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Ciencia y literatura

Matemático, ministro e ingeniero, Echegaray gozó de fama y fortuna en vida gracias a una obra dramática efectista y engolada que pronto cayó en el olvido. Pero el primer premio Nobel español es autor también de interesantes ensayos.

Fragmento de Ilusiones y realidades.

De José Echegaray.

Al rededor de dos polos gira la existencia humana,

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El polo de las ilusiones.

Y el polo de las realidades.

Y aquí sí que pudiéramos decir, imitando á cierto poeta, que uno de estos polos es el ardiente y otro el helado polo.

¡Qué hermosas son las ilusiones! Sin ellas, la vida sería imposible. Ellas nos animan, ellas nos alientan, ellas nos van guiando, y forman, por decirlo así, la Corte divina que rodea la esperanza.

¡Qué tristes, por lo menos qué áridas son al parecer las realidades! Ellas nos educan, es cierto; pero por el sistema antiguo, golpeándonos; haciendo que entre en nosotros, á fuerza de sangre, la letra de la sabiduría.

Y no solo en lo que pudiéramos llamar la vida social, sino en la misma naturaleza, tropezamos á cada instante con ilusiones y realidades.

No hay fenómeno en el Cosmos que no tenga una apariencia, que para el ser humano es casi siempre una ilusión, y que no lleve dentro de sí una realidad, que es la verdad científica.

El cielo es azul y finge una inmensa bóveda que nos envuelve. ¡Y qué hermosa y qué clara y qué esplendente se nos muestra en las horas del día, y qué techonada de estrellas en las noches tranquilas, y despejadas! Es el cielo, y este nombre la damos. Y con el pensamiento le seguimos prolongando hacia el infinito, cada vez más azul y más espléndido, y más poblado de ángeles y de seres celestiales.

Pues la ciencia nos dice que todo esto es ilusión:

El azul del cielo es un juego de la luz, y más allá del velo celeste sólo existen las negruras sin fin del espacio.

Una ilusión luminosa ocultando las tinieblas de la realidad.

Hermosos son los celajes del Poniente. Cortinajes de grana, flecos espléndidos de oro, mares de fuego, manojos de rayos que se prolongan por la extensión como áureas flechas, matices indescriptibles, tintas que se desvanecen, armonías maravillosas de luz y de color.

Pues la ciencia nos afirma, que todas estas hermosuras son otras tantas ilusiones. Una soberbia mascarada de la óptica. Porque si penetrásemos en esos sublimes celajes, solo encontraríamos, en cuanto faltase el sol, nubarrones obscuros, gotas de agua suspendidas en los aires, nieblas sin color que empaparían nuestro cuerpo miserable.

Y sin ir más lejos, sin abandonar lo que llamamos cielo, sin bajar á la tierra, que es tradicionalmente engañosa y traidora, evocando el próximo y estupendo eclipse total del sol, todavía encontraremos agazapada á la realidad, y con sonrisa burlona, tras las magníficas ilusiones que han sido la admiracion de todo el mundo.

¡Qué astro tan nuevo y tan maravilloso hemos visto en el cielo! El centro negro y redondo, alrededor la espléndida corona. ¡Cuántas emociones ha despertado! ¡Cómo ha hecho latir los corazones! ¡A cuántas ideas nobles ha dado aliento! ¡Con qué religiosa admiración se han dirigido todas las pupilas hacia aquella negra pupila del espacio circundada de luminoso iris!

Pues toda esta hemosura es ilusión.

La ciencia lo dice y lo demuestra. Ese astro soberano, que ha vivido poco más de un minuto, es una apariencia, una mentira más del espacio; una ilusión de nuestros sentidos. Es la luna, cuerpo muerto que oculta al sol, pero que no puede ocultar su atmósfera. En vez de formar una unidad, están á millones de leguas uno de otro, sin sospechar nuestro engaño ni nuestras ilusiones.

Efectos de la perspectiva. Efectismos astronómicos con que engañan los cielos a los pobres espectadores de la tierra.

La realidad en este caso es fría y árida. Geometría, y pura geometría. Ya lo hemos dicho en otra ocasión: un triángulo largo y estrecho, el formado por el sol, la luna y la tierra, que casi se convierte en una recta. ¡Quién habría de creer que este capricho de la geometría hubiera de despertar en el ser humano tantas, y tan hermosas, y tan puras y sublimes ilusiones!

¡Siempre la ilusión, bella y consoladora; siempre la realidad, árida, implacable y fría!

Y si de las esferas celestes descendemos á la tierra, apenas batirá la péndola del reloj un segundo, sin que en tan corto tiempo tendamos la mano con anhelos de esperanza para coger una ilusión, y martirice nuestra carne la aspereza de una realidad.

En el hombre más sabio, en el cerebro más noble, ¡cuántas necedades, cuántas ignorancias no andan acurrucadas por los rincones de las misteriosas celdillas!

En el corazón del hombre más leal, ¡cuántas traiciones no se retuercen, siempre esperando hacer presa!

La mujer más hermosa, vista al microscopio, ¡qué ser tan horrible! Su cutis suavísimo, mentira; sus ojos llenos de luz, mentira también. Suavidades, coloraciones, dulces ondas, espléndida cabellera, todo bien analizado se resuelve en prosaico conjunto de enmarañados tejidos, de celdillas, cada una de las cuales es un animalillo antiestético, ó en reacciones químicas nauseabundas.

Otra vez la ilusión, con todas las ilusiones del amor: otra vez la realidad, con su escalpelo, que es verdadero escalpelo para el hombre.

En los campos, y en las selvas y en los montes, lo mismo en las flores que en las espumas, de lejos hermosuras espléndidas, de cerca tierra y barro ó sucio polvo: hojas y flores llenas de animalillos. Blancas espumas que se deshacen en la playa y se convierten en agua de cruel amargor.

En todas partes lo mismo: la ilusión consoladora y bella, la realidad que analiza, seca y destruye, y nos devuelve ilusiones y esperanzas hechas jirones, sin más jugo que el de la burla ó el del escarnio.

¿Es que no existirá belleza ni consuelo más que en la mentira?

¿Es que la verdad será siempre desesperada y triste?

¿Será ilusión siempre el arco iris?

¿Será siempre la verdad un esqueleto?

¿Será el pesimismo la única filosofía verdadera?

Las sentencias de muerte hay que pensarlas mucho. Para condenar á pena capital siempre hay tiempo de sobra. No nos precipitemos.

No hay que negarlo. La ciencia es implacable, y al parecer es fría y árida y mata muchas ilusiones.

Pero esto no debe de extrañarnos. La ciencia es eminentemente analítica: descompone, divide; hace la autopsia de las cosas y de los seres; de sus manos sale el universo hecho polvo, y el polvo de un arenal tiene pocos elementos estéticos.

La ciencia divide á los cuerpos en moléculas, á las moléculas en átomos: aplica la mecánica y aplica el cálculo; y todo lo reduce á movimientos y á números.

Este es el primer esfuerzo de la razón, esfuerzo eminentemente analítico.

Los fenómenos complejos no los comprende de pronto, no los puede abarcar, tiene que dividirlos en hechos aislados, y cuanto más sencillez, mejor para el estudio.

Pues esto nos explica por qué las ciencias positivas son eminentemente pulverizadoras: por qué sus primeros resultados destruyen todas las ilusiones de los sentidos.

El hombre lo primero que siente son las unidades, las armonías, los conjuntos sintéticos, los fenómenos en su complicación, mejor dicho, ciertas resultantes grandes ó pequeñas de estos fenómenos. El cielo con todas sus luces y colores y todos sus astros. El mar con todos sus oleajes y todas sus espumas, y perdiéndose en el horizonte, que no parece sino que desagua en el mismo cielo. El bosque con todos sus árboles y todas sus hojas, con sus luces y sus sombras, con sus misteriosos murmullos y su hervidero de vida; los grandes valles con sus ríos, las grandes montañas con sus nieves, el aire con sus aves, las muchedumbres con la grandeza oceánica de sus pasiones, el hombre con las complicaciones de su ser, la mujer con sus hermosuras, que si se las toca para analizarlas se las profana. Siempre la unidad cuajada de variedad y de relaciones múltiples, de donde resultan trágicos contrastes como entre nubes tempestuosas cargadas de electricidad ó divinas armonías.

Fuente: Enseñat, Juan B. Lecturas literarias en prosa y verso. París: Librería de la Vda. de C. Bouret, 1908.

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José Echegaray y Eizaguirre

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