastróficos para la zona circundante. Los edificios son arrasados por la intensidad de la onda expansiva y por la gran cantidad de calor liberada. La característica nube con forma de hongo que genera, despide restos y material radiactivo hasta la atmósfera, por lo que origina daños biológicos a miles de kilómetros del lugar de la explosión.