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Begoña Torres, directora del Museo Romántico de Madrid, toma como base para el artículo que a continuación reproducimos –publicado por la Fundación Juan March- el análisis de los conceptos romántico, vanguardia y sensibilidad, para a partir de ahí aplicar las conclusiones a la obra y la personalidad de Turner, influenciada por aspectos históricos y científicos de la época.
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Basándonos en el título de esta comunicación, contemplamos la obra de William Turner a la luz de tres conceptos fundamentales: romanticismo, vanguardia y sensibilidad. Por lo que se refiere al primero de ellos, analizamos lo que significa el movimiento romántico y su estética. Éste abarca un conjunto de fenómenos muy diversos, que se desarrollan en un momento confuso y complejo, y para los que no es posible ofrecer una definición concisa, ya que su punto de referencia prioritario se encuentra en materias en las que el aspecto subjetivo es fundamental. El romanticismo no puede reducirse a un canon formal, ya que no es tanto un estilo cuanto una manera de sentir y de entender toda la existencia, una nueva concepción del mundo.
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A pesar de que, como se ha dicho, no es posible hablar en sentido estricto de un «estilo romántico» y tampoco es posible catalogarlo mediante un mero inventario de características, su uso histórico no puede ponerse en duda.
El estudio del romanticismo actualmente se aborda –dada su heterogeneidad y diversa multiplicidad– no desde el punto de vista de escuelas o grupos sino, por el contrario, teniendo en cuenta los individuos o grupos de individuos. Coincide así con uno de los principios románticos que se basaba en la idea de que los artistas debían ser juzgados, no tanto por su estilo –orden estable de representación artística– como por su sensibilidad, impulsando las maneras individuales de los artistas originales, los pluralismos formales, los modos personales.
Siguiendo esta idea nos centramos en la figura de W. Turner como individuo particular, pero también teniendo en cuenta todos aquellos aspectos de la época que, indudablemente, influyeron en su personalidad y en su pintura. Desde los acontecimientos históricos (la Independencia Americana y el tema de la esclavitud, la Revolución industrial y, principalmente, la Revolución Francesa y todas sus consecuencias) que marcaron en Turner y en muchos de los románticos una nostalgia, una desilusión por la marcha de los acontecimientos contemporáneos y un sentido, en palabras de Baudelaire, de «irreparable pérdida»; pasando por sus relaciones con los descubrimientos científicos del momento (la óptica, la química, el electromagnetismo, etc.) y cómo contribuyeron a esa «nueva imagen de lo real» tan característica del pintor; hasta la ruptura de los géneros y la interrelación con la poesía y la música que desembocará en la teoría del «arte por el arte» y el principio de lo «autodeterminado» y la demolición de las barreras entre el arte y la vida.
Porque lo que verdaderamente distingue a la mente romántica no es tanto el procedimiento en el proceso de creación, como una concepción del mundo nueva y revolucionaria. En este sentido, tradicionalmente muchos estudiosos han valorado a W. Turner únicamente como un innovador en materia pictórica, es decir, se ha subrayado en él la primera vertiente –el procedimiento en el proceso de creación– y se ha tenido menos en cuenta la significación de su pintura. Una mirada más atenta permite vislumbrar en el artista características de sensibilidad, visión imaginativa, intensidad ideológica que, junto a las ya ponderadas novedades técnicas, le convierten plenamente en un romántico.
Encontramos en Turner dos impulsos que, aparentemente, pueden parecer contradictorios: de un lado, elevar y hacer más compleja la significación de la pintura de paisaje; de otro, llegar a una nueva forma de pintar, en contra de las convenciones, que pueda transmitir la intensificada experiencia sensorial del flujo de la naturaleza. El mundo aparece como un continuo devenir, un interminable proceso de transformación. Todo ello tiene que ver con las teorías estéticas del romanticismo –«el eterno devenir» (Werden), la «progresión indefinida de lo moderno», la espiral, etc.– con las que, sin duda, Turner estaba conectado. Por ello, y a la luz de algunas de las obras de la vasta producción del pintor, repasamos los «tópicos» más característicos de la estética romántica: desde la teoría del genio, a la nueva visión del espíritu de la naturaleza, pasando por temas tan interesantes como la inspiración e imaginación frente a la imitación, la percepción como conocimiento, lo sublime y lo pintoresco, la concepción biocéntrica del mundo, la valoración del fragmento y el boceto, la autonomía del arte, sin olvidar el tema cósmico-onírico del inconsciente y lo visionario.
Por lo que se refiere al segundo concepto que hemos utilizado en el título de esta conferencia –vanguardia– su aplicación a un pintor romántico como Turner puede parecer, a primera vista, poco adecuado. Erróneamente se ha identificado el romanticismo como una simple «evocación del pasado», cuando lo cierto es que, tras la máscara de esta nostalgia arcaizante, podemos encontrar una profunda modernidad, una manera de sentir y aprehender la existencia, sin la cual sería imposible entender el mundo contemporáneo.
La palabra vanguardia procede de un término militar –parte de una fuerza armada que va delante del cuerpo principal– y tiene un significado de «avanzada». En el contexto artístico se ha aplicado a las llamadas «vanguardias históricas». Sin embargo algunas de sus características, como el impulso hacia lo nuevo, el deseo de ser «de su tiempo» y la voluntad de originalidad, figuran ya como uno de los rasgos fundamentales y también contradictorios de este multiforme movimiento que ha sido el romanticismo que, desde sus inicios, fue visto por los propios románticos como «revolucionario» y «radical», puesto que tenía como meta la aniquilación del estilo oficial y su sustitución por el arte moderno y romántico.
El concepto de originalidad se hace inseparable del mito del artista como ser incomprendido, solitario, difícil y combativo. Estas cualidades del artista –recogidas luego por todos los movimientos modernos– eran también una garantía de la calidad de sus logros y posibilitaban su permanencia, convirtiéndole, de grado o por fuerza, en un miembro de la «vanguardia». La ideología –compartida por Turner– del artista autónomo, elegido, desemboca en un elitismo, en una aristocracia del genio, que será un ingrediente que ya no abandonará el arte de nuestros días.
En cuanto a la sensibilidad, empleamos el término, no en su sentido habitual («propensión a dejarse llevar por afectos de compasión, humanidad y ternura»; en este sentido sería muy débil la frontera que separa la sensibilidad de la sensiblería), sino en una acepción próxima a la que emplearon los primeros románticos, es decir, como «la facultad de sentir», de experimentar sensaciones. Para el propio Baudelaire, la esencia del romanticismo no estaba «ni en la elección de los temas ni en la verdad exacta, sino en la manera de sentir».
El intenso grado de sensibilidad con la que muchos románticos experimentaron lo que para ellos fueron ideas o estados del alma, estaba cimentado en una confianza casi ciega en el resurgimiento del Yo, en un individualismo y subjetivismo radical –en oposición de la escuela racionalista y empirista ilustrada– que confiere a la obra de arte la capacidad de sugerir una realidad más profunda e insondable, por detrás de aquello que percibimos habitualmente.
Ningún artista de la época fue más consciente de la historia y ninguno tampoco más ambicioso por dejar su marca original, su personal manera de ver el mundo. Su malhumorado comportamiento con el público y la crítica nos lleva a la cuestión de cómo los artistas románticos se veían a sí mismos.
Los contrastes y las fuerzas dinámicas de su arte expresan su forma de pintar, pero también son reflejo de su carácter y de su pensamiento. Fue un hombre solitario, pesimista, recluido, obsesionado con su trabajo, comprimiendo en sí mismo, más que cualquier otro artista de la época, el arrogante genio romántico.
Fuente: Boletín Informativo nº 326. Fundación Juan March.
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Joseph Mallord William Turner
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