San Pablo, una de las figuras capitales de los primeros tiempos del cristianismo, viajó como misionero por el Mediterráneo oriental. Su objetivo, llegar a las gentes aún sin evangelizar, fue un trabajo agotador y difícil. Sobrevivió a tres viajes llevando el cristianismo a Macedonia y Grecia. Durante el cuarto viaje los romanos le prendieron en Jerusalén y quizá le ejecutaron en Roma en el 62.